El desarrollo mesiánico: más allá de la retórica del crecimiento económico

EL CAMBIO INMUTABLE
En la vida cotidiana, con facilidad se escucha o comenta que nada cambia, incluso, en la misma frase se llega añadir lo contrario: todo cambia. Estos comentarios que resultan antagónicos e incongruentes, para nada lo son, si acaso la incongruencia de la vida en sociedad. De una forma similar se nos muestra una perduración sustancial de la estructura social que, hasta nuestro entonces, ha concluido en cambios de forma (aunque poco conclusas). Estamos hablando, pues, del sistema económico mundial, basado primordialmente en un proceso de acumulación de capital, y político, articulado en formas de gobierno autoritarios y verticales, que solo han cambiado su apariencia, retórica o método, pero no su razón de existir o esencia.

En la dinámica que ha llevado a cabo el mundo occidental entre el s. XX y XXI podemos apreciar este todo y nada cambia, siempre desde una relación social gobernantes-gobernados –inherentemente desigual–, bien sea perpetrada por una legitimidad conquistada por el capital o por la de su entramado jurídico-político. Para que estas relaciones se aseguren, los medios de comunicación y el resto de actores socializadores (escuela, familia…) asientan las bases de la estructura, generan verdades incuestionables y naturalizadas. Sin embargo, estas verdades sacrosantas no son eternas ni infinitas en el tiempo, ni siquiera la capacidad material con la que se excede el capital, y es por ello que cada vez más, aunque con dificultad, emergen las grandes mentiras de la retórica de las clases opulentas. Las doctrinas neoliberales que se plantearon durante los años 70 son un ejemplo claro de esta retórica que se antepuso para salvaguardar los intereses de los “arquitectos” del mundo, en detrimento del resto de la sociedad.

Después de la Segunda Guerra Mundial (1945) hasta los años 70, un hegemónico Estados Unidos –ya durante las confrontaciones bélicas se mostraba fuerte en la industria militar y ventajoso geoestratégicamente (aislado del conflicto en zona eurojaponesa)– y una Europa en recuperación (con ayudas como las del Plan Marshall) supusieron un crecimiento económico considerable en los países del bloque Occidental. Este crecimiento llevaba consigo unos mayores salarios y todo un sistema político-social en aras de un pacto entre el capital y el ámbito social y ciudadano. El fordismo, el keynesianismo y las políticas de bienestar se hicieron comunes en tales circunstancias, donde la acumulación de capital se hacía posible y se legitimaba bajo tales condiciones de poder adquisitivo y de consumo de los trabajadores asalariados (predominaba una especie de mantra resonante en los trabajadores: “trabajar 8 horas en la fábrica no es ya un suplicio cuando puedo comprarme un coche, un televisor y puedo sostener a mi familia” o “no importa para quién o cuánto tiempo trabaje, lo que importa es qué hacer el tiempo restante”). El aumento de la producción junto con las condiciones sociopolíticas que se llevaron a cabo para motivar a una sociedad al consumismo, además del beneficio que proporcionaba restaurar los países devastados por la guerra y el déficit en la balanza de pagos con respecto a los países del Sur, posibilitaron un modelo de acumulación brillante y eficaz para retroalimentar el poder económico de las élites.

La posición de Estados Unidos sobre el sistema-mundo de mediados del s. XX era notable, a pesar del obstáculo que suponía el bloque soviético para una mayor expansión (por ello concurrió la Guerra Fría hasta la disolución de la URSS en los años 90). Aun sin finalizar la guerra mundial, EE.UU. ya había trazado los entresijos del nuevo modelo económico internacional en los acuerdos de Bretton Woods, donde se creó el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Sin embargo, tales acuerdos fueron abandonados por el propio gobierno estadounidense durante la presidencia de Nixon que, tras el advenimiento de problemas deficitarios promulgados en gran parte por el fracaso en la guerra de Vietnam y la crisis del petróleo de los años 70, decidió dejar de canjear dólares por oro, dando lugar a una economía mundial basada en dinero fiduciario. Esta situación ha dado lugar tanto a una nueva retórica político-económica bajo el nombre de “neoliberalismo” como a una considerable transformación de la estructura económica apta para restaurar el proceso de acumulación capitalista, esta vez bajo la especulación financiera no-productiva.

NEOLIBERALISMO Y SOCIEDAD
La reacción a la crisis del 73-79 fue la continuación de fórmulas keynesianas para afrontar lo que se intuía como una efímera recesión. Sin embargo, la intervención del Estado tratando de incentivar empleo mediante gasto público, expandiendo el crédito al consumo e incluso aumentando las exportaciones de productos y de crédito, no pudo hacer frente a una inflación de costes que no tenía origen en la demanda, sino en el propio aumento del precio del petróleo y la cada vez mayor imposibilidad para comprar. Esto desembocó en una estanflación, es decir, una recesión económica acompañada de un alza de precios y un aumento del desempleo, a la par que acontecía un aumento en la deuda pública a pesar de que los impuestos se manifestaran altos. No obstante, las claves keynesianas quedaban obsoletas en una situación de tal envergadura, donde cada vez más saltaba a la vista que a lo largo de la historia moderna las cuestiones económicas han seguido ligadas a relaciones de poder desiguales, sobre todo comienza a observarse en la nueva retórica y modelo que impulsarían las políticas occidentales en los años 80: el neoliberalismo.

Como de costumbre, los medios de comunicación tratan de extender una idea llamativa que resuene en la opinión pública consecuentemente, si esta contiene una ilegitimidad inmanente de la sociedad a simple vista, la buena retórica y las técnicas eufemísticas y oportunistas se encargarán del resto. Así emergieron las políticas neoliberales en los años 80 –desde Ronald Reagan y Margaret Thatcher, expandiéndose internacionalmente durante años posteriores, como en América Latina, España, el Este Asiático…– y siguen a día de hoy aplicándose ajustes estructurales de tal índole. La retórica neoliberal prometía el regreso al paradisíaco crecimiento y progreso económico, apartando a la intervención del Estado del trayecto, ya que solo había entorpecido el camino. La revolución del mercado era la verdadera alternativa, la que aseguraba la vuelta a “los 30 gloriosos”. Se aludía con facilidad que habían razones suficientes para retomar la esencia de los clásicos a la economía contemporánea, enarbolando el laissez faire y un pasado fantasma smithiano. Las políticas neoliberales se fundamentaban sobre todo en la austeridad fiscal, la privatización de gran parte del sector público y la liberalización del mercado.

Este surgir del neoliberalismo económico y de políticas neoconservadoras, como alternativa a las circunstancias de crisis y al fracaso del keyenesianismo, fueron descomponiendo el compromiso que se había pactado entre el capital y el trabajador/ciudadano, de tal modo que la fuerza de movimientos obreros que tuvieron bastante auge desde la revolución del 68 fueron mitigándose con la erosión del sindicalismo. Si el peso que suponía las crisis del 73-79 ya afectaba a los beneficios de la clase capitalista, el movimiento obrero que se había constituido desde el periodo de la posguerra en adelante suponía una carga aun más enorme. Esto solo podía conducirnos por dos caminos: la protección del trabajador y, en general, de lo que viene siendo la mayoría social o la supervivencia del beneficio eternizado de quienes detentan el poder económico. La respuesta se obvia en el aumento del desempleo y en la polarización socioeconómica cada vez más remarcada, seguido de una contención salarial que estanca el consumo; mientras que las políticas neoliberales garantizan oportunidades al capital para expandirse.

La reducción de gastos en el ámbito público (sanidad, educación, infraestructuras…) y la privatización de este son la panacea de las políticas neoliberales, pues, al parecer el gasto público consistía en un esfuerzo económico improductivo, no aportaba ningún beneficio, más bien insostenibilidad. A la par se prometía un crecimiento económico y una mejora en las clases afectadas por las nuevas medidas (medias y bajas), ya que estas solo eran una transición necesaria para un próspero futuro. De este modo, bajo el lema del libre mercado y el apogeo del mundo financiero (además del papel de las nuevas tecnologías informacionales como condición propicia para la globalización financiera), la producción comenzó a deslocalizarse, aprovechando la industria en su desplazamiento geográfico nuevas oportunidades sociopolíticas y territoriales para la maximización del beneficio.

La realidad de las recetas neoliberales ha sido la del detrimento de la sociedad y la postergación de lo que se hace llamar “crisis económica”, pues, esta solo toma renombre cuando afecta seriamente al proceso acumulativo del capital, mientras que se ignora la profunda desigualdad y polarización social que a lo largo de la historia ha significado una verdadera crisis contra la humanidad. Los derroteros de estas políticas son los mismos que ocasionaron fuertes costes sociales en América Latina y el Este Asiático, los cuales siguieron los proyectos de ajuste estructural que sugerían el FMI y que conllevaron altas tasas de desempleo, el incremento de la precariedad, la disminución salarial, erosión sindical, recortes en gasto público, etc. A nivel mundial podemos visualizar la efectividad de estas políticas, eso sí, siempre y cuando hablemos de una efectividad para enriquecer a los más ricos y empobrecer a los más pobres. Manuel Castells (2015) añadía en un artículo donde desvelaba datos que reflejan la cada vez más desigual y polarizada sociedad mundial:

Mucho se habla del crecimiento de China, India y América Latina en estos últimos tiempos como corrector del reparto de la riqueza, con la aparición de una nueva clase media. El informe define la clase media, en términos muy amplios, como aquellos que poseen entre 50.000 dólares y 500.000 dólares. Pues bien, esa clase media incluye tan sólo a 664 millones de adultos, o sea el 14% del total de la población mundial, mientras que los que tienen riqueza por encima de ese límite son 96 millones de adultos, un 2% de la población.

Más allá de la desigualdad, otra de las contraposiciones claras entre doctrina y realidad que ha llevado a cabo el neoliberalismo ha sido la de su negación de la intervención del Estado, ya que estas políticas han continuado progresando bajo una connotada participación estatal y control de capitales. Participación estatal que prosiguió con su dinámica en pos de proteger las grandes empresas y bancos de no caer en quiebro, dejando a un lado toda actuación directa a contribuir para con los bienes y servicios sociales. Una clarividente ejemplificación sería la llevada a cabo tras el gran terremoto, la crisis en 2008, rescatando a aquellos bancos considerados demasiado grandes como para hundirse. Los mismos bancos que provocaron la burbuja inmobiliaria en 2008.

En paralelo, el neoliberalismo, las políticas y ajustes estructurales necesarios para eludir perjuicios en la acumulación capitalista, hicieron de la economía un mundo bien distinto, donde la especulación suponía mayores beneficios que la propia producción, donde la financiarización suponía una oportunidad esencial para la reinversión del capital. Esto ha significado la supremacía de una economía especulativa.

EL TRIUNFO DE LAS ALTAS FINANZAS
Desde el abandono de los acuerdos de Bretton Woods, Occidente se ha dirigido hacia una economía financiera, desligada de la producción y bajo un sistema monetario fiduciario –sin respaldo real–. Tras el fuerte endeudamiento de EE.UU. por la crisis del petróleo, la alianza entre Estado y altas finanzas se hizo notable, la cual consiguió restablecer el poder estadounidense aferrando al Sur a la deuda. El contexto económico internacional tras la crisis se veía con obstáculos que impedían la generación de plusvalor: una sobreproducción (subconsumo) ocasionada por el nuevo orden económico internacional (inclusión de nuevos mercados europeos, mayor producción y competencia) y el detrimento de los salarios y empleo necesarios para el consumo. Sin embargo, el aumento de la liquidez del capital debido a la ruptura con Bretton Woods en 1971, que condujo a un incremento en los flujos de capital a escala internacional, fue la oportunidad y verdadera fuente de beneficios de la que ahora precisaba el capital, evitando los impedimentos sociales que le colapsaban.

De resultas, la economía productiva comenzó a perder relevancia, anteponiéndose el mundo financiero. El capitalismo histórico, pues, ha sabido desprenderse de los obstáculos en sus transformaciones en la estructura, por ello la acumulación ha continuado en el tiempo:

En 1820 –calcula [Angus Maddison]– la producción total de bienes y servicios en la economía capitalista mundial ascendía a 694 millardos de dólares (en dólares constantes de 1990). En 1913 esa cantidad había aumentado hasta 2,7 billones de dólares; hacia 1950 era de 5,3 billones de dólares; en 1973 alcanzó los 16 billones de dólares, y en 2003 casi 41 billones. El Informe sobre el Desarrollo más reciente del Banco Mundial, el de 2009, sitúa la cifra (en dólares constantes) en 56,2 billones de dólares […]. (Harvey, D.; 2010; p. 29).

Con el triunfo de las finanzas y su dominio sobre las empresas productivas, las políticas neoliberales de los años 80 en adelante procuraron mantener estas circunstancias, inclusive otorgar unas condiciones más ventajosas para las altas finanzas. De este modo se les dio una mayor independencia de los Bancos Centrales, una libre movilidad de capitales, se proporcionaron unas políticas monetarias más proclives a ofrecer una mayor rentabilidad en las inversiones, las reformas laborales maximizaron el beneficio… Cabe señalar, además, la derogación de la Ley Glass-Steagall en 1999, la cual establecía una separación entre el banco de inversión y de depósito.

No obstante, a las entidades financieras se les ha brindado con un amplio abanico de posibilidades, mientras que al resto de la sociedad también se le ha ofrecido unas oportunidades: la de endeudarse. El endeudamiento se torna indispensable en una contexto económico donde no se genera empleo (más bien se destruye) ni salarios solventes, necesarios para el consumo. Ante esto, no es extraño que acrecentaran la entrega de créditos o préstamos, así como la utilización extendida como medio de tarjetas de crédito o, sin ir más lejos, la necesidad imperiosa que han tenido las grandes superficies de vender a plazos sus productos (electrodomésticos, aparatos de telecomunicación, automóviles, etc.). En particular, los préstamos hipotecarios subprime que conllevaron a la gran crisis mundial de 2008 reflejan debidamente el descontrol financiero escendido de lo productivo y la lógica del endeudamiento en dicha economía.

Por otro lado, la financiarización implica la desaparición de un empresario idealizado (muy presente en décadas anteriores), el cual se encargaba de la propia gestión de su empresa y se involucraba dentro de ella. La tendencia ha sido cuasi-aristocrática, donde el trabajo y la implicación en lo ordinario pierde significatividad. El predominio del capital financiero ha subyugado a la industria productiva, ahora siendo controlada por accionistas, conllevando a una mayor centralización de capital. Al mismo tiempo, la deslocalización de la producción se ha hecho posible y ventajosa para la acumulación, constituyéndose así una red empresarial a nivel global. El espacio y el tiempo dejó de ser un obstáculo para el capital, así como también las condiciones políticas que se trazaron en aras de la libre y ventajosa movilidad de este se hicieron notar, configurando un orden económico global controlado por un menor número de personas (sobre todo entidades financieras). Además, el control financiero se ha hecho posible por una globalización necesaria para la subsistencia del capitalismo y “por la fuerza”, la creación de un mercado global, por el cual muchos países fueron arrastrados por estos senderos del “desarrollo. América Latina es un ejemplo clave, donde se erosionó convenientemente a los movimientos nacionalistas, proclives a un beneficio común nacional; arrastrándoles desde los años 80 hacia un mercado globalizado, a la par que se arrasaba con la integridad y salud social de los pueblos.

EL DESARROLLO MESIÁNICO
La prosperidad, el desarrollo, la modernidad, la racionalidad o, en suma, el crecimiento económico, son los términos que usualmente se hacen escuchar cuando se habla de los países que llevan la voz cantante en el sistema-mundo actual. Aunque esto no se detiene en este aspecto, es más, la naturaleza que cobra la concepción de desarrollo y su ensalzamiento, es adoptada y sugerida a la totalidad del mundo como ejemplo y razón de existir. Entonces, ¿qué entendemos por desarrollo? ¿En qué se distingue un país desarrollado de uno subdesarrollado? Y aun más: ¿Qué nos sugiere, de resultas, la realidad social ante este fenómeno del desarrollo?

Como aproximación al concepto, entenderíamos por desarrollo de un país la inclusión de técnicas avanzadas propias de la industrialización y modernidad, junto a un modelo proclive al crecimiento económico, la asunción de políticas institucionales como la democracia moderna y la igualdad de condiciones. En primera instancia, se nos retrata esta imagen del desarrollo, el cual es llevado a cabo por países de la Europa Occidental, Estados Unidos o parte del Este Asiático (Corea del Sur, por ejemplo), entre otros. Sin embargo, la otra cara nos sugiere la pobreza y el subdesarrollo: África subsahariana, gran parte de América Latina, Corea del Norte… Otros son países desarrollados, pero se les acuña este atributo debido a una economía próspera basada principalmente en el petróleo, como parte de Oriente Próximo, escindiéndose de cualquier otro atributo planteado anteriormente (aunque la ONU enaltezca a Arabia Saudí por respetar los derechos humanos, es decir, a un país ciertamente absolutista y cuasi-inquisitorio).

Este panorama mundial confecciona una realidad social: existe una notable desigualdad social, entre los que vienen siendo países pobres y ricos, además acrecentada. Al parecer, los autores Acemoglou y Robinson (2012) tienen la clave de por qué fracasan los países, es más, con sutilidad saben la verdadera solución. Por consiguiente, sinteticemos y analicemos su discurso.

En uno de los capítulos de su libro Por qué fracasan los países (2012), “La creación de la prosperidad y la pobreza”, se comienza con un ejemplo que compara a las dos Coreas (del Sur y del Norte). Sin entrar en polémicas respecto a la verdadera historia y situación de ambas Coreas, daré por cierto sus afirmaciones y datos para desglosar los problemas que suscitan el concepto de desarrollo (en este caso: “prosperidad”) en este usual discurso. Por un lado se alude a que Corea del Norte ha seguido las riendas del subdesarrollo y la pobreza, ya que supuestamente la propiedad privada no existe, las masas coaccionan la libertad, existe un Estado que no otorga prosperidad y absorbe la mayoría de las ganancias nacionales: en suma, conforman –dicen los autores– instituciones extractivas, es decir, “tienen como objetivo extraer rentas y riqueza de un subconjunto de la sociedad para beneficiar a un subconjunto distinto” (Acemoglou, A. y Robinson, J. A.; 2012; p. 98).

Por contra, tenemos las instituciones inclusivas, es decir, aquellas que respetan y configuran unas condiciones políticas propicias para la seguridad de la propiedad privada, existe un sistema jurídico imparcial, la sociedad se sirve de un Estado democrático y que proporciona prosperidad y emprendimiento, etc. En resumen, las instituciones inclusivas serían aquellos países desarrollados (Corea del Sur y EE.UU., se nos dice) que han seguido el rumbo de la riqueza y prosperidad nacional. Se nos contaba al principio del capítulo que:

Kim Il Sung, Kim Jong Il y sus secuaces no tenían ninguna intención de reformar el sistema ni de introducir la propiedad privada, los mercados, los contratos privados, ni de cambiar las instituciones políticas y económicas. Corea del Norte continúa estancada económicamente. / Mientras tanto, en el sur, las instituciones económicas fomentaban la inversión y el comercio. […] Corea del Sur se convirtió rápidamente en una de las “economías milagrosas” del este asiático, uno de los países con un crecimiento más rápido del mundo. (Ibídem, p. 94-95).

Las instituciones inclusivas como las de Corea del Sur o las de Estados Unidos, posibilitan y fomentan la participación de la gran mayoría de las personas en actividades económicas que aprovechan mejor su talento y sus habilidades y permiten que cada individuo pueda elegir lo que desea. (Ibídem, p. 96).

Lo que aquí no se ha tenido en cuenta es la profundidad del asunto. No se ha tenido en cuenta que las instituciones extractivas e instituciones inclusivas son sistemas políticos que parten y son producto de los fundamentos del capitalismo. Por un lado, los países desarrollados se han originado bajo consecutivas causas sociales que tienen sus orígenes ya a finales del s. XV. No obstante, hasta nuestros días han acontecido infinidad de conflictos sociales, ya que el sistema económico se ha basado en una inmanente polarización y desigualdad social, solo que se han alcanzado a día de hoy en los países bautizados como desarrollados condiciones más prósperas: bien sea por los avances tecnológicos, sanitarios, movimientos sociales que han presionado a los gobiernos en pos de cambios significativos, los ciclos de expansión económica (según los ciclos Kondrátiev), etc. Otro factor a tener en cuenta para comprender la prosperidad de los países desarrollados, ha sido el del sometimiento y oportunismo económico que han llevado a cabo de distintas formas a lo largo de la historia (colonialismo, endeudamiento, deslocalización industrial…) en detrimento de los países del Sur (a aquellos que, acto seguido, se les cataloga de subdesarrollados).

El desarrollo, pues, se nos manifiesta en un sentido ideológico, tratando de anteponerse por encima de sus diferentes. Esta idea tan difundida en la opinión pública, trata de imponer la base prioritaria del capitalismo: la acumulación de capital, junto a sus derivados políticos y sociales (consumismo, democracia moderna, el emprendimiento…). Cierto es, como añaden Acemoglu y Robinson, que el desarrollo de un país depende de su funcionamiento económico y, consecuentemente, la incentivación que se lleve a cabo en la motivación de las personas en tal contexto. Sin embargo, los problemas que encierran su discurso, el cual vanagloria la cultura del desarrollismo, son varios: ¿De qué desarrollo se está hablando? ¿Qué es el subdesarrollo si no es una consecuencia de unas relaciones de poder desigual entre países centrales y periféricos? ¿Con qué finalidad se sostiene la idea de hacer eclosionar el desarrollo en todo el globo terráqueo?

El desarrollo de los países al que se está guardando pleitesía, es aquel que tiene incrustado la lógica del crecimiento económico. Un crecimiento económico que no se detiene a cuidar las circunstancias sociales y medioambientales de un país, que solo se empeña en mejorar sus instrumentos financieros y entresijos industriales para continuar con la dinámica del capital. Además, se adorna mediante la apariencia de bonanza que sugiere una sociedad de consumo, donde la publicidad y la industria basa su radio de acción en crear nuevas necesidades, ignorando la limitación de recursos planetarios. A su vez, esta sociedad de consumo que tanto vende en imagen al resto de países, deforma la cultura –así como se pretende deformar la cultura de los países periféricos–, bajo la lógica del capital la cultura pierde su inmediatez y espontaneidad humana, ahora cosificada y divinizada. En palabras de Adorno: “la cultura burguesa no consigue manifestarse fiel al hombre más que sustrayéndose a esa permanente reproducción de siempre-lo-mismo, del servicio mercantil al cliente al servicio real del dominante” (p. 212). En síntesis, el desarrollismo supone la perdida de identidad cultural perpetrada por la globalización, además de la imitación de un modelo económico que, puesto en práctica, ha conllevado más costes sociales que beneficios.

Por otro lado, las dos últimas preguntas planteadas nos invitan a reflexionar sobre el colonialismo, la descolonización y la globalización.

La colonización que se llevó a cabo en el s. XIX junto a la justificación por parte de la Sociedad de Naciones de estas acciones con supuestos fines de “desarrollo”, como bien señala Gilbert Rist (2002), comienza a bosquejar un ideal de dominación bajo la creencia y convencimiento en la dicotomía entre país desarrollado y subdesarrollado –una concepción que predominaría sobre todo tras la Segunda Guerra Mundial–. La opinión pública no fue distinta, llegándose a justificar la colonización como una obligación cuasi-religiosa para guiar a los países no desarrollados por el buen sendero, es decir, se trataba de una especie de creencia en un desarrollismo mesiánico. Este pensamiento se ha manifestado como si se tratara de un progreso universal y necesario (que nos recuerda al evolucionismo y progreso en Comte y Marx), evaluando qué población está en un estadio inferior y superior, encauzando a los pueblos hacia la etapa final: el modelo económico, político y social que se muestra dominante. Más allá de esta retórica se encontraban inmersos, claro está, intereses económicos y políticos de las potencias europeas (Francia, Gran Bretaña, Bélgica y Alemania).

Después de terminar la Segunda Guerra Mundial, el desarrollismo aumentó su presencia en los temas concernientes a la nueva orientación política que debía asumir el orden global. La descolonización comenzó su apogeo en el s. XX que, tras el debilitamiento de la Europa de posguerra, el movimiento anticolonialista se extendió, reafirmando y exigiendo su independencia. Además, con la derrota estadounidense en la Guerra de Vietnam, prosiguió la liberación nacional de los restos que quedaron del colonialismo europeo. Empero, la independencia poco significaba, ya que seguidamente acontecieron las crisis del petróleo y la crisis de la deuda que pronto afectó considerablemente a los países del Sur. De este modo, las soluciones de este desarrollo fracasado fueron las de continuar arraigados a los consejos de las grandes potencias, la aplicación de ajustes estructurales en los años 80 con importantes costes sociales.

Por último, la globalización continuó con su retórica desarrollista, por la cual la incorporación al mercado global que se iba definiendo durante los años 80 en adelante, conexa con el auge de las políticas neoliberales, invitaba a los países que eran arrastrados a un subdesarrollo definido y propiciado al paradisíaco mundo occidental, de consumo, etnocéntrico y polarizador. Parece que la respuesta es obvia, aunque quizás, siendo honestos, no haya habido una finalidad concreta en la definición e instauración de un mundo polarizado y basado en una dicotomía desarrollado-subdesarrollado. En todo caso, las finalidades han sido varias, empero, lo que está claro es que la acumulación de capital ha sido una de las bases que han capitaneado al humano deseoso de poder y que su retórica (neoliberal, colonialista, desarrollista, etc.) solo ha sido un mero reflejo circunstancial de una finalidad inmutable en este nuestro periodo histórico.

BIBLIOGRAFÍA:

  • Acemoglu, D. and Robinson, J. (2012). Por qué fracasan los países. 1st ed. [Barcelona]: Deusto.
  • Adorno, T. (1969). Critica cultural y sociedad. 1st ed. Barcelona: Ediciones Ariel.
  • Chomsky, N. (2001). El beneficio es lo que cuenta. 1st ed. Barcelona: Crítica.
  • Gilbert, R. (2002). El desarrollo: historia de una creencia occidental. 1 st ed. Madrid: Catarata.
  • Harvey, D. (2012). El enigma del capital y las crisis del capitalismo. 1st ed. Madrid: Akal.
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