La historia se repite: el Poder

La historia se repite. Benefactores, defensores de la amada nación, patria o mundo civilizado –al margen de la ética occidental–. La humanidad conglomerada y subordinada a la palabra divina de sus dioses de la modernidad, aquellos que, bajo la civilizada materia monetaria –más ficticia que real­–, mantienen el orden divino y supremo: la economía enajenada de su propia esencia, ahora reencarnada en especulación, carantoñas y poderío. El mismo suceso en distintos instantes, diferentes contextos, en diversas formas, ocasionado por el Poder. Y sin caer en juegos racionales de enredos conceptuales y sistemas de significados, comprenderéis que hablo de las tan vastas y complejas estructuras –físicas y psíquicas– que comprende la creencia en la dirigencia y su burocratización, su divinización empapelada, su legitimidad elucubrada.

La oficialidad toma relevancia, información verídica por encima de cualquier gesticulación de voces carentes de autoridad, ya que ellos no son más que especuladores y máquinas receptoras, el pensamiento y la capacidad de emitir es cosa de alzados mandatarios –no necesariamente presidenciales–. La realidad, ¿quién osará entrometerse en tal verdad absoluta, sabida por todas las conciencias de percepción innata? Porque, claro, los acontecimientos carecen de un trasfondo y son algo innato y sabido por todos tras la reminiscencia (proceso por el cual el individuo trasciende hacia la luz enchufando el televisor y absorbiendo contenido –de alta contundencia, por supuesto– a mansalva).

A día de hoy, difícil es no percatarse del boom mediático respecto a los acontecimientos ocurrentes en países de sumo interés (es decir, aquellos que no sobrepasan la franja imaginaria que separa el bien occidental del mal o la relevancia del “a quién le importa, si mañana es el mundial de fútbol” –¿Gol de Brasil?–). Terrorismo, ¿llevado a cabo por quién? ¿Por quienes detentan el caos y genocidio contra civiles occidentales o por quienes manipulan y masacran –directa e indirectamente– a países de Oriente Medio y Próximo (aunque cabe señalar que Arabia Saudí está en el top ten de países defensores de derechos humanos)?

Aquí nadie se salva, aunque, partiendo de la situación y su origen, llegaríamos a comprender tal reacción psicosociológica por parte de ISIS. La ambiciosa “mano invisible” de las potencias occidentales, ansiadas por alcanzar el premio territorial-económico (mercado de hidrocarburos), han impulsado financiaciones armamentísticas: desde el apoyo a “rebeldes libios”–entre otros casos– contra Gadafi (hecho que se hizo público para así realzar la imagen heroica y democrática de EE.UU. contra un malévolo y bigotudo dictador) hasta el apoyo a “rebeldes sirios” contra Al Assad (tiranizado por occidente). Apoyos que han causado los sucesos pertinentes de este año: atentados en París. La afiliación a tales grupos terroristas no dejan de ser movimientos doctrinales adoptados para hacer frente a aquellas potencias que subordinan los países de estos, al igual que el nacionalismo culminó el alma de las poblaciones europeas en pleno s. XIX como respuesta al despotismo del Imperio de los Habsburgo. Se trata de mecanismos de evasión que plantean una dirección ante tal desorden existencial, aferrándose el individuo al yugo de doctrinas impositivas y coercitivas (la lectura de El miedo a la libertad de Erich Fromm, que aconsejo encarecidamente, nos daría para reflexionar sobre estos procesos sociopsicológicos). Independientemente de que se traten de autoatentados de falsa bandera –que tienen todas las papeletas de serlo– o no, entendemos que todas estas tensiones políticas no surgen de la nada, y es aquí donde el Poder toma protagonismo.

Nuestro mundo se asienta en los sistemas hegemónicos y monopolizadores propios del capitalismo, donde se permite la capacidad de minorías para controlar y moldear situaciones según sus intereses, de la forma más legítima y valorizada por las mayorías mundanas, ya que el Poder prevalece en tanto a la aceptación social, en el caso contrario, desaparece la autoridad. Permitimos que estructuras ficticias tomen el control de nuestras vidas, alienándonos y formando parte de un dinamismo existencial programado (“mentalidad de ganado”). Sin embargo, respecto a lo mencionado anteriormente, desprendernos del Poder no significa necesariamente acabar con el poderío (carente de autoridad), como en el caso de la existencia de ISIS –analizándolo bajo una perspectiva sobre la aceptación social–, ya que, en cambio, el poder ejercido por Francia o EE.UU. en sus ataques aéreos sí son legítimos en tanto al status quo, comprenden una estructurada aceptación sociopolítica –al menos en su esencia institucional–. Tampoco el Poder se concentra en el espectro político, se ha de tener en cuenta también el ámbito económico-financiero. El capitalismo implica Poder y subordinación de unos sobre otros, aunque se aplique la idea anarcocapitalista de abolir el Estado –y se continúe perpetuando el despotismo empresarial–. De hecho, este sistema económico vigente es el que favorece, junto a la política militar que se camufla en las almas de nuestros dioses justicieros, la producción de armas y su comercialización armamentística. Tenemos como ejemplo de financiación armamentística multinacionales francesas como Lagardère y Dassault.

Seguimos perpetuando a lo largo del tiempo la función del Poder, podemos observarlo en el transcurso de la historia humana con sus causales actos antisociales. ¿Esto significa que el ser humano es malévolo por naturaleza? Podríamos tender a este pensamiento hobbesiano de “el hombre es un lobo para el hombre”. Sin embargo, y como trataré de dar a entender en una próxima entrada, este planteamiento es un impreciso análisis de la naturaleza del ser humano, ya que concluye una condición o conducta humana a través de la observación de una sociedad, la cual está afectada por diversidad de factores (entre ellos: el Poder) que, el señor –o lobo– Hobbes, no los tuvo en cuenta como factores de causalidad.

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