¿No son las personas egoístas por naturaleza?

Os comparto un fragmento del libro La anarquía funciona de Peter Gelderloos (descargar aquí), en el cual responde a multitud de preguntas típicas que surgen a los desconocedores y no tan desconocedores de la perspectiva libertaria (ese movimiento que pone bombas y desea la pobreza y el caos para todos, viva la anarquía occidental y estadounidense).

En este fragmento pone en cuestión la naturaleza del ser humano y nos detalla algún que otro ejemplo de solidaridad y apoyo mutuo propio de las sociedades y tribus.


 

¿No son las personas egoístas por naturaleza?

Todo el mundo tiene sentido del interés propio y capacidad de actuar de una manera egoísta a expensas de otras personas. Pero todo el mundo tiene también sentido de las necesidades de quienes los rodean y todos somos capaces de ser generosos y de llevar a cabo acciones desinteresadas. La supervivencia humana depende de la generosidad. La próxima vez que alguien les diga que una sociedad anarquista, comunal, no funcionaría porque las personas son egoístas por naturaleza, díganle que entonces no debería hacer nada para ayudar a que sus padres tengan una jubilación digna, nunca debería donar nada a organizaciones benéficas y nunca debería ayudar a sus vecinos o ser amable con los extraños, a menos que reciba una compensación. ¿Sería alguien capaz de llevar una existencia satisfactoria llevando la filosofía capitalista a sus conclusiones lógicas? Por supuesto que no. Incluso después de cientos de años de ser suprimidos, el compartir y la generosidad siguen siendo vitales para la existencia humana. No hay que mirar a los movimientos sociales radicales para encontrar ejemplos de esto. Los EE.UU. pueden ser, a nivel estructural, la nación más egoísta del mundo ―es el más rico de los países desarrollados, pero está entre los de más baja esperanza de vida, porque su cultura política prefiere dejar que la gente pobre muera antes que darles salud y bienestar―. Pero incluso en los EE.UU. es fácil encontrar ejemplos institucionales de cooperación que forman parte importante de la sociedad. Las bibliotecas ofrecen una red interconectada de millones de libros gratis. Los comedores populares y las barbacoas de barrio de las Asociaciones de Padres y Profesores (PTA) reúnen a la gente para compartir comida y disfrutar de mutua compañía. ¿Qué ejemplos de intercambio podrían desarrollarse entonces fuera de los límites restrictivos del Estado y del capital?

Las economías monetarias solo han existido desde hace unos pocos miles de años y el capitalismo solo ha existido en torno a unos pocos cientos de años. Este último ha demostrado que funciona de forma miserable, que conduce a mayores desigualdades de riqueza, a las hambrunas masivas más grandes y a los peores sistemas de distribución en la historia del mundo ―aunque hay que reconocer que ha producido una gran cantidad de maravillosos aparatos―. Podría sorprender a la gente saber cuán comunes han sido otros tipos de economías en épocas anteriores y lo mucho que diferían del capitalismo.

Una economía desarrollada una y otra vez por los seres humanos en todos los continentes ha sido la economía del don. En este sistema, si la gente tiene más de lo que necesita de lo que sea, lo regala. No le asignan un valor, no lo cuentan como deuda. Todo lo que no utilizan personalmente puede ser dado como regalo a otra persona, y dando más presentes inspiran más generosidad y también fortalecen su amistad quedando inundados de regalos. Muchas economías del don se prolongaron durante miles de años y demostraron ser mucho más eficaces al permitir que todos los participantes satisficieran sus necesidades. El capitalismo puede haber aumentado drásticamente la productividad, pero ¿con qué fin? A un lado de la típica ciudad capitalista alguien está muriendo de hambre mientras que en el otro lado alguien está comiendo caviar.

Los economistas y politólogos occidentales asumieron inicialmente que muchas de estas economías del don eran en realidad economías de trueque: sistemas de intercambio protocapitalistas que carecían de una moneda eficiente: «Te voy a dar una oveja por veinte piezas de pan». En general, no es así como estas sociedades se describen a sí mismas. Más tarde, los antropólogos que se fueron a vivir a tales sociedades y que fueron capaces de dejar de lado sus prejuicios culturales, mostraron a los europeos que muchas de estas fueron en realidad economías del don, en las que la gente, intencionadamente, no llevaba la cuenta de quién debía qué a quién, para fomentar una sociedad generosa y que compartiera. Lo que puede que estos antropólogos no supieran es que las economías del don no han sido totalmente suprimidas en Occidente. De hecho, se aprecian con frecuencia dentro de los movimientos rebeldes. Los anarquistas de hoy en los EE.UU. también ejemplifican el deseo de relaciones basadas en la generosidad y la garantía de que las necesidades de todos se satisfagan. En una serie de ciudades y pueblos, los anarquistas mantienen los Really Really Free Markets, que son, esencialmente, mercadillos sin precios. La gente trae bienes que han fabricado ellos mismos o cosas que no necesitan ya y las dan de forma gratuita a los transeúntes o a los demás participantes. O comparten conocimientos útiles entre sí. En un mercadillo gratis en Carolina del Norte, cada mes doscientas personas o más de todas las clases sociales se reúnen en el centro de nuestra ciudad. Traen de todo para regalar: desde joyas hasta leña y cogen lo que quieren. Hay puestos que ofrecen reparación de bicicletas, peluquería, incluso lecturas de tarot. La gente sale con grandes somieres y ordenadores antiguos; si no tienen un vehículo para el transporte, hay conductores voluntarios disponibles. El dinero no cambia de manos; nadie regatea ningún precio de artículos o servicios, nadie se avergüenza de lo que necesita. Contrariamente a las ordenanzas gubernamentales, no se pagan impuestos por el uso de este espacio público y no hay nadie encargado. A veces aparece un grupo de música; a veces actúa una compañía de títeres o hay personas haciendo cola para pegarle a una piñata. Se llevan a cabo juegos y conversaciones en los alrededores, y cada uno tiene un plato de comida caliente y una bolsa con golosinas gratis. Desde las ramas y vigas cuelgan banderas proclamando «PARA LOS COMUNA LES, NI PROPIETARIOS NI BUROCRACIA » y «NI JEFES NI FRONTERAS»4 y se extiende una gran manta con material de lectura radical, aunque no es esencial para el evento ―es una institución social, no una simple manifestación―. Gracias a nuestro Mercadillo Gratis mensual, todos en nuestra ciudad tienen un punto de referencia del trabajo de la economía anarquista. La vida es un poco más fácil para aquellos de nosotros con ingresos bajos o nulos y las relaciones se desarrollan en un espacio en el que la clase social y los medios financieros son, por lo menos temporalmente, irrelevantes.

La sociedad tradicional de los semai, en Malasia, se basa en la entrega de regalos en lugar del trueque. No se han encontrado en dicha sociedad registros de cuentas hechas por los propios semai, pero le explicaron cómo funcionaba a Robert Dentan, un antropólogo occidental que vivió con ellos por un tiempo.

Dentan escribe que «el sistema por el cual los semai distribuyen los alimentos y servicios es una de las maneras más importantes de unir a una comunidad. Los intercambios económicos semai son más parecidos a regalos de Navidad que a intercambios comerciales». Calcular el valor de los regalos dados o recibidos era considerado punan o tabú por los miembros de la sociedad semai. Otras normas de etiqueta comúnmente aceptadas incluyen el deber de compartir lo que tengan y que no necesiten inmediatamente y el deber de compartir con los invitados y cualquier persona que lo pida. Era punan no compartir o rechazar una solicitud, pero también lo era pedir más de lo que alguien podía dar.

Muchas otras sociedades también han distribuido e intercambiado excedentes en forma de regalos. Aparte de la cohesión social y el gozo que se obtiene de compartir con tu comunidad sin la avidez de llevar cuentas, una economía del don también se puede justificar en términos de intereses personales. A menudo, una persona no puede consumir lo que produce por sí misma. La carne de caza de un día se pudrirá antes de que se la pueda comer toda. Una herramienta, como una sierra, pasará inutilizada mucho tiempo si es propiedad de una sola persona. Tiene más sentido regalar la mayor parte de la carne o compartir la sierra con los vecinos, ya que quienes lo hagan se asegurarán de que en el futuro recibirán comida extra y compartirán con ellos las herramientas ―lo que garantiza que tendrán acceso a más alimentos y a una amplia gama de herramientas― volviéndose tanto ellos como sus vecinos más ricos, sin tener que explotar a nadie.

Por lo que sabemos, sin embargo, los miembros de las economías del don probablemente no justifican sus acciones con argumentos de cálculo interesado, sino con razonamiento moral, explicado como que compartir es hacer lo correcto. Después de todo, un excedente económico es el resultado de una cierta manera de mirar el mundo: se trata de una elección social y no de una certeza material. Las sociedades deben elegir, a lo largo del tiempo, si trabajan más de lo necesario para fijar el valor, o si consumen solo el mínimo necesario para su supervivencia, entregando el resto de sus productos a un almacén común controlado por una especie de líderes. Incluso si una partida de caza o un grupo de recolectores tiene suerte y trae a casa una gran cantidad de comida, no habrá excedente si se considera normal compartir con los demás, hartarse con una gran fiesta o invitar a una comunidad vecina a la fiesta hasta que todos los alimentos se coman. Sin duda, es más divertido que medir los gramos de alimentos y calcular qué porcentaje hemos ganado.

Respecto a los holgazanes, aunque las personas no calculen el valor de los regalos ni lleven un balance, se darán cuenta de que si alguien se niega sistemáticamente a compartir o a contribuir al grupo, estará violando las costumbres de la sociedad y el sentido del apoyo mutuo. Poco a poco, estas personas pueden ver dañadas sus relaciones y perder algunos de los beneficios más agradables de vivir en sociedad. Parece ser que en todas las economías del don conocidas, incluso al más perezoso del grupo nunca se le negó la comida ―en marcado contraste con el capitalismo― ya que alimentar a unos pocos perezosos por parte de la sociedad es un drenaje de recursos insignificante, especialmente en comparación con la mimada y voraz élite de nuestra sociedad y perder esa pequeña cantidad de recursos es preferible a dejar de tener compasión y permitir que la gente muera de hambre. En casos más extremos, si algunos miembros de esa sociedad fueran parásitos agresivos, tratando de monopolizar los recursos o forzando a otras personas a trabajar para ellos ―es decir, actuando como capitalistas―podrían ser condenados al ostracismo e incluso ser expulsados de la sociedad.

Algunas sociedades sin Estado tienen jefes que juegan un papel ritual, a menudo relacionado con entregar los regalos y distribuir los recursos. De hecho, el término jefe puede ser engañoso, porque han existido muchas sociedades humanas diversas que han tenido lo que Occidente califica como jefes y en cada sociedad implica un papel algo diferente. En muchas sociedades, los jefes no tenían ningún poder coercitivo: su responsabilidad era la de mediar en las disputas o llevar a cabo los rituales y se esperaba que fueran los más generosos de todos. En última instancia, trabajaban más duro y tenían menos riqueza personal que otros. Un estudio descubrió que una causa habitual por la que la gente deponía o expulsaba a un jefe, era debido a que no se le consideraba lo suficientemente generoso.

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