Estructura y realidad social: 1. Consideraciones teóricas

Este título, Estructura y realidad social, está conformado por tres capítulos: 1) Consideraciones teóricas, 2) El capitalismo histórico, y 3) La realidad del capitalismo histórico. La bibliografía está disponible en el último capítulo.

EL DESARROLLO DE LAS CIENCIAS SOCIALES

Los fundamentos y principios que han adoptado las investigaciones sociales a lo largo de la historia se tornan variopintas, inclusive divergentes. Desde posturas que sugieren que la totalidad determina incondicionalmente a cada una de sus partes hasta, por contra, que existe la libre acción de las partes que configuran dicha totalidad. Por así decirlo, la misma disciplina que se encarga de estudiar los elementos o conjuntos que conforman el mundo social, se ha visto cambiante y condicionada por los mismos factores que constituyen su objeto de estudio.

Para entendernos, la ciencia social comienza a ganar peso en materia científica, sobre todo, durante el s. XIX, con la presión académica que suponía la integración al paradigma científico imperante. Las ciencias naturales, aquellas que se encontraban en su apogeo y se revelaban como grandes verdades (recordemos autores como Darwin o Pasteur), implicaron una influencia notable en lo que hoy por hoy conocemos por ciencias sociales. Sin olvidar que uno de los primordiales promotores del positivismo fue Auguste Comte que, a la par, ha sido el primero en utilizar el término “sociología” para referirse al estudio de las leyes generales que dirigen a la sociedad en su “ley de los tres estadios”, o que teorías como las de Marx y Engels se idealizaban bajo el concepto de “socialismo científico” y llegaban a sugerir un evolucionismo social, en gran medida, fatalista; podemos advertir este silogismo imitativo de las ciencias naturales que adoptaban las investigaciones sociales en ciernes y que, con el tiempo, dicha lógica se ha ido descomponiendo en distintas vertientes teóricas.

A modo de crítica, el historiador Rudolf Rocker muestra sus consideraciones respecto a las ciencias sociales, admitiendo que en muchos sentidos, a lo largo de la historia, se ha encauzado en un paradigma objetivizador y determinista, eludiendo las capacidades o voluntades individuales como factores también determinantes y no solo determinadas. El objeto de estudio que supone la sociedad no se ajusta a leyes universales y necesarias, tal premisa ha supuesto una insuficiencia en las interpretaciones históricas, cosificando a los individuos como meras absorventes esponjas de una idea abstracta -ejemplificando a Marx, comprendemos la gran relación que su dialéctica materialista tiene con Hegel, con el idealismo racional, y su fundamentación en ciertos casos determinista-:

La mayor parte de las interpretaciones históricas se basan en esa noción errónea que sólo pudo anidar en el cerebro de los hombres porque colocaron en un mismo plano las leyes de la existencia y las finalidades que están en la base de todo acontecimiento social; en otras palabras: porque confundieron las necesidades mecánicas del desarrollo natural con las intenciones y los propósitos de los hombres, que han de valorarse simplemente como resultados de sus pensamientos y de su voluntad. (Rudolf Rocker, 1937, p. 15).

Sin embargo, estas consideraciones no conllevan a la negación de relaciones causales dentro de los procesos sociales, en todo caso una negación de causalidad análoga a la científica natural (leyes universales y necesarias), ya que los fines humanos o voluntades individuales implican el cambio y la transformación del entorno. Tampoco negamos la fuerte influencia o condicionamiento que supone la estructura social, política y económica en el individuo, preso de las circunstancias y la experiencia inmediata de un mundo intangible y difícil de transformar en cuestión de mera voluntad de poder.

En torno a este problema teórico o metodológico, referido a la posibilidad de cambio y la relación totalidad-unidad, las ciencias sociales se han visto inmersas y, bajo estas dicotomías, podemos diferenciar dos perspectivas contrapuestas: el estructuralismo y el individualismo metodológico. El primero hace referencia a un enfoque que otorga mayor relevancia al conjuno ordenado y funcional de la sociedad que a la acción individual, de la que se nutre la segunda perspectiva.

La concepción de estructura en las ciencias sociales, además de similar metafóricamente la durabilidad y resistencia -como dijo J. L. Sampedro: “Lo que dura es estructura, lo demás es conyuntura”-, supone esencialmente la importancia que adquiere la totalidad o conjunto social con sus correspondientes atributos sistémicos (sus características materiales, institucionales, idiosincráticas…), por encima de las unidades independientes que lo componen, es decir, de los individuos. Estas unidades no son independientes en sentido estricto -si acaso, de forma observacional y, aun así, se encuentran adheridos a relaciones con la totalidad social-, ya que los elementos del conjunto social se encuentran en recíproca dependencia, conectados unos con otros y, por tato, proclives a relaciones de causa-efecto. Este principio de interdependencia es capaz de unir el conjunto social con el individuo, constatando la siguiente premisa sociológica: el individuo es fruto de la sociedad y viceversa.

En comparación con el estructuralismo, el individualismo metodológico se muestra reduccionista, trata de explicar los procesos sociales como resultado de decisiones individuales independientes “que pueden , no obstante, tener como una fuente, dato o razón más, las acciones de los demás” (Ricardo F. Crespo, p. 94). Este enfoque ha sido bastante utilizado en la economía. De resultas obtenemos un enfoque que, ante la posible divergencia que adquiere con la prioridad holística o estructural, no nos transmite nada nuevo que no pueda tener en cuenta una visión estructuralista de la sociedad. La diferencia es clara: el estructuralismo es capaz de escudriñar y teorizar el conjunto de relaciones individuales que conforman totalidades (estructuras), conjuntos cambiantes que condicionan al individuo y que en determinadas circunstancias se muestran maleables por la acción del individuo (asociándose en intereses comunes); mientras que, el individualismo metodológico, ensalza la acción individual y reniega de las realidades teorizadas (no absolutas, como muchos confunden) que conforman patrones de conducta, sistemas de vida y órdenes político-económicos, adquiridos por el individuo bajo ámbitos socializadores que le son externos (familia, escuela, Estado, medios de comunicación…), que configuran un orden.

Como reflexión y aludiendo a Max Stirner: si “el producto de nuestra asociación es el Estado” (1844, p. 30); “la existencia independiente del Estado es el fundamento de mi dependencia; su vida como organismo exige que Yo carezca de libertad y, según su naturaleza, me aplica las tijeras de la cultura” (ibídem, p. 70), ¿dónde encuentra el individualismo metodológico esa voluntad definitiva y tan activa del individuo? Sin detenernos a reflexionar sobre su obra y su concepción de la propiedad y del egoísmo, Stirner tuvo muy en cuenta esta cuestión: el individuo se ve afectado o influenciado por elementos que le son impersonales o impropios (el Estado, el sistema económico, la religión, el lenguaje…).

Por otro lado, en relación con lo que hemos expuesto sobre el enfoque determinista explícito en las ciencias sociales incipientes del s. XIX, cabe añadir que el estructuralismo nos permite desvelar pautas de comportamiento en la sociedad, no desde una óptica positivista, sino desde una perspectiva teórica y de utilidad. Las estructuras sociales suponen un determinado orden durante un periodo de tiempo, por ello, no se torna fatalista el hecho de advertir posibles comportamientos causales en dicho sistema social y, comprendiendo la complejidad que acarrae el objeto de estudio de las ciencias sociales (incierto y ambiguo), se nos torna necesario tener en cuenta la inclusión de diversidad de modelos y la compaginación de distintas disciplinas para entender los comportamientos estructurales desde una perspectiva amplia. El demógrafo Thomas K. Burch, en Demography in a new key (2003), nos revela lo útil que se nos muestra la teoría que, escindiéndonos de paradigmas unidireccionales y supuestas realidades absolutas, mediante el ajuste de porciones de realidad en un determinado modelo, obtenemos conocimiento y capacidad de formular resoluciones prácticas en el entorno social. Burch considera favorecedora una perspectiva basada en modelos (“model-based view”), bajo la premisa de Giere: “realismo sin verdad”, es decir, realidad social teorizada -y, evidentemente, constatada y perfectamente discutible- sin caer erroneamente en trascendentalismo. Por consiguiente, las ciencias sociales, ante la complejidad de su objeto de estudio; estable e inestable, predictible e impredictible; pueden encontrar utilidad y mayor veracidad en sus proposiciones mediante perspectivas más amplias y holísticas -tales como el estructuralismo-.

LA ESTRUCTURA

Tal y como hemos expuesto, la estructura social hace referencia a un conjunto de elementos ordenados (políticos, institucionales, económicos…) que llevan a cabo un determinado funcionamiento y perdura en un periodo más o menos largo de tiempo. También hemos advertido la inestabilidad que las eventualidades o fenómenos sociales suponen para la estructura, por ello, se trata de un orden provisional, con contradicciones o tensiones internas, aquellas que intenta mitigar para mantenerse en el tiempo y que originan cambios en la estructura (modificaciones que no implican una transformación sustancial de la estructura, mantienen su leitmotive). Estas tensiones, por otro lado, también pueden provocar transformaciones sustanciales de la estructura.

Las contradicciones características de la estructura, provenientes de las restricciones sistémicas que entran en conflicto con los actores sociales, pueden conllevar a problemas conyunturales, protagonizados por una sucesión de problemáticas en cortos periodos de tiempo. Ante las tensiones, ¿cómo es posible que la estructura prevalezca sin ningún cambio sustancial? Los mecanismos utilizados por las fuerzas sociales para mantener el orden y la disposición de la estructura son, pues, la respuesta a nuestra pregunta. Como ejemplo ilustrativo, Noam Chomsky en el documental Requiem for the American Dream (2015) nos revela esa pretensión por reducir la democracia de la población estadounidense por parte de las clases opulentas, debido a que supone un peligro para el sistema vigente. Desde James Madison (uno de los principales artífices de la fundación del país estadounidense) hasta filósofos como Aristóteles o Adam Smith, junto a las reacciones sistémicas perpetradas por quienes detentan el poder económico y político a lo largo de la historia, han reflejado esta pretensión hegemónica y por conservar el status quo: “Ha habido una enorme ofensiva empresarial coordinada y concentrada a partir de los años 70 para hacer retroceder los esfuerzos igualitarios que sucedieron durante la época de Nixon. […] Si examinamos su estudio, hay un interés que nunca mencionan: la empresa privada” y, tras la oleada de protestas que invadieron los años 60, el contragolpe estratégico del sistema consistió en “rediseñar la economía”.

Como hemos propuesto anteriormente, la estructura trata de paliar sus contradicciones, mediante transformaciones superficiales, que cambian la forma, pero no los principios en los que está fundamentada. Cuando Chomsky nos menciona el rediseño de la economía de los años 70, hace alusión a una transformación de tal índole, donde se disminuye la prioridad de los asuntos relativos a la producción para la acumulación de capital (principio sustancial del capitalismo histórico, como expondremos después) y se desplazan las pesquisas económicas al mundo financiero, acompañado de una deslocalización del trabajo, sin alterar la estructura en esencia.

Por otro lado, la estructura puede cambiar en esencia cuando la crisis provocada por sus contradicciones internas no permite soluciones coherentes bajo su lógica y funcionamiento. He aquí una circunstacia propicia para que la acción individual tenga mayor apertura para la decisión y el cambio sobre la estructura. Si nos detenemos a examinar las circunstancias actuales, en torno al sistema económico y la situación ecológica, obtenemos un ejemplo muy esclarecedor. Autores como el politólogo Carlos Taibo nos manifiestan la incongruencia que supone la lógica “crecentista” y consumista del capitalismo en un mundo de recursos limitados, dicha incongruencia, si se sigue manteniendo en el tiempo, nos conducirá a un irrevocable colapso ecológico. Hipotéticamente y a modo de ejemplo, el colapso ecológico podríamos considerarlo como causa de una crisis estructural, la cual inexorablemente conlleva a una mayor apertura de cambio (una menor pasividad y conformismo) y una posible transición sistémica.

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