Estructura y realidad social: 3. La realidad del capitalismo histórico

Leer Capítulo 2: El capitalismo histórico

“Lo que me parece urgente, la tarea a la que se ha consagrado en cierto sentido la totalidad de mi obra reciente, es ver el capitalismo como un sistema histórico, a lo largo de toda su historia y en su realidad concreta y única”. (Wallerstein, 1988, p. VII).

1. El cénit capitalista

Adentrándonos en la realidad social de la segunda mitad del s. XX y principios del XXI, podemos observar los comportamientos de la estructura capitalista, comprendiendo, mediante los conceptos teóricos que hemos trazado en capítulos anteriores, los hechos históricos que garantizan una debida solidez argumentativa a nuestro planteamiento.

Una de las características peculiares del sistema capitalista es su propensión a crisis cíclicas, que actualmente podemos clasificarlas como crisis multidimensionales: económica, financiera, social, política, energética, ecológica… Centrándonos en el periodo de posguerra, se nos presenta una significativa fase de crecimiento económico en Estados Unidos, quien, tras confeccionar unas condiciones de comercio internacional propicias para su hegemonía, aportará ayudas económicas a la devastada Europa Occidental (Plan Marshall). Este periodo de crecimiento que concluyó con las crisis del petróleo (1973-79), lo conocemos, bajo la teoría del ciclo de Kondratiev, como una fase ascendente, de recuperación y apogeo económico. Sin embargo, esto desemboca en fases descendentes, donde la economía se torna recesiva o depresiva, como el periodo que abarca desde 1968-73 en adelante. Empero, se debe comprender estas fases desde una perspectiva general, a grandes rasgos, ya que dentro de cada una de ellas pueden originarse ciclos menores de recesión y recuperación.

A partir del final de la Segunda Guerra Mundial (1945), el capitalismo comenzó a adquirir un crecimiento económico considerable; el mundo se dividió ideológicamente en dos bloques (Este y Oeste); y las condiciones político-económicas fueron forjadas por las potencias del mundo (o bien sus élites de poder), con una dirección hegemónica propicia para Estados Unidos. Estas condiciones fueron fraguándose desde 1944, cuando se llevaron a cabo los acuerdos de Bretton Woods en pos de unas condiciones de comercio internacional más abiertas, concluyendo, entre otros puntos, en un sistema monetario internacional basado en el patrón oro (el dólar estadounidense se estableció como moneda canjeable por oro) y a la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

El mundo quedó divido entre el bloque Oeste, caracterizado por seguir la línea política de democracia moderna y capitalista, y el bloque del Este o comunista, integrado en un sistema socialista autoritario. Estos dos bloques dominantes se encontraron con profundas tensiones políticas y militares entre ellos durante varias décadas, periodo conocido como Guerra Fría y que podemos considerar como prolongación de la Segunda Guerra Mundial, concluyendo con la disolución de la URSS (1990). En síntesis, la tensión se mostraba clara, por un lado EE.UU. temía su pérdida de supremacía como potencia mundial y la URSS trataba de mantenerse en una situación defensiva, eludiendo el conflicto en unas circunstancias desfavorecidas por la guerra y siendo proclive a mantener su actual extensión soviéica. Esta especie de guerra silenciosa, geoestratégica y contraideológica supuso un posible obstáculo para la acumulación del capital y, como dijo Eric Hobsbawn, no fue el enfrentamiento hostil con el capitalismo y su superpotencia lo que precipitó la caída del socialismo, sino más bien la combinación de sus defectos económicos cada vez más visibles y gravosos, y la invasión acelerada de la economía socialista por parte de la economía del mundo capitalista, mucho más dinámica, avanzada y dominante” (1994, p. 254). Sin embargo, no podemos reducir este periodo a una ostentosa victoria de la superpotencia estadounidense, ya que, sin ir más lejos, ejemplos como la derrota de EE.UU. en la guerra de Vietnam, aquella que le conllevó a cuantiosos problemas deficitiarios, nos revela la debilidad humana que alberga el poder. Aunque, constatando la habilidad que la estructura social tiene para ajustarse a las circunstancias, tras los costes que supuso y la imposibilidad de mantener los acuerdos de Bretton Wood, la administración Nixon decretó que no volvería a canjear oro por dólares, así se originaría el dinero fiduciario: moneda sin respaldo o valor sustancial. He aquí un cambio en la estructura, manteniendo sus principios esenciales intactos, rediseñando la economía y mostrándonos, en paralelo, la fortaleza inhumana que alberga el poder capital.

Si el bloque del Este suponía ser un lastre para la estructura capitalista y esta trató de salir victoriosa del mal soviético que le atenazaba, por contra, los países del Sur suponían ser una fuente factible de materias primas para los países del Norte. Los países del Sur (África, India, Indiochina o Bangladesh) y subdesarrollados (Corea del Sur, Singapur, Hong Kong, Brasil o Méjico), es decir, el llamado “Tercer Mundo”, se veía inmerso en una situación deleznable: mientras que los países del Sur, impotentes en materia industrial, exportaban materias primas al Norte, la exportación de manufacturas de Norte a Sur se encontraba a precios más altos. Esta situación implicaba una relación de intercamios comerciales desigual, en detrimento del Sur y en beneficio del Norte (Torres López, J.; 2000; p. 26). Cabe añadir que estas condiciones propiciadas por la polarización Norte-Sur no son harina de otro costal, pues dieron sostenibilidad a un status de bienestar y consumo en las sociedades occidentales de las que vamos a hablar a continuación, sin alterar el continuo motor de la acumulación económica y la lógica encarnizada del plusvalor para un número de personas cada vez más ínfimo.

Tal y como hemos dicho anteriormente, en la etapa de posguerra, el capitalismo se encontraba en su apogeo, estableciéndose un crecimiento económico desde Estados Unidos hasta el resto de países occidentales. La incesante acumulación de capital, junto al pleno empleo y la constante expansión de la demanda (tanto para reconstruir las economías y sociedades occidentales devastadas por la guerra, como para cubrir las necesidades de una sociedad de consumo); facilitaron la inclusión de modelos políticos y económicos como el fordismo, keynesianismo y el Estado de Bienestar. Esta etapa es reconocida como los “Treinta Gloriosos” o la “Edad de oro del capitalismo” y finalizó con la crisis del petróleo de 1973.

En primer lugar, el fordismo fue uno de los modelos de producción clave para entender la lógica estructural que en esencia perseguía la clase capitalista. Este adoptaba el método científico para organizar la producción, propio del taylorismo, pero, a la par, se caracterizaba por incidir en las conductas y necesidades sociales, considerándose una peculiar ideología social que se compromete con el bienestar y consumo de los trabajadores. El fordismo trataba de incrementar la productividad, mediante la mecanización e estandarización del trabajo -contrario al modelo artesanal, en el cual el trabajador poseía el control completo de su producción-, y, además, trataba de incentivar al consumo (sea o no necesario), favoreciendo al trabajador en ciertos aspectos: salarios más elevados, condiciones laborales más próximas a la salubridad/seguridad y garantía de unos derechos sociales. Por así decirlo, las horas laborales en una artificiosa cadena de montaje, reproduciendo en bucle una tarea, se tornan más amenas y justas cuando las condiciones económicas te aseguran una vida considerada culturalmente de ensueño (americano), basada en el superfluo y atractivo consumo exacerbado. Este modelo productivo nos ilustra pedagógicamente la logística del sistema capitalista que durante los “Treinta Gloriosos” se llevó a cabo de una u otra forma: el consenso entre el capital y el trabajo, proyectos sociales para la legitimación del status quo socioeconómico.

En la esfera política, el keynesianismo y el Estado de Bienestar representan otros de los modelos propios del sistema capitalista de posguerra, los cuales trataban de consolidar las relaciones entre el ámbito público y el privado (con unos efectos de legitimación y retroalimentación sistémica superiores al ejemplo del modelo productivo fordista). Por un lado, el keynesianismo se basa principalmente en la intervención del Estado en el mercado, regulándolo y solventando sus externalidades negativas; mediante políticas fiscales, la aplicación de políticas de inversión pública y, así, aumentando el empleo y, por ende, expandiendo la demanda en el mercado… En cambio, el Estado de Bienestar se relaciona con políticas sociales, instauradas para garantizar unas condiciones de vida óptimas en diversos aspectos: empleo, seguridad, sanidad, educación, solvencia económica… Ambas políticas estuvieron vinculadas, durante el periodo de posguerra, “a un sistema que multiplicaba de forma permanente los incentivos económicos y las motivaciones de gasto, sobre las que se basaba en una medida fundamental la legitimación del estado de cosas existente” (Juan Torres López, 2000, p. 95). De resultas, podemos concluir que las ventajas de subsistencia que ofrecieron el fordismo, las políticas de bienestar y el keynesianismo, mitigaron cualquier conflicto contundente y capaz de tambalear la estructura capitalista, es más, la reafirmaron.

En última instancia, ¿el apogeo económico de posguerra, el cénit del capitalismo, significó un crecimiento significativo para todos? Según lo expuesto, de primeras consideraríamos que no, pues, la desigualdad comercial de los países del Sur frente al Norte nos sugieren un punto de vista nada optimista. Sin embargo, esta cuestión no se reduce al ámbito internacional, cabe preguntarse si realmente el sueño americano fue tan bienestarista y solidario como se nos dice. Los datos que nos recopila Juan Torres en Desigualdad y crisis económica (2000) son reveladores:

En Francia y Estados Unidos el nivel de pobreza sobre el total de la población venía a ser en 1962 del 20 por 100 (10 y 35 millones de personas respectivamente); en Estados Unidos el 10 por 100 de los ciudadanos más ricos ganaban 29 veces más que el 10 por 100 más pobre, y en Francia la relación entre el ingreso de un trabajador con salario mínimo y el contribuyente medio de las 500 rentas más altas era de 180 a 1 en 1966. (2000, p. 29).

También podemos desentrañar esta desigualdad vigente en otras variables -como la esperanza de vida-, sin embargo, basta con mencionar los mecanismos más utilitaristas de los que las clases opulentas hacen uso para mantener o acrecentar su status socioeconómico. Con esto quiero decir que, de ningna manera el capitalismo y sus detentores pretenden establecer el bienestar o la practicabilidad vital de sus conciudadanos -quizás ingenuamente e indirectamente, de una forma un tanto darwinista social-; sino que, en esencia, el sistema es concienzudamente utilitarista: las condiciones de vida serían los efectos secundarios, solo son un medio a tener en cuenta cuando la finalidad zozobra. Si, por ejemplo, adviene la escasez de mano de obra, recurren a la inmigración productiva y baja en costes salariales: “la Ley de Inmigración y Nacionalidad de 1965, que abolió las cuotas según el origen nacional, permitió al capital estadounidense acceder a la población excedente global (hasta entonces tenían ventaja los inmigrantes europeos y blancos en general)” (David Harvey, 2010, p. 17). No son la paz y el orden, son su paz y su orden.

2. El nadir del capitalismo

Si el cénit del capitalismo iluminó el glorioso paraíso euroestadounidense, irradiándo al mundo con su presencia durante la posguerra, la sombra pronto se interpuso ante él, obstucalizando su luz y manifestándose aun más fuerte su presencia.

A partir de los años setenta en adelante, el sistema-mundo se ha visto inmerso en una espiral de crisis económicas y sociopolíticas, algunas intuidas por muchos, inclusive de quienes nos dirigieron a tales circunstancias. El origen o el detonante de estas crisis surge en los setenta, sin embargo, podríamos considerar que tales crisis han sido la posible extensión de un sistema obcecado en sí mismo, avaro e incapaz de retirarse voluntariamente ante los obstáculos.

Lo que históricamente conocemos por “revolución del 68”, hace referencia a un hecho crucial para entender lo que se le venía encima al estado social y económico de aquel entonces. Este acontecimiento se desenvuelve en forma de protestas a escala global, conformadas por nuevos movimientos críticos para con el sistema, fruto de una mayor consolidación de una conciencia común o colectiva. Algunas de las causas por las que se dieron sublevaciones en distintas partes del mundo fueron las referidas a la guerra de Vietnam, velando por el pacifismo y antimilitarismo; la lucha por los derechos civiles, exigiendo el abandono de la discriminación racial; o defender los derechos de los trabajadores, con una fuerte presencia del movimiento sindical en las protestas. Estas eventualidades sociales provocaron unas tensiones y conflictos sustanciales con el “estado de cosas existentes”, comprometiendo a la legitimación de la estructura político-económica, desacreditando y desconfiando del bienestarismo que en su día proclamaron el Estado y las mano privada.

Además del estado agitado en el que se encontraba la población mundial, los países del Norte se vieron envueltos en una crisis que desestabilizó la hegemonía de Estados Unidos y su predominio en la organización internacional de la economía. Junto a la revolución del 68 procedieron las repercusiones económicas de las crisis del petróleo (1973 y 79), la imposibilidad estadounidense de mantener los acuerdos de Bretton Woods y el surgimiento de un nuevo marco económico internacional competente.

La intromisión de la entonces superpotencia estadounidense en la reunificación de las dos Vietnam, conllevó a una guerra con unos costes significativos para Estados Unidos, tanto económicos como de legitimación. En primer lugar, la derrota norteamericana implicó un importante déficit y, a la par, la incapacidad de perdurar con un sistema monetario basado en el patrón oro. Por ello, la administración Nixón relegó los acuerdos de Bretton Wood y dejó de canjear dólares por oro, surgiendo el dólar como dinero fiduciario, libre de un respaldo verdaderamente tangible. No obstante, en sengundo lugar, Estados Unidos, una superpotencia mundial caracterizada por poseer uno de los organismos militares más avanzados tecnológicamente y caros de sus tiempos, fueron aplastados por uno de los países más pobres de la Tierra. Teniendo en cuenta tal contexto y situación, sencillo es concluir la fácil y rápida deslegitimación que se extendió por las colonias aun existentes del mundo:

El resultado fue un vacío de poder que fuerzas locales, en connivencia explícita o tácita con la URSS y sus aliados, rápidamente explotaron de varios modos: para completar el proceso de liberación nacional de los últimos residuos del colonialismo europeo (como en las colonias africanas de Portugal y en Zimbabwe), para enzarzarse en guerras recíprocas en un intento de reorganizar el espacio político de las regiones circundantes (como en el África oriental, el sur de Asia e Indochina), y para expulsar del poder a los Estados-clientes de los Estados Unidos (como en Nicaragua e Irán)”. (Arrighi G., 1999, p. 387).

Las condiciones que comenzaron a trazarse con el alza del precio del petróleo en el 73 -cuyo aumento continuó en el 79-, entorpecían el control mundial del capital por parte del Primer Mundo. Además, su estructura interna fue dando tumbos debido a diversos aspectos: la distrubución y organización del trabajo durante la posguerra fue consolidando una conciencia sindical y reivindicativa, incrementada por la disposición geográfica o urbana de vecindarios obreros (fruto de la localización homogénea industrial, máximizando la posibilidad de asociación entre trabajadores); la sobreproducción originada por la progresiva integración de los países industrializados eurojaponeses en el mercado; y los antagonismos que presentaba la conciliación de un Estado que debía garantizar bienes y servicios públicos (como las políticas de bienestar) con la ambiciosa acumulación de capital del sector privado.

En paralelo, los países del Sur, aparte de sufrir las crisis del petróleo (causadas por conflagraciones) y un consecuente déficit en la balanza de pagos, se vieron inmersos en un endeudamiento provocado por los entresijos financieros de Occidente. Fue entonces cuando el modelo económico internacional dio un giro, una oportunidad decisiva para el poder de las altas finanzas, una alianza política de Estados Unidos con el mundo financiero para recuperar su hegemonía mundial. “Los efectos devastadores de las políticas monetarias restrictivas, los altos tipos de interés reales y la desregulación estadounidenses pusieron inmediatamente de rodillas a los Estados del Tercer Mundo” (Ibídem., p.389). Políticas como las del Consenso de Washington (de la mano de las políticas neoliberales de Ronald Reagan y Margaret Thatcher) con la cual retomó la hegemonía el bloque occidental, subyugando a los países del Sur a la deuda, se centró en tres grandes pilares: austeridad fiscal, privatización y liberalización de los mercados.

El resultado de estos acontecimientos está relacionado con las nuevas formas que va adoptar el sistema-mundo en el último tercio del siglo XX y principios del XXI, que, al parecer, basa su causa en la postergación de la crisis, no su resolución, pues, tales desvaríos sintomáticos se encuentran inherentes a él. Por consiguiente, cabe preguntarno qué forma ha adoptado y cómo se ha adaptado.

En suma, la economía del sistema-mundo, desde 1973, ha sido sucumbida por las altas finanzas. Esto significa que la producción o el sistema fabril ha perdido relevancia y la financiarización de la economía se ha convertido en la herramienta clave para la acumulación de capital. Esta progresión sistémica se puede observar en el elevado aumento de los flujos de capital en el mundo durante estos últimos 30 años. La globalización financiera de la que hablamos, es la misma que ha podido ocasionar una verdadera red empresarial a nivel mundial, incrementando la concentración del capital en cada vez menos manos, gracias al progreso que ha ido teniendo las tecnologías de información y comunicación (mayor facilidad para llevar a cabo transacciones financieras desde cualquier lugar del mundo y a cualquier hora).

David Harvey nos afirma que “el nexo Estado-finanzas ha funcionado durante mucho tiempo como sistema nervioso central de la acumulación de capital. Cuando las señales internas de su funcionamiento se descomponen, se produce obviamente una crisis” (2010, p. 53). Estas crisis tan ineherentes al capitalismo, pueden ser ocasionadas por la insuficencia inicial de capital al proceso de acumulación; escasez de mano de obra y políticas que se las facilite; medios, formas y/o tecnologías inadecuados de producción; problemas en el proceso de trabajo; y escasez de demanda (o dinero para cubrirla) en el mercado (Ibídem., p. 47). Desde los setenta nos encontramos con contención salarial, esto supone un verdadero obstáculo para el proceso acumulativo, ya que infiere en la demanda efectiva, desfavoreciendo el poder adquisitivo y el consumo de bienes y servicios. Esta contradicción ha dado lugar a concretas recesiones que han culminado en la Gran Recesión de 2008. Otro factor importante es la inclusión de sistemas de crédito, proclives al endeudamiento, el cual solo conlleva a postergar una irremediable crisis si los índices salariales no muestran cambios favorables al consumo.

Sin extenderme mucho más, considero que queda claro la aspiración ilusiva que constituye la logística capitalista, aunque se torna real y catastrófica cuando nos concienciamos de la efectividad y adaptación que adquiere en el medio social. El incesante incremento de la “riqueza”, cada vez más concentrada, se vuelve más ambicioso, pues, ya no se reduce al ámbito productivo, sino que se enhebran unas condiciones financieras donde el dinero (ficticio) difícilmente encuentra un límite. Esta arraigada idea, acompañada de lo absurdo y destructivo de la lógica de una sociedad de consumo (pues, de lo contrario el capitalismo claudicaría), configuran un mundo humano (“demasiado humano”) expuesto a un orden religioso, donde Dios capital lo es Todo, pero la gran mayoría les servimos sin obtener nada a cambio, mientras pocos saben de su existencia (solo aquellos que obstinadamente rezan a Wall Street). La impetuosa creencia en ella nos ha dirigido a la hecatombe contemporánea: endeudamiento, deshaucios hipotecarios, desempleo (o empleos precarios), explotación laboral (intensificada en países “no avanzados”, debido a una deslocalización industrial deseosa de mano de obra barata), aproximación al colapso ecológico… La premisa y solución a esto, según el silogismo estructural, es: “socialicemos los riesgos y privaticemos los beneficios”.


BIBLIOGRAFÍA

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  • Torres López, J. (2000). Desigualdad y crisis económica. 1st ed. [Madrid]: Editorial Sistema.
  •  Wallerstein, I. and Resines, A. (1979). El moderno sistema mundial. 1st ed. Madrid: Siglo XXI de España.
  •  Wallerstein, I. (1988). El capitalismo histórico. 1st ed. Madrid: Siglo XXI de España.
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