Estructura y realidad social: 2. El capitalismo histórico

Leer Capítulo 1: Consideraciones teóricas

La historia es una herramienta imprescindible para comprender el desarrollo de las sociedades; para escudriñar las razones, motivos y circunstancias que han establecido un determinado sistema sociocultural, político y económico. Por ello, es útil estudiar la sociedad teniendo en cuenta la historia de esta, pues, de lo contrario, nuestro objeto de estudio quedaría reducido a una especie de entidad absoluta e innata (como la sociología funcionalista de la desigualdad social que; exenta de una cosmovisión crítica del sistema establecido; veía en las clases más bajas, pobres y vagos innatos, incompetentes de nacimiento). Debido a ello, a la hora de desentrañar los fundamentos en los que se asienta la sociedad, debiéramos estudiarla como sistema histórico.

Antes de adentrarnos en la realidad historiográfica del capitalismo, es decir, los comportamientos que puso de manifiesto esta estructura sociopolítica y económica desde sus origenes (desde el s. XVI en adelante, aunque nosotros examinaremos, sobre todo, los ritmos cíclicos que acontecieron en el s. XX y XXI), vamos a tratar de repasar los principios básicos en los que se fundamenta el capitalismo histórico desde un enfoque económico, político e idiosincrático.

En primera instancia, la piedra angular del capitalismo histórico consiste en la acumulación de capital. Sin embargo, no consiste en el simple hecho de acumular una reserva de riqueza en forma de dinero conseguida a partir de los procesos productivos, sino que se refiere a la acumulación de capital para invertir en más capital (Wallerstein; 1988; p. 1-2). La versión resumida de El Capital de Gabriel Deville (que fue consultada y consensuada con Marx) nos explica que la acumulación de capital no se reduce a “comprar para vender más caro”, sino que este proceso que produce plusvalía (la obtención de ganancias) radica en las relaciones de producción, es decir, en quienes poseen la fuerza de trabajo. Por ello, obviando los postulados marxistas que se centraron en gran medida en la producción, asumiremos que el capitalismo histórico representa la particularidad que hemos adscrito -la acumulación de capital para invertir en más capital- y la existencia del actor capitalista, cuya función se atribuye a esta aspiración acumulativa, asentada en unas condiciones económicas y políticas que se lo permitan.

Bajo este principio esencial del capitalismo que se ha expuesto, cabe esperar una profunda confusión con respecto a las distintas posturas que ha llevado a cabo el liberalismo económico clásico. Si Adam Smith en La riqueza de las naciones (1776) nos hablaba del laissez faire y de “la mano invisible”, proclamando la mínima intervención del Estado y el libre mercado, siendo la competitividad y el egoísmo el que regularía eficientemente el mercado; por otro lado, Fernand Braudel y el advenimiento de la realidad social de estos últmos siglos, manifestarían un asunto de naturaleza bien distinta: el contramercado y la necesidad del Estado.

El capitalismo se asienta en una economía de mercado, además, con una exacerbada mercantilización de prácticamente todo (de procesos de producción, distribución o inversión, incluso de la vida social…). Sin embargo, el hecho de asentarse en la base de una economía de mercado, no implica un cumplimiento estricto de lo que relataban las teorías clásicas. Y es entonces cuando podemos referirnos al capitalismo como contramercado, ya que no prima una situación económica por la cual la oferta y la demanda regula el mercado, haciendo fracasar a los empresarios que no han estado al nivel de sus competidores; sino que son las grandes empresas o corporaciones las que se saltan este principio de libre mercado, favoreciéndose y adueñándose del poder político para salir siempre ventajosas y en lo alto de la cúspide social.

De resultas, el capitalismo histórico representa esta otra particularidad mencionada: la necesidad del Estado. Para allanar el terreno y propiciar las condiciones legales u óptimas para hacer posible la incesante acumulación de capital, se recurre al Estado, el cual se ha mostrado mayoritariamente al servicio del capitalista. Si el Estado a finales del s. XVIII ya mostraba mecanismos para salvaguardar el poder económico de los propietarios industriales y terratenientes (véase Notes of the Secret Debates of the Federal Convention of 1787 de Robert Yates, donde aparece explícitamente la deseosa supremacía de la clase opulenta1); en los siglos posteriores no ha sido tan diferente, aunque, quizás, más cargados de aparente progreso, seductora vida de consumo y seguridad pueblerina en las fases más álgidas del capalismo. El Estado, además de haber propiciado las condiciones necesarias para la acumulación del capital, ha conseguido maximizar esto. Los impuestos públicos que han sido puestos a la disposición de grandes propietarios, bajo la aparente benevolencia que puede transmitir el capital social, y el papel contra la quiebra de grandes empresas que asume el sector estatal, reflejan en gran medida y constatan lo que anteriormente hemos planteado. Immanuel Wallerstein conluye con perspicacia:

De acuerdo con su ideología, se suponía que el capitalismo implicaba la actividad de unos empresarios privados liberados de la interferencia de los aparatos del Estado. En la práctica, sin embargo, esto no ha sido nunca realmente cierto en ninguna parte. (1988, p. 46).

A modo de adenda, un dato revelador que nos muestra la concentración del capital en un grupo reducido de personas y la primacía del mundo financiero (muy presente desde los años 70) es el que nos otorga el estudio The network of global corporate control (S. Vitali, J.B. Glattfelder y S. Battiston, 2011) que escudriña la red empresarial extendida mundialmente, compuesta por más de 43.000 empresas, las cuales están sometidas a un control económico del 80% por parte de unas 737 grandes empresas (1,71% aprox.). De esas 737 multinacionales, un 75% son entidades financieras (Deutsche Bank AG, Citigroup, Morgan Stanley, Lehman Brothers, etc.). La economía financiera ha mejorado sus técnicas a lo largo de la historia, convirtiendo a los acaparadores del capital y propietarios de estas grandes empresas en entidades impersonales, en meros dígitos en una pantalla, capaces de controlar una red compleja de empresas en cuestión de “clicks”.

Cabe añadir que, en el capitalismo histórico, se ha tendido a una división del trabajo considerable. En las sociedades tradicionales, sin embargo, era más inusual esta división y el trabajador tenía un mayor control de todos los medios para producir, se responsabilizaba de la producción total del producto. A partir del s. XVIII en Europa, por ejemplo, el panorama era bien distinto, aumentando la presencia del sector industrial y, con ello, la urbanización en ciudades (tras la posibilidad que se había forjado de que un porcentaje importante de la población abandonara la agricultura, debido a avances tecnológicos y técnicos que incidieron favorablemente en la producción). En principio, la división del trabajo se ha basado en la disciplina impartida en las fábricas que, más adelante, se convirtieron en métodos y sistemas de organización desarrollados concienzudamente para maximizar la producción (ejemplos como el taylorismo y fordismo). Empero, la división del trabajo se ha fortificado y el ejemplo anterior relativo a la red empresarial mundial existente lo confirma: ha surgido la deslocalización industrial. Es decir, ahora ya no existe como regla general la completa producción en una fábrica en concreto y localizable, sino que todo el proceso productivo se expande en diversas fábricas, cada una llevando a cabo una tarea determinada, existiendo una división del trabajo a gran escala. No es una cuestión baladí, pues, la deslocalización industrial supone ventajas para la acumulación perseguida por el empresario, aprovechando las circunstancias de países en desarrollo, asegurándose unos costes en mano de obra bastante bajos.

Por otro lado, el capitalismo histórico se caracteriza por una transformación idiosincrática, donde los valores y conductas de la población se han encaminado por vías dispares. Desde una perspectiva progresiva en el tiempo, somos capaces de observar que, en terminos generales, la sociedad capitalista se ha visto caracterizada por un mayor grado de individualismo (cabe añadir que se trata de un individualismo, en muchos casos, ingenuo); una tendencia a la secularización, primando la imagen de la ciencia y la razón como condecorosas verdades; y, debido al descontrol e inestabilidad que ha supuesto el sistema, como diría Richard Sennet, una visión “cortoplacista”.

Una vez entendido los principios clave que definen al capitalismo histórico, debemos comprender que, además de situarse en un periodo de tiempo determinado, este se encuentra en un espacio en concreto. Puede parecer confuso y difícil de visualizar, pero no lo es tanto si tenemos en cuenta la vasta conexión entre naciones o Estados que se ha ido fraguando desde finales del s. XVI en adelante. Desde el Descubrimiento de América -teniendo también en cuenta los avances en medios de transporte y el aumento de transacciones comerciales entre países- se ha trazado una progresión histórica conjunta a nivel mundial, cuya globalidad nos sugiere la existencia de un sistema-mundo. Además, adentrándonos en la actualidad, la sociedad informacional en la que estamos inmersos y de la que nos hace mención el sociólogo Manuel Castells (aquella en la cual las nuevas tecnologías como Internet traen consigo un derrumbamiento de toda limitación espacial y temporal en las relaciones interpersonales, comerciales, etc.; conformándose una red informacional a nivel mundial); nos demuestra la presencia y vigencia que tiene la concepción de un sistema-mundo.

Podemos adoptar esta conceptualización, trazada por Wallerstein y acorde con el sistema histórico capitalista:

Un sistema mundial es un sistema social, un sistema que posee límites, estructuras, grupos, miembros, reglas de legitimación, y coherencia. Su vida resulta de las fuerzas conflictivas que lo mantienen unido por tensión y lo desgarran en la medida en que cada uno de los grupos busca eternamente remoldearlo para su beneficio. Tiene las características de un organismo, en cuanto a que tiene un tiempo de vida durante el cual sus características cambian en algunos aspectos y permanecen estables a otros. Se pueden definir sus estructuras como fuertes o débiles en momentos diferentes, en términos de la lógica interna de su funcionamiento. (1974, p. 489).

Un proceso importante que se ha dado, sobre todo, desde los años 80, es la globalización. Esta, aunque haya sido clave en la consolidación del sistema-mundo -creando lazos más fuertes entre las distintas partes del mundo-, adquiere otro significado. El proceso consiste en la creación de unos lazos entre los Estados de los distintos países del mundo, aumentando la interdependencia entre ellos y originando un mercado mundial en común.

Por último, cabe mencionar el papel fundamental que ha tenido el racismo, el sexismo y la etnicidad en el desenvolvimiento de este sistema histórico. Suelen considerarse (erróneamente) como aspectos o fenómenos apartados del sistema político-económico, como si fueran eventualidades azarosas o innatas, sin embargo, estas han sido clave para el procedimiento dinámico de la acumulación del capital. Por un lado, el racismo ha estado manifiesto desde los orígenes del capitalismo y ha servido tanto como medio para apropiarse de territorios y sus recursos materiales (el colonialismo ilustra adecuadamente este ejercicio de dominación), como para justificar la utilización de mano de obra esclava. Sin embargo, ha ido cambiando en apariencia la relación con la, por así decirlo, “clase negra” (o indígena), el discurso fue transformándose y adquiriendo un cariz cívico o de derechos civiles/humanos. En cambio, se ha postrado como un discurso superficial que pronto se contrapondría a los hechos y, en circunstancias de pánico y emergencia económica, los movimientos racistas aumentaban y las justificaciones se hacían tangibles (como la infinidad de estudios científicos que se llevaron a cabo durante el siglo XIX, por ejemplo, de Gobineau -“el padre del racismo moderno”-). Si, por otro lado, se necesitaba de mano de obra, la vuelta al discurso integrador y cívico sacaba de un apuro al Estado capitalista. En suma, el surgimiento del racismo y de los conflictos étnicos tienen motivo en el cierre al grupo (fruto de un etnocentrismo occidental, la imposición de la etnia imperante/dominante) y la asignación de recursos.

Además del racismo, el sexismo ha encontrado una aceptación necesaria en el capitalismo histórico, donde el sistema heteropatriarcal ha facilitado el auge de las clases opulentas, siendo la organización familiar convencional y su organización doméstica un factor importante. La mujer como trabajadora no asalariada, al servicio del hogar y del cuidado de niños y ancianos, configuran un orden crucial para maximizar la productividad de los trabajadores asalariados y los beneficios de los empresarios. Cierto es que las circunstancias han cambiado, sin embargo, siempre enalteciendo el beneficio de unos pocos y, como podemos observar, con adaptaciones socioculturales que poco o nada tienen que ver con el fin de la discriminación sexista, si acaso, la discutible integración laboral -con un relevante grado de desigualdad, aun sexista-.

1They ought to be so constituted as to protect the minority of the opulent against the majority”

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2 comentarios en “Estructura y realidad social: 2. El capitalismo histórico”

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