Capital, su gobernabilidad y el Estado imprescindible

EL CAPITAL NO ENTIENDE DE PROMESAS

Cuando pretendemos comprender la economía-mundo actual, se nos hace imprescindible prestarle atención al desarrollo histórico que esta ha emprendido. Para ello, detenernos a estudiar los acuerdos de Bretton Woods se torna indispensable (en qué consistió, cómo se desenvolvió y hacia dónde nos dirigió), aunque tales pretensiones nos sugieren no decaer en reduccionismo, es decir, enmarcar nuestro estudio en el contexto sociohistórico concreto. De modo sintético, debiéramos tener en cuenta estas etapas históricas que hemos trazado, en razón del origen y disolución de los acuerdos de Bretton Woods: el declive hegemónico de Gran Bretaña, la economía de entreguerras, la hegemonía internacional estadounidense y el “contragolpe financiero”.

Siguiendo el esquema bosquejado por Giovanni Arrighi (bajo la inspiración braudeliana de Immanuel Wallerstein), prestaríamos especial atención al “largo siglo XX” o, bien sea dicho, “cuarto ciclo sistémico de acumulación”. Este periodo, de más de un siglo de duración, está caracterizado por el declive de la hegemonía británica en el sistema-mundo capitalista, surgiendo con fuerza geopolítica y económica Estados Unidos.

La economía británica comenzó a tambalearse conforme Estados Unidos fue deshaciéndose del peso de encima que le provocaba a su economía la Gran Depresión de 1873-96. Si Gran Bretaña tuvo un control decisivo en el comercio internacional y su sistema monetario, basado en el patrón oro, permitió su auge hegemónico; esto pronto cambió, ya no estando Estados Unidos al servicio del endeudamiento propiciado por el imperio británico, por contra, ante el advenimiento de la Primera Guerra Mundial, los papeles se intercambiaron: los grandes costes en armamento y, en periodo postbélico, de medios de subsistencia para la población británica, junto a la no devolución por parte de Rusia de la gran suma de crédito británico concedido durante la guerra, supuso un endeudamiento ahora promulgado por Estados Unidos –aquella potencia mundial en ciernes– (Arrighi, G.; 1999; p. 324).

Estados Unidos prosiguió con su crecimiento económico. La dependencia del resto de países, envueltos en la Primera y Segunda Guerra Mundial, con la industria armamentística y las altas finanzas estadounidense, aumentaron su dominio y legitimidad como potencia militar y económica global. Cabe añadir que el continente norteamericano presentaba ciertas ventajas geográficas, ya que las conflagraciones mundiales tuvieron lugar en territorio euroasiático, convirtiéndose en un país cuasi-aislado del conflicto. En paralelo, durante el periodo de entreguerras, Gran Bretaña trataba de restablecer el sistema monetario internacional anterior a la guerra, la libra esterlina respaldada por el patrón oro, para recobrar el poderío del que gozaba en aquel entonces. Sin embargo, esto desembocó la depresión económica de los años 30 y “la suspensión de la convertibilidad en oro de la libra británica en septiembre de 1931 condujo a la destrucción final de la red independiente de transacciones comerciales y financieras de alcance mundial sobre la que reposaban las fortunas de la City de Londres” (ibídem, p. 329).

Ahora era el turno de Estados Unidos, para situarse al mando de las relaciones internacionales y postrarse superior al resto del globo. En la etapa de posguerra (desde 1945), el capitalismo se encontraba en su apogeo, estableciéndose un crecimiento económico desde Estados Unidos hasta el resto de países occidentales. La incesante acumulación de capital, junto al pleno empleo y la constante expansión de la demanda (tanto para reconstruir las economías y sociedades occidentales devastadas por la guerra, como para cubrir las necesidades de una sociedad de consumo); facilitaron la inclusión de modelos políticos y económicos como el fordismo, keynesianismo y el Estado de Bienestar. Esta etapa es reconocida como los “Treinta Gloriosos” o la “Edad de oro del capitalismo” y finalizó con la crisis del petróleo de 1973. Estas tres décadas estuvieron caracterizadas por la vigencia de los acuerdos de Bretton Woods. Ahora sí, centremos nuestra atención en ello.

En julio de 1944, en plena guerra mundial, los representantes y líderes de 44 países iniciaron un trabajo con el fin de establecer un nuevo orden económico de posguerra para instaurar una tesitura que garantizase la estabilidad del sistema monetario y a la par poder financiar la reconstrucción de los países que habían sido destruidos en el curso de la guerra y que pondría final proteccionismo que había caracterizado al período 1914-1945. Dicho orden es fruto del sistema monetario de Bretton Woods que dio lugar al nacimiento del Fondo Monetario Internacional (FMI) y al Banco Mundial, que comenzaron a funcionar en 1946. En 1948 se firmó el GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio), que fue finalmente integrado en la Organización Mundial del Comercio. La Carta del Atlántico, que se esbozó durante el encuentro de Roosevelt y Churchill en agosto de 1941 fue la precursora de la Conferencia de Bretton Woods, ya que sostenía que todas las naciones tenían el derecho de acceso igualitario al comercio, a las materias primas y también hacía referencia a la libertad de los mares y al desarme de los agresores.

En la Conferencia de Bretton Woods, las naciones del Tercer Mundo todavía eran colonias europeas al igual que la India que estaba bajo control británico, por ello no contaron con representación independiente, la mayor parte de los representantes pertenecían a América Latina, influenciada y controlada por Washington. Los países del bloque socialista, con la URSS a la cabeza, participaron pero no dieron su visto bueno a los acuerdos, al igual que China, la cual se retiró tras el triunfo de la revolución liderada por Mao en 1949. Japón, Italia y Alemania estaban casi derrotadas y Europa Occidental, destrozada, todavía era lugar de batalla.

En la Conferencia, por un lado, el economista Keynes, en representación de los británicos, proponía una unidad monetaria no nacional, vinculada a las divisas más férreas e intercambiable en moneda local mediante un cambio fijo, como sistema mundial, a través del Bancor, que es un órgano de compensación internacional. Los países con problemas de déficit serían financiados por los países con excedentes, a través de la ICU (International Clearing Union), mediante una trasferencia de dichos excedentes, así crecería la demanda mundial y se evitaría una deflación, beneficiando de manera colectiva al resto de naciones. El balance comercial de los países acreedores y deudores debía estar en equilibrio, y de no ser así, debían pagar intereses sobre la diferencia, ésta era una de las claves de la propuesta de Keynes. A EE.UU no le interesaba esta propuesta puesto que no quería gastar su superávit comercial en los países deudores.

Por otro lado, el Secretario Adjunto del Tesoro de los Estados Unidos, White, optaba por el dólar, vinculado al oro y así podría intercambiarse por éste, como sistema de intercambio. El triunfador fue White, dando fin a la hegemonía de la libra esterlina y se fijó que la onza de oro equivalía a 35 dólares, compromiso que llevó a cabo la propia Reserva Federal. En ese contexto, el control de EE.UU, mayor potencia mundial, sobre las decisiones finales de la conferencia se acabaría imponiendo, especialmente visible en la determinación de las cuotas, que determinan el grado de poder de votación y control de los países miembros del Fondo, facilitándose así el establecimiento de la sede del Banco Mundial y FMI en territorio estadounidense. Tras Bretton Woods, el FMI asiste mediante préstamos a los países con déficits comerciales –también podían hacerlo a través de reservas internacionales–, y éstos sólo podían ser destinados a hacer frente a los déficits comerciales en un plazo de tres a cinco años, con opción de alargar el plazo tras una solicitud al Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, a la Asociación Internacional de Fomento o a la Corporación Financiera Internacional.

EE.UU se erigió como la economía más sólida del mundo, con un auge de una rápida industrialización y acumulación de capital (50% del PIB mundial), tras la Segunda Guerra Mundial al no padecer las destrucciones de la guerra, y, además, la venta de armas y el préstamo de dinero a diversos combatientes le habían enriquecido. Por lo tanto, la liberalización del comercio internacional beneficiaría a EE.UU más que a nadie debido a que tendrían un mercado mundial para sus exportaciones y un acceso importantísimo a materias primas, ya que el capitalismo estadounidense necesita mercados y aliados como necesidad imperiosa si quería sobrevivir. Por ello, podemos entender el interés del Plan Marshall que tenía como fin la reconstrucción de Europa, un mercado de gran significado para EE.UU.

Uno de los tiempos más estables de la historia económica, teniendo en cuenta como factor clave en esta estabilidad a las políticas orientadas al pleno empleo, es el período que abarca de 1945 a 1971, debido a la nula existencia de burbujas de activos ni graves crisis financieras, debido a que el sistema de Bretton Woods supuso la estabilidad económica de los años 50 y 60 del siglo XX y propició la recuperación económica de Japón, Alemania, Francia, Inglaterra e Italia.

Estados Unidos se pudo permitir, gracias al sistema de intercambio de dólares por oro, hacer frente a sus déficits a través de la simple impresión de dólares, es decir, regía y participaba al mismo tiempo, mientras que el resto de países debía producir bienes y servicios. Incluso le permitía financiar guerras como la de Vietnam, que fue financiada con el dinero de todo el mundo. Paul Samuelson le propuso a Nixon la devaluación del dólar a principios de los años 70, en un momento de crisis debido a los altos déficits que sufría el país, y Nixon, haciendo caso a Friedman, decidió el 15 de agosto de 1971 que el dólar no podía convertirse en oro, ya que Estados Unidos no podía cumplir con el acuerdo de Bretton Woods debido a la falta de reservas de oro e impuso un arancel temporal de 10% para forzar al resto de países a revalorizar su moneda. El único que recriminó a Estados Unidos su falta de compromiso y abuso fue Charles De Gaulle, presidente francés, mientras que el silencio reinaba en el resto del mundo.

El fin de los estrictos controles de capital, que permitió un incremento de los flujos de capital, instaurados para defender el tipo de cambio fijo y el establecimiento de los tipos de cambio flotantes en 1973, tras el fin del sistema de Bretton Woods en 1971, no supuso un equilibrio económico, ya que los efectos secundarios provocados por dicho quiebre dieron lugar a una extendida especulación que se tradujo en un detrimento de la economía real y un mayor peso del sector financiero (los salarios relativos de los trabajadores productivos no experimentaron cambio mientras que el de los vinculados al sector financiero aumentaron de manera continua). Desde ese momento, el dinero fiduciario pasó a ser el protagonista en el comercio internacional. El crecimiento de la acumulación de las reservas en dólares de los distintos países se convertía en necesidad si no querían ver caer sus monedas en blanco de los especuladores monetarios y caer en la devaluación con la consiguiente destrucción de la moneda. El flujo ascendente de dólares por todo el mundo estimuló la expansión del crédito mundial, que sólo se frenó en agosto de 2007. Esta expansión de dinero fiduciario impulsó la globalización de los años 80 y permitió que las grandes empresas obtuvieran mano de obra barata trasladando sus fábricas a China, dando lugar a un proceso de desindustrialización que se inició en EE.UU y posteriormente por Europa.

El desempleo masivo que sufren los países industrializados guarda un estrecho vínculo con la finalización del patrón oro. El equilibrio de la balanza comercial (exportaciones e importaciones) era una preocupación que se daba en todas las naciones, e incluso algunas intentaban exportar más de lo que importaban. Estados Unidos, a modo de excepción, no tenía dicha preocupación ya que podría hacer frente a sus déficits de exportación otorgando dólares a sus acreedores, es decir, era el único país que podía hacer frente a sus deudas imprimiendo dinero, y, de esta manera, poseía una notable ventaja sobre los demás países. Esta merma continua del oro por su canjeo, se plasmó en una crisis en 1970 junto a dos hechos inesperados, por un lado el pick del petróleo, lo que obligó a EE.UU a importar petróleo por primera vez, y por otro, los resultados de la guerra de Vietnam.

En última instancia, cuando hacemos alusión al “contragolpe financiero”, a grandes rasgos, nos referimos al rediseño de la economía que supuso la crisis de los años 70, forjando la disolución de los acuerdos de Bretton Woods un nuevo paradigma financiero, una reestructuración que postergaría la crisis y trataría de mantener el status quo y la prioritaria acumulación de capital de las clases opulentas. Se tornó necesaria una alianza política de Estados Unidos con el mundo financiero para recuperar su hegemonía mundial (hegemonía que difícilmente recobraría). “Los efectos devastadores de las políticas monetarias restrictivas, los altos tipos de interés reales y la desregulación estadounidenses pusieron inmediatamente de rodillas a los Estados del Tercer Mundo” (Arrighi G., 1999, p.389). Políticas como las del Consenso de Washington (de la mano de las políticas neoliberales de Ronald Reagan y Margaret Thatcher), con la cual retomó la hegemonía el bloque occidental, subyugando a los países del Sur a la deuda, se centró en tres grandes pilares: austeridad fiscal, privatización y liberalización de los mercados.

Constatamos que el capital es un proceso y, como tal, ningún acuerdo supone ser una finalidad sustancial, sino un medio en unas circunstancias concretas, como las que hemos tratado de dilucidar anteriormente. Si este acuerdo trae consigo las condiciones propicias para proseguir con el proceso acumulativo, sígase pues. De lo contrario, la disolución de este no entendería de decisiones democráticas, el modus operandi del poder político se diluye con el poder económico y esta es, pues, la lógica sistémica del sistema-mundo capitalista. El caso Bretton Woods nos ilustra esta capacidad tan impetuosa del capital, ya que hace todo cuanto quiere, y Quevedo no se equivoca, cuan “poderoso caballero es Don Dinero”.

LA GOBERNABILIDAD DEL CAPITAL

En la actualidad, en torno al 95% del total de la masa monetaria mundial lo constituye el dinero fiat imaginario, que incluso en un futuro, podría ser el 100%, ya hay países que lo están planteando como es en el caso de Suecia. El dinero fiat puede ser físico –billetes y monedas de curso legal y emitidas por los Bancos Centrales– e incluso imaginario (electrónico), es decir, consiste en una especie de estafa, pero legalizada, carente de valor real –cobre, plata u oro– o que promete valor –fiduciario–. ¿Quién otorga legitimidad a este sistema financiero? ¿Cómo se puede permitir el endeudamiento y sometimiento de los Estados a través de un dinero ficticio que genera una serie de intereses? ¿La ignorancia de su funcionamiento? Al especular con una riqueza inexistente se genera inflación, aumento del precio de las mercancías y salarios, dando lugar a una expansión artificial de la economía, ya que la riqueza real de bienes materiales no es equivalente a la masa monetaria. Por ejemplo en el caso europeo, el 27 de enero del año 2007, había 530 billones de euros físicos, mientras que 2903 billones de euros eran dinero imaginario, es decir, el 84,56% del dinero que se usaba en Europa era imaginario, en el caso del dólar será mayor puesto que es la moneda hegemónica. El truco está en que los bancos pueden convertir los pasivos en activos, recibiendo así un porcentaje de intereses cuando conceden créditos de los cuales no disponían, y no sólo eso, sino que gracias al sistema de reserva fraccionaria los bancos pueden conceder créditos por valor de sus depósitos multiplicado por veinte, incrementando así el dinero imaginario, de la nada. Los bancos están obligados a retener sólo un 10% o menos del dinero de sus clientes.

Además, la emisión de la moneda es privada. Un ejemplo clarividente es el caso de la Reserva Federal que fue privatizada en 1913 cuya votación fue realizada en las vacaciones de Navidad cuando habían menos diputados presentes, estos títeres políticos representaban los intereses de familias de banqueros como los Rockefeller, Khun Loeb, Belmont, Warburg y Morgan –la llamada élite globalista–, cuyos diferentes representantes se habían reunido en la isla de Jekyll junto al Coronel House para hablar del tema al respecto en el año 1910 y, aunque en teoría el gobierno ejerza cierto control sobre su actividad, está en manos privadas. El presidente Wilson declaró al respecto: “arruiné inconscientemente a mi país” (Esteban Cabal, 2012, p. 279). ¿Es casualidad que los dos presidentes, Lincoln y Kennedy, que han intentado emitir billetes avalados por el Tesoro de los EE.UU, hayan sido asesinados?

Otro caso de entidad privada, opaca y sin responsabilidad ante nadie es el Banco Internacional de Pagos (BIS) creado en 1930, formado por 53 bancos centrales a los cuales presta dinero y colabora con el FMI. Lo controlan los Bancos Centrales de Japón, Estados Unidos, Alemania, Francia, Inglaterra e Italia. El historiador Carroll Quigley señala al respecto:

“Los poderes del capital financiero tenían otro objetivo de largo alcance, nada menos que crear un sistema mundial de control económico en manos privadas capaz de dominar el sistema político de cada país y la economía mundial en conjunto. Este sistema sería controlado de un modo feudal por parte de los Bancos centrales del mundo, que actuarían poniéndose de acuerdo en secreto en frecuentes reuniones y conferencias privadas. En la cúspide de este sistema estaría el Banco Internacional de Pagos en Basilea, Suiza, un Banco privado propiedad de los Bancos centrales del mundo, y controlado por ellos, que eran ellos mismo corporaciones privadas”. (Citado en ibídem, p. 282).

Como dijo Mayer Amschel Rothschild: “permitidme fabricar y controlar el dinero de una nación y ya no me importará quién la gobierne, quién haga sus leyes” (citado en ibídem, p. 279).

LA IMPRESCINDIBILIDAD DEL ESTADO

Suficientes son las ocasiones en las cuales se ha oído hablar de libre comercio cuando se menciona a países industrializados como Reino Unido o Estados Unidos, concluyendo una realidad equivocada y bastante extendida. Libre comercio, debido a que estos países han renegado del intervencionismo estatal y de las políticas proteccionistas. ¿Esto es cierto? Pareciera que las teorías propias del liberalismo clásico hayan sido representadas sustancialmente en el desarrollo sociohistórico, enarbolando esta relación tan poco clara entre libre comercio y capitalismo. Sin prolongar mucho más el enigma, advertimos lo engañoso que resulta este tópico y que el Estado ha cumplido un papel decisivo en el dinamismo del capitalismo histórico, tanto para propiciar las condiciones iniciales de la industrialización y el proceso acumulativo, como para regular sus irremediables contradicciones sistémicas una vez establecida la estructura política-económica.

El economista Ha-Joon Chang enuncia en su libro Patada a la escalera (2002) las eventualidades proteccionistas e intervencionistas que han caracterizado a Gran Bretaña y Estados Unidos en su desarrollo económico, incluso más vigentes que en la Francia estigmatizada como exacerbada intervencionista. Gran Bretaña tuvo sobre todo a finales del s. XIX una economía exenta de aranceles, sin embargo, esto no fue así en su desarrollo industrial: el Estado influyó considerablemente en el crecimiento económico, ya que aplicó diversas medidas proteccionistas y mercantilistas que favorecieron el desarrollo del mercado nacional. Medidas como las Leyes de Navegación, entre otras, también facilitaron el desarrollo de la flota nacional e impulsó positivamente a la industria británica (construcción de barcos, fabricación de inputs…) (Escudero, A.; 2009). En ambos casos, el británico y estadounidense, los periodos caracterizados con una mayor reducción en las tasas arancelarias coinciden con aquellas circunstancias donde el sistema económico ya se encontraba asentado en la industrialización moderna (además poseían una posición hegemónica a nivel internacional) y había alcanzado un considerable crecimiento económico –la belle epoque británica y los “Treinta Gloriosos” estadounidenses–, es decir, las condiciones ya habían sido trazadas con la correspondiente intromisión del Estado en el comercio.

En general, todos los países presenciaron en mayor o menor medida políticas intervencionistas. Además de la aplicación de subsidios o aranceles; la financiación de I+D, del sector privado y la legislación de patentes son algunos de los ejemplos. La alianza del Estado con el sector privado puede parecer que suponga una contradicción, sin embargo, no lo es tanto si nos detenemos a comprender los principios fundamentales del sistema capitalista y su desarrollo histórico. Uno de estos principios es el referido al “contramercado”. El capitalismo se asienta en una economía de mercado, aunque esto conlleva a ciertas contradicciones, las cuales deberá corregir el Estado en aras de la acumulación de plusvalor de la clase capitalista: no existe la libre competencia. Braudel se ha detenido a estudiar este aspecto del capitalismo a fondo, señalando que las grandes empresas terminan siendo financiadas o rescatadas, teniendo unas ventajas ulteriores a las del resto de empresas. El Estado ha garantizado unas condiciones organizativas y territoriales óptimas para maximizar el beneficio empresarial y la relación Estado-capital ha sido fundamental para la retroalimentación sistémica. Sin ir más lejos, sin unas condiciones como las actuales (donde no hay separación entre la banca comercial y la banca de inversión; la supremacía reside en las altas finanzas, demasiado grandes como para permitir su bancarrota por la crisis; la maximización de beneficios de grandes empresas, con la posibilidad de eludir impuestos y obtener subvenciones públicas…), ¿cómo iba a ser posible que unas 737 transnacionales controlen el 80% de la economía de más de 43 000 empresas en el mundo? Sin duda alguna, estamos ante un sistema feudal y opaco, donde la economía está supeditada a la política, y ni una ni otra trascienden más allá de ser instrumentos indispensables para la conservación de la cúspide del poder.

Amando Tarí Sirvent y Antonio Cantó Gómez.


BIBLIOGRAFÍA

  • Arrighi, G. and Prieto del Campo, C. (1999). El largo siglo XX. 1st ed. Tres Cantos, Madrid: Akal Ediciones.
  • Cabal, E. (2012). Gobierno Mundial. 2nd ed. Madrid.
  • Escudero, A. La Revolución Industrial. Anaya, 2009.
  • Ha-Joon Chang. Patada a la escalera: La estrategia de desarrollo en perspectiva histórica. Anthem Press, 2002.
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