Psicología Social: 1. La Identidad Social

Si hace no mucho os compartí una recopilación de no muy extensos capítulos sobre la estructura social, esta vez aprovecho para compartiros un trabajo que realicé sobre psicología social. El trabajo consistirá en tres artículos diferentes y, a la vez, interconectados: el primero sobre la Teoría de la Identidad Social, el papel de la socialización identitaria en el ámbito educativo y mi interpretación sobre la película Persona (de Ingmar Bergman). Los siguientes artículos, posteriores a este, desarrollarán el autoconcepto y la necesidad de pertenencia (a la par, adjuntaré en el último la bibliografía y los recursos audiovisuales utilizados).


TEORÍA DE LA IDENTIDAD SOCIAL
La Teoría de la Identidad Social (TIS) manifiesta una investigación amplia de las relaciones interpersonales y grupales, reúne diversidad de conceptos y variables relativas a las nociones personales en la relación con el mundo social de los individuos, una intersección analítica de la persona para con la sociedad. Estas investigaciones psicosociales, sin duda transversales, han estado presentes en el estudio de la discriminación intergrupal, por ejemplo, con uno de sus precursores: Henry Tajfel, quien fundamentó el papel crucial de la categorización social en la Identidad grupal y diferenciación de grupos. Prosiguieron otros tantos autores con la consolidación de esta teoría: Hogg y Abrahms, Flament, Brewer, Turner y Brown… De resultas, cabe destacar la inclusión de la Teoría de la Auto-Categorización del Yo (TAC) en el entramado teorético de la Identidad Social, la cual enriqueció con explicaciones cognitivas la confección de grupos en la sociedad.

Una premisa bastante ilustrativa de la TIS podría ser: el individuo es fruto de la sociedad y viceversa. Un matiz consecuente de esta sintética idea viene siendo la complejidad de la sociedad, dividida en grupos y subgrupos, cuyos miembros comparten unos atributos característicos y diferencias respecto a otros. En segundo lugar, las nociones individuales, es decir, la autoconcepción del Yo y sus derivaciones racional-emocionales, cumplen una función relevante en los procesos sociales de identidad. Antes de entrar en materia a fondo, quizás resulten pedagógicas estas consideraciones sobre la identidad:

La identidad es la iconografía del sujeto: aquel conjunto ordenado —que incluye contradicciones— de relatos con que el sujeto comprende y puede explicar quién es. La identificación es la acción de narrar al sujeto. El proceso de identificación supone encontrar la voz singular que habla de uno. Pero apostaríamos por la identidad como recurso expresivo y no como metodología de construcción del yo. El problema es cuando la identificación pasa a ser la operación central de la construcción del yo. La identidad aparece entonces como un sobrediscurso de lo que uno es, no como el resultado de la acción de uno en el mundo —incluida la acción de conciencia como acción o trabajo sobre el mundo—. Es entonces cuando la identidad aparece como una permanente sobrecomunicación de lo que uno es. (Vidal Fernández, F.; p. 17).

Sin embargo, como hemos añadido concienzudamente antes, no se ha de reducir la identidad al individuo, obviando su entorno social, pues, caeríamos en el error garrafal de elevar a la persona por encima de la sociedad con la cual entabla una conexión inevitable y necesaria. Por ello, el individuo es en tanto en cuanto lo es para con los demás: “la identidad, por tanto, para poder dar razón del sujeto, tendría que abrirse y donarse a recibir de otros lo que ese sujeto es” (ídem.). No obstante, advertimos la existencia de dos dimensiones en la TIS que son recíprocas: la identidad personal y la identidad social.

En primera instancia, los procesos psicológicos cognitivos y afectivos que caracterizan a la identidad personal son: el autoconcepto, el autoestima y la autopresentación. Cada uno de ellos guarda una relación importante con lo que desarrolló Susan Fiske (2010) sobre los motivos sociales básicos (“core social motives”), siendo respectivamente el motivo de comprensión, el de ensalzamiento personal y el de necesidad de pertenencia posibles bases que conforman al Yo. El autoconcepto, pues, parte de una necesidad de comprensión y coherencia del Yo, de la persona en sí misma, caracterizada por un conjunto de atributos personales que interactúan con el medio social en infinidad de formas. La percepción de la persona de sí misma abarca los roles, creencias, valores, la pertenencia a grupos y un largo etcétera que le supedita al mundo social de donde dimana, así, de este modo configura un esquema de lo que el individuo es y no es, lo que cabría esperar de él y lo que no. Sin embargo, este autoesquema del Yo tiene su complejidad y conforme la contradicción emerja entre sus principios o convicciones, este hará lo posible por encontrar coherencia y eludirá la discrepancia (como veremos más detalladamente en el siguiente apartado). En la medida que el autoconcepto se ve deteriorado, la dimensión afectiva que representa el autoestima decae. El autoestima –relacionada con el motivo social del ensalzamiento personal– se refiere a la valoración del sí mismo (Yo) que, dependiendo de las circunstancias y contextos sociales (éxito o fracaso, inclusión o exclusión social…), puede verse afectada negativa o positivamente. Todo ello se manifiesta en la autopresentación, la imagen que se pretende transmitir del Yo a los demás. A fin de cuentas, como Fiske señalaría, las personas actúan finalmente para suplir la necesidad de pertenencia (“belonging”) a un grupo, saliendo beneficiados sus miembros bajo la cooperación (2010, p. 20), por ello, la imagen que uno otorga de sí mismo supone un mecanismo clave para no ser excluido socialmente y generar un prototipo personal y grupal positivo.

Por otro lado, la identidad social guardaría relación con la categorización social del individuo, la formación de grupos sociales promovidos por la necesidad de pertenencia y la similaridad categorial de sus miembros: “grupos que resultan equivalentes con respecto a las acciones, intenciones y sistema de creencias de un individuo” (Tajfel, 1984, p. 291). No obstante, la identidad social formaría la parte del Yo que adquiere la pertenencia a un grupo de personas y una valoración de este. La conformación de grupos y la autoafirmación de estos subsiste mediante la constante comparación con otros grupos y el ensalzamiento de las características del endogrupo. Así pues, el individuo consciente de la pertenencia a un grupo concreto, llevará a cabo los consecuentes procesos cognitivos de comparación social, enalteciendo o favoreciendo la imagen de su grupo frente a los otros (al exogrupo), siempre y cuando dicho grupo contribuya a su satisfacción.

La TIS en ciernes de Tajfel nos vislumbraba la discriminación a la que conlleva el favoritismo grupal, la exaltación del endogrupo por encima del exogrupo. Sin embargo, no siempre el individuo se muestra satisfecho con el grupo al que pertenece, por ello lleva a cabo ciertas estrategias para asegurar su identidad social: abandonar el grupo, a no ser que esto se torne imposible o dañino para el autoconcepto, en tal caso cabe la posibilidad de reinterpretar los atributos relativos al grupo y/o comprometerse con el cambio de la situación vigente del grupo (ibídem., p. 293).

Un claro ejemplo de la discriminación social acorde con el favoritismo de grupo es el que nos refleja el anecdótico experimento de Jane Elliott. En 1968, tras la muerte de Martin Luther King, la profesora de primaria Jane Elliott experimentó con sus alumnos dividiéndolos en dos grupos diferenciados por el color de ojos, para concienciarlos de los efectos de la discriminación. A uno de los grupos se le otorgaba privilegios y atributos por encima del otro, siendo este último privado de ciertas actividades y estigmatizado (diferenciados con un pañuelo, para que fueran identificados fácilmente). Todo ello desembocó en conflictos y peleas, relaciones de dominación entre los grupos.

Cito textualmente a Tajfel: “por muy rica y compleja que sea la idea que los individuos tienen de sí mismos en relación con el mundo físico o social que les rodea, algunos aspectos de esta idea son aportados por la pertenencia a ciertos grupos o categorías sociales” (ibídem, p. 292). He ahí la cuestión. Más allá de los resultados o efectos del experimento de Jane Elliott (que revelan muy bien nuestra teoría bosquejada), sería interesante observar de dónde parte este. La experimentación partía de la posibilidad y legitimidad que la profesora tiene para realizar una categorización diferencial entre su alumnado, pues ella está inmersa junto con sus alumnos en un contexto escolar jerárquico, es decir, el propio experimento se lleva a cabo bajo unas condiciones sociales de diferenciación grupal que destacan unas relaciones de poder desiguales. No me precipito al afirmar que la propia experimentación que la maestra Jane llevó a cabo da sentencia de esta realidad social: la profesora, autoconvencida de su rol como profesora y legitimada como autoridad educacional, perteneciente a un grupo social apto para impartir clase y ser recompensada por ello, posee una fuerte identidad social y personal diferenciada del alumnado, este aun considerado inferior en el escalafón social establecido. Mi humilde conclusión implica algo obvio: la experimentación no es capaz de escindirse de su propia realidad, la cual ya da sentencia –aunque a veces tácitamente– de la inmanencia del poder en la diferenciación y exaltación del grupo.

Huelga decir que el alumnado conformaría un subgrupo, caracterizado por la edad y nivel de estudios (entre otras variables), que estaría inmerso en un grupo más “flexible” para el que están siendo educados, el cual aglutina unos principios y atributos que deberán seguir cada uno de los individuos si desean permanecer dentro de él (tradiciones, sistema de creencias, etc.). Sin duda alguna, con el apogeo de la globalización todo el conglomerado sociocultural del sistema-mundo actual se torna diversificado, pero a la vez unidireccional. Partiremos de tal premisa para enhebrar el siguiente apartado, aquella que encierra una realidad vigente en los países occidentales (influyendo sustancialmente, de una u otra forma, al resto de países no occidentales): el mercado capitalista se antepone a los individuos –la dirección primordial–, por mor de la agrupación burguesa (dominante) que irradia la esfera económica y política, brotando así las bases de la discriminación inherente al etnocentrismo en la sociedad, cuya cultura se manifiesta inmóvil y cosificada.

La socialización de la Identidad
La socialización de la identidad social y personal es el tema que nos atañe. Para entender la explicación de la Teoría de la Identidad Social, vamos a detenernos a reflexionar sobre la incesante presencia de determinados actores socializadores –aquellos que acompañan al individuo en su proceso de aprendizaje para vivir en sociedad– en relación con el autoconcepto y pertenencia al grupo del individuo. La familia, la escuela, el Estado, los medios de comunicación, etc.; todos ellos son actores socializadores, empero, vamos a centrarnos en la socialización que lleva a cabo la escuela (y, en general, todo el sistema educativo).

En España, si analizamos los libros de textos obligatorios en las escuelas, pronto intuimos una fuerte, aunque en ocasiones sutil, instrucción ideológica: nacionalista y, a la par, eurocentrista. Cierto es que, dependiendo de la escuela y su profesorado, no siempre va a ser de este modo. Sin embargo, sí podemos sostener que el sistema educativo en esencia cumple unas características en parte arbitrarias, sea cual sea su forma: inclusión en el mercado laboral como objetivo escolar último, por y para retroalimentar el engranaje occidental; inclusión de la educación financiera en la escuela, normalizando el statu quo; libros de texto exacerbadamente ideológicos y pretenciosos, carentes de visión crítica; sistema meritocrático, basado en una evaluación numérica y superficial… En cambio, nos detendremos en un análisis discursivo de libros de textos de Ciencias Sociales utilizados en Madrid y Barcelona, en 2º y 3º de ESO (2008-09), a modo de reflexión, para así comprender cómo se expresa uno de los actores socializadores fundamentales de la conciencia humana (la escuela), indagar –como señalan los autores de dicho análisis– “la forma en que discursivamente refieren la identidad de Nosotros y Ellos” (Encarna Atienza Cerezo y Teun A. Van Dijk, 2010, p. 68).

El análisis desentraña los vestigios eurocentristas, nacionalistas y “comunitaristas” (refiriéndome aquí a la exaltación de la comunidad madrileña y catalana) impregnados en los libros de textos de secundaria (de importantes editoriales considerablemente demandadas: como Vicens-Vives). El discurso se expresa sutilmente etnocéntrico y, aunque resulte ambiguo el concepto, poco (o nada) objetivo. En síntesis, los libros de textos recopilados:

1) Entronizan al endogrupo (español y europeo); aludiendo a unas características relativas a la prosperidad y riqueza, ignorando toda visión crítica y condiciones negativas de este.

2) Hacen recaer toda la responsabilidad de las condiciones paupérrimas de los inmigrantes en Ellos mismos (exogrupo: no españoles y/o no europeos), desentendiéndose de las causas de las que son responsable los países receptores.

3) Enfatizan una imagen estereotipada y prejuiciosa del inmigrante: fanático y de cultura inadaptable, presuponen un problema social…

4) Estigmatizan la inmigración relacionándola con la ilegalidad y la clandestinidad, desacreditando los efectos positivos de esta.

Esto nos conlleva a concluir una obstinación pedagógica en España por incluir en la materia escolar una ideología identitaria y discriminatoria, una autoimagen positiva y un rechazo al exogrupo: “Nuestros países son más prósperos, más democráticos y disfrutan de mayor bienestar. Para los estudiantes que repetidamente se enfrentan a semejante autoimagen positiva, será muy difícil no identificarse con este tipo de grupo evaluado tan positivamente. En cambio, la representación de los Otros es tan negativa que es probable que los estudiantes no se identifiquen con estos otros y que puedan, incluso, desarrollar actitudes de rechazo y superioridad” (ibídem, p. 99).

La escuela como actor socializador, junto al resto de actores del entorno social concreto del individuo, pueden generar una identidad social etnocentrista y excluyente. Un dato revelador que muestra la fortaleza con la que actúa la identidad social (las categorías sociales interiorizada/aprehendida) es el que nos refleja la encuesta internacional de opinión pública “Global Attitudes Project”, efectuada por la Fundación Pew en el año 2007: la posición etnocéntrica de España en comparación con otros países (Italia, Suecia, EE.UU., Brasil, Chile…) se fundamenta en la defensa del estilo de vida autóctono del peligro extranjero (Alaminos, A., López, C., Santacreu, O.; 2010; p. 102), debido al miedo aversivo a la pérdida de identidad social.

Ambos estudios nos sirven como ejemplos separados que desvelan el tipo de socialización predominante y la opinión pública imperante en España. En suma, la identidad social se aprehende, la pertenencia al grupo y salvaguardar la cultura o estilo de vida, aun conllevando ello al rechazo de otros grupos, es el leitmotiv del individuo en su lucha por mantener su autoestima positiva y establecer coherencia en su Yo con respecto a la sociedad de la que emerge.

Psicología Social en Ignmar Bergman: la Identidad de la Persona
Antes de adentrarnos en la obra cinematográfica de Ingmar Bergman, cabría preguntarse por el título de esta: Persona. El título en sí ya revela la esencia de la obra, pues, si nos detenemos en el significado etimológico de “persona” comprendemos la fuerte relación que tiene con la Teoría de la Identidad Social (aunque el trasfondo sea más complejo, abundando de filosofía existencialista…): la palabra viene del latín (persona) y significa “mascara” o, en su origen etimológico, vendría de la palabra griega “prósopon” (significa algo así como “delante de la cara”). Podríamos interpretar dicha máscara o prósopon, es decir, a la persona, como la identidad personal y social del individuo, propia de un animal disfrazado de conciencia y sumergido en la escena de esta actuación mundana.

La historia parte de una eventualidad un tanto extravagante: Elisbet Vogler actuaba en una obra teatral de Electra, sin embargo, la actriz en mitad de la actuación queda ensimismada y sin reaccionar, estallando en un ataque de risa que le conllevó finalmente a la mudez. Ella es ingresada en el hospital y los resultados sugieren que no tiene ninguna lesión física ni psicológica y que, por tanto, su silencio se debe a un hecho voluntario. Tras tres meses ingresada, la enfermera Alma ha de ocuparse de la sra. Vogler y, más tarde, emprenden unas vacaciones en una casa junto al mar recomendadas por la doctora del hospital para rehabilitarla. Durante este periodo será cuando la relación entre Elisbet y Alma se intensificará, a pesar de que la mudez de una de ellas prevalezca.

La situación de la Elisabet podría tener relación con una pérdida de identidad que, como bien añade la doctora, atrapándola en el silencio solo supone una nueva máscara:

¿Crees que no lo entiendo? El desesperado sueño de la realidad, no de lo aparente sino de lo real. Consciente en todo momento, vigilante ante el abismo que hay ante lo que eres para los demás y lo que eres para tí misma. La sensación de vértigo y el deseo constante de ser descubierta por fin, de quedar expuesta en evidencia, quizá incluso aniquilada. Cada tono de voz oculta una mentira, cada gesto una falsedad, cada sonrisa una mueca. ¿Suicidarse…? No, no… Es muy feo. No es tu estilo, pero puedes quedarte inmóvil, en silencio, así al menos no mientes y puedes aislarte en tí misma, sin interpretar ningún papel, sin tener que exteriorizar gestos falsos. Eso crees, pero la realidad es retorcida. Tu escondite no es en absoluto hermético, la vida se filtra por todas partes. Te ves obligada a reaccionar. Nadie te pregunta si lo tuyo es real o irreal, si eres auténtica o eres falsa. Ese extremo sólo tiene importancia en el teatro y, a veces, ni tan siquiera allí. Yo te entiendo Elisabet, entiendo tu silencio, tu inmovilidad, que refuerces tu voluntad con ese fantástico sistema. Te entiendo y te admiro. Creo que deberías seguir en el papel hasta agotarlo por completo. Hasta que deje de ser interesante. En ese momento podrás dejarlo poco a poco… como tus otros papeles.

La imposibilidad de no ser, de la vigencia de lo real en lo humano, el problema con el que se ha visto la filosofía en muchos aspectos, tratando de enarbolar en ocasiones la libertad negativa (la “ausencia de”), tiene una estrecha relación con la identidad personal. El autoconcepto, construido desde la interacción social, implica la apariencia de ser, el autoconocimiento coherente del Yo y sus convicciones. Ante la incomprensión y la ambigüedad del autoconcepto, Elisabet basa su autopresentación en otra mascara personal, no es capaz de escapar de lo construido y adquirido socialmente por mucho que se esconda en el silencio. Por otro lado, la enfermera Alma se nos presenta como la otra cara de la misma moneda, ella se encuentra fuertemente adherida a una identidad personal y social estable, cree estar convencida de su papel para con el mundo (aunque comenzará a dudar). Alma comienza a divagar en su habitación:

Es extraño. Una va por ahí haciendo las cosas casi siempre igual. Hace casi las mismas cosas de siempre. Me casaré con Karl-Henrik y tendremos unos cuantos hijos que yo criaré. Todo eso está decidido. Está dentro de mí. No hay nada que pensar. Es un enorme sentimiento de seguridad. Tengo un trabajo que me gusta y con el que soy feliz. Eso también es bueno, pero de otra manera.

Este discurso se da en distintas ocasiones de formas similares, mostrando una autopresentación sólida y convincente, en discrepancia con la actitud de Elisabet. Alma asume su rol e identidad social, ha de ser la mujer de Karl-Henrik, ser madre y tomar posición en un trabajo que defina su satisfacción. El autoconcepto todavía se mantiene álgido y busca el sentido y la pertenencia social para que no decaiga su autoestima, como en el caso de Elisabet y su percepción de la apariencia y de la crueldad humana detrás de lo aparente de la persona (diversas escenas muestran el horror humano que sucumbe a Elisabet: noticias sobre la guerra de Vietnam, una fotografía del holocausto, un bonzo ardiendo por televisión…). Las diferencias entre la protagonistas son abismales, aunque no tanto, ya que, a fin de cuentas, ambas representan un papel teatral inevitable:

Elisabet vive de modo trágico esa distancia entre la apariencia fenoménica por la que su Yo vive escindido en los distintos papeles que juega en su vida cotidiana y aquello que subyace y no puede ser enteramente comunicado sin esa mediación que tiene al mismo tiempo algo de falsificación, simplificación y cosificación de lo que constituye su ser más profundo. Alma, en cambio, vive integrando de forma plena su función con su propia identidad. No existe ninguna distancia entre el uniforme de enfermera, el papel de ser aquella que vive atendiendo y cuidando y lo que está detrás de ello. (Núria Sara Miras Boronat, , p. 64).

En última instancia, cabe añadir que aquí nos hemos ceñido a mostrar ejemplos de cómo se manifiesta la identidad personal y social en la obra cinematográfica de Bergman, en ningún momento se ha tratado de interpretar la obra en su totalidad ni trazar el sentido último de esta, pues, creo ver la genialidad de la película en este aspecto: se torna paradójico comprender algún sentido intrínseco en la obra, pues, al igual que con Elisabet y Alma, se trataría de una mera representación distante de algo real, una apariencia expuesta a los demás. Esto ha sido muy destacado a lo largo de la película, mediante la constante inclusión de escenas que alertan al espectador de que lo que realmente está viendo es una representación cinematográfica. En este sentido, me encuentro yo, quien escribe esto, expuesto a los demás bajo una identidad interiorizada como propia, perteneciendo a un grupo social universitario y autopresentándome como tal en mi trabajo para la asignatura de Psicología Social.

Leer capítulo posterior: 2. El autoconcepto

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Un comentario en “Psicología Social: 1. La Identidad Social”

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