Psicología Social: 2. El autoconcepto

Leer capítulo anterior: 1. La Teoría de la Identidad Social

Contenido: Aproximación teórica al autoconcepto, la autoconciencia y la socialización del sí mismo; así como una interpretación psicosocial (relacionada con el autoconcepto) de La infancia de un jefe, de Jean Paul Sartre.


EL AUTOCONCEPTO
El autoconcepto es un término utilizado por la psicología social, muy recurrente en teorías como la Teoría de la Identidad Social, ya que no podríamos hablar del concepto del sí mismo o del Yo sin tener en cuenta los procesos psicosociales que emergen de la conexión inexorable entre individuo y sociedad. Al observador le resultan útiles los conceptos objetivizadores de “individuo” y “sociedad”, sin embargo, cuando nos adentramos a estudiar los procesos cognitivos y afectivos llevados a cabo por los individuos en sociedad, el objeto de estudio es un tanto más complejo, encierra una realidad psicosocial más escabrosa.

El individuo forja su autoconcepto, aprehende e interioriza una serie de patrones de conducta, roles, intereses, creencias, valores, pertenencia a grupos… Así pues, el autoconcepto se alberga esquemáticamente en la psique humana y se expresa o presenta de una u otra forma dependiendo del contexto social. Hablaríamos, entonces, de un individuo como ser social. Empero, por muy clara que parezca la unicidad del individuo y la separación respecto a los otros, el individuo como tal solo comienza a configurar o construir un Yo o autoconcepto a partir de la interacción social. Es por ello que visualizamos el autoconcepto desde una perspectiva construccionista (el sí mismo es adquirido y moldeado activamente por el individuo) y no únicamente esencialista (el individuo adquiere un Yo concreto por naturaleza), porque, de lo contrario, tenderíamos a reducir la complejidad y devenir de la conciencia humana en mera naturaleza biológica o divina, convirtiendo al sí mismo en un ente fijo e inamovible, desentendido de las influencias sociales de las que dimana. Sin embargo, lo deseable sería tener en cuenta también los factores esencialistas en la construcción del Yo (una perspectiva construccionista y, a la par, quasi-esencialista provisionalmente), pues estos son fundamentales en la elaboración social del Yo, puesto que, a pesar de que sean definidos y valorados por la construcción cognitiva humana final –raza, género, orientación sexual, nacionalidad, clase social…–, tales definiciones se encuentran supeditadas a unas circunstancias y una estructura social que impera por encima del radio de acción individual (Lindesmith, Alfred R.; Strauss, Anselm L.; Denzin, Norman K.; 2006; p. 314-315).

La construcción del autoconcepto Cada uno de nosotros se percibe introspectivamente de una forma y, además, en situaciones que impliquen exponer el autoconcepto a un público, uno se imagina siendo percibido por los demás. Estas dos percepciones son las representaciones mentales del autoconcepto que William James (1890) llamará “Yo” y “Mí” (respectivamente). Partiendo de estas representaciones mentales, el individuo puede llevar a cabo su autopresentación, es decir, transmite una imagen de lo que considera que es su autoconcepto y este se ajusta al contexto social en el que se presenta, eludiendo ciertos aspectos o resaltando otros de su Yo en tanto en cuanto a sus intereses, deseos o expectativas.

Una de las bases del autoconcepto de un individuo es el autoconocimiento de este, ya que se trata de un conglomerado de nociones personales aprehendidas y experimentadas, en constante cambio y en conflicto con las contradicciones e incoherencias que puedan suponer, que se expresan en la vida cotidiana. De este modo, el autoconcepto puede comportar distintas dimensiones, donde las características o atributos más presentes definen la identidad del individuo. Higgins (1986) confeccionó la Teoría de la discrepancia, la cual muestra con claridad estas distintas dimensiones del Yo que pueden, en determinadas circunstancias, provocar contradicciones dañinas para la estabilidad del autoconcepto y el autoestima. No obstante, a la hora de estudiar el esquema del autoconcepto, este puede mostrar distintas dimensiones como las que se trazan a continuación: el Yo real, que representaría el “cómo creemos que somos”; el Yo ideal, o “cómo nos gustaría ser”; y el Yo responsable que, sujeto a obligaciones, adquiere un “cómo deberíamos ser” interiorizado. Cuando existen diferencias importantes entre el Yo real y los estándares del Yo (ideal y responsable), el malestar emerge en el individuo y tal discrepancia en los yoes puede deteriorar el autoestima, por ello, el individuo tratará de buscar la concordancia y la armonía de su autoconcepto por distintas vías. Huelga decir que las dimensiones del Yo son bosquejadas para agilizar el estudio psicosocial, teorizar la realidad. Esto quiere decir que el autoconcepto puede dividirse teóricamente en muchos otros “compartimentos” que no recoge esta teoría: relacionados con las expectativas, deseabilidad, experiencias…

En razón de lo anteriormente planteado, si brota la discrepancia en el autoconcepto y este último fracasa y no puede mantenerse acorde con sus convicciones psicosociales, sabemos que el autoestima peligra. Cabe preguntarnos, pues, qué es el autoestima y qué función tiene. El autoestima hace referencia a la valoración del Yo, de nosotros mismos, y tiene una fuerte relación con la pertenencia y aceptación social. Esta valoración tiene sentido si nos detenemos a estudiar la motivación básica social de necesidad de pertenencia, cumpliendo una función de alerta de exclusión. Sin embargo, este tema lo retomaremos a fondo en el siguiente capítulo.

La autoconciencia y la socialización del sí mismo

“Y entonces le ocurrió a Emily un hecho de considerable importancia. Repentinamente se dio cuenta de quién era ella misma. Hay pocas razones para suponer el porqué ello no le ocurrió cinco años antes o, aun, cinco años después, y no hay ninguna que explique el porqué debía ocurrir justamente esa tarde. Ella había estado jugando “a la casa” en un rincón, en la proa, cerca del cabrestante (en el cual había colgado un garfio a manera de aldaba) y, ya cansada del juego, se paseaba casi sin objeto, hacia popa, pensando vagamente en ciertas abejas y en una reina de las hadas, cuando de pronto una idea cruzó por su mente como un relámpago: que ella era ella”. (R. Hughes, en su A High wind in Jamaica; citado en Fromm, E., 1985, p. 49).

El autoconcepto, como hemos planteado anteriormente, no es innato; la autoconciencia del sí mismo es la consecuencia del aprendizaje social. La capacidad del individuo de concebirse como un objeto separado de su entorno, independiente y único, se obtiene gradualmente a través de la socialización ( Lindesmith, Alfred R., et al.; 2006; p. 318).

Nacemos y nos arrastran a un mundo que invade los sentidos, sujeto a estímulos y a una experiencia inmediata e indecible. Expuesto al mundo que le rodea, el individuo difícilmente distingue y sitúa los objetos; si podemos considerarlo individuo, pues, este todavía no ha adquirido una autoconciencia madura que le otorgue control y unicidad para con su entorno. Esta experiencia inherente a la infancia humana es causa de lo denominado por Gerald Edelman como “conciencia primaria”: capacidad de visualizar lo inmediato del “aquí y ahora” y tener presente el recuerdo no-consciente de eventualidades o experiencias pretéritas, mediante las cuales se lleva a cabo un aprendizaje relacional (Zagmutt, A., Silva, J.; 1999; p. 7). Partiendo de estas condiciones, el ser humano imbuido por el entorno social y sus entramados simbólicos y lingüísticos, adquiere gradualmente la “conciencia de orden superior”, es decir, la autoconciencia del sí mismo, la narración del Yo bajo una experiencia subjetivamente percibida y deconstruida (íbidem, p. 8).

Así pues, el autoconcepto emerge como respuesta a unas condiciones sociales donde el lenguaje, fruto de la comunicación social indispensable para la subsistencia, predomina y deforma la experiencia inmediata bajo la apariencia del saber y ser. Conforme empieza a manar un individuo como tal, separado y diferenciado del resto de objetos del mundo que percibe –un mundo que aprende a percibir subjetivamente–, este desarrolla o construye su autoconcepto por distintas vías: la imitación, que constituye una de las formas primarias del aprendizaje humano; la inferencia de un Yo partiendo de una percepción introspectiva, observando los comportamientos habituales manifiestos en la experiencia social; la comparación social, enhebrando un Yo acorde a preferencias sociales (búsqueda de referencias identitarias); o, como dicta la teoría del “Yo espejo” de Cooley (1902), modificando lo que somos influidos por el “como pensamos que nos perciben”.

Sujeto al mundo que percibe subjetivamente, social y personal, y una vez asentado su autoconcepto en la comodidad que otorga la estabilidad y coherencia de este, el individuo se altera y resulta dañado íntegramente si la convicción de su Yo se desmorona al entrar en conflicto con realidades indeseadas. Esta situación puede observarse en el caso de niños hospitalizados que son desvinculados de sus habituales círculos sociales (amistades, familiares, escuela, etc.), despojados de su hogar y entorno, sometidos a una mayor presión y estrés causados por el desconocimiento o miedo percibido en tales circunstancias… Por tanto, sería de interés centrar nuestra atención en un estudio que se efectuó en la Clínica Universitaria de Navarra (Polaino-Lorente, A.; Lizasoin Rumeu, O.; 1994), en el cual se estudia cómo afecta al autoconcepto de niños de entre 8-12 años el hecho de ser ingresado en un hospital en un periodo de media duración.

La experimentación se llevó a cabo en aras de la adopción de políticas de intervención social en los hospitales, desvelando la necesidad de programas de preparación para la hospitalización infantil y controles psicopedagógicos. Cuarenta niños eran divididos en dos grupos, uno experimental y otro de control. Ambos estaban compuestos por diez varones y diez hembras (exentos de enfermedades cancerosas). Sin embargo, el grupo experimental sería partícipe del programa de preparación a la hospitalización y seguimiento psicopedagógico, mientras que el grupo de control no. La hipótesis trazada era la siguiente: quienes participan en el programa de preparación no resultan una devaluación del autoconcepto.

Ante este experimento podemos observar la realidad del autoconcepto, la fuerte importancia que el ser humano socializado otorga a la identidad. Se realizaron dos test para la evaluación del autoconcepto de los niños ingresados (Piers-Harris Children´s Self-Concept Scale), uno efectuado al siguiente día de estar ingresado y otro tras darse de alta. Las diferencias que se dieron entre el grupo experimental y el de control fueron significativas: el primero obtuvo valores positivos y de mejora, mientras que aquellos a los que no se les aplicó un programa de preparación vieron devaluado su autoconcepto.

Sin duda alguna, constatamos la idea de que el autoconcepto no es fuerte y estable, al igual que no es innato, sino que es el propio entorno social el que puede suponer su mantenimiento o cambios significativos. El sí mismo construido e interiorizado de un niño de entre 8-12 años (los cuales cumplían unos requisitos de inclusión social en el experimento) no es capaz de eludir su deterioro (quizás parcial) tras sufrir una experiencia por la cual debe distanciarse de su zona de confort y sus vínculos sociales –aquellos que garantizan seguridad, autoestima y pertenencia grupal–. El programa de preparación a la hospitalización y seguimiento psicopedagógico tuvo en cuenta el contacto humano con el paciente: se insistía en la presencia de padres o tutores en el periodo de hospitalización, para así no alterar en demasía las relaciones interpersonales del niño; presentación del hospital, evitando el desconocimiento del paciente y invitándole a sentirse cómodo en su nueva estancia; entretenimiento y actividades pedagógicas que distraigan al paciente de sus preocupaciones… Tales condiciones son las que posibilitaron no encarecer el autoconcepto de cada uno de los veinte ingresados y, a la par, el estudio experimental en su totalidad nos revela, a fin de cuentas, la realidad psicológica del autoconcepto y los procesos sociales que lo alteran e influencian constantemente.

Psicología Social en Jean Paul Sartre: el Yo construido
«El señor Bouffardier atrajo a Lucien entre sus rodillas y le acarició los brazos. “Es una verdadera niña –dijo sonriente–. ¿Cómo te llamas? ¿Jacqueline, Lucienne, Margot?” Lucien se puso colorado y dijo: “Me llamo Lucien.”». Así comienza la primera página de La infancia de un jefe de Jean Paul Sartre, una amena novela que relata la vida de Lucien Fleurier. Esta corta historia sobre el desarrollo vital de Lucien parece retratar muy bien los procesos sociales que conforman al autoconcepto.

Desde la infancia, Lucien se encuentra atacado por su entorno social, el cual trata de inferirle constantemente determinando su identidad: a muy corta edad se le etiquetaba de feminizado, vistiéndole con faldas y llamándole “niñita”; su padre insistía en que el futuro que le deparaba a Lucien iba a ser su profesión, jefe de empresa; en la etapa escolar era despreciado por su aspecto físico, en concreto delgado y lánguido; etc.

Cabe resaltar que Lucien lleva consigo a cuestas una carga existencialista a lo largo de su vida. Hasta el punto de negar su existencia:

“¿Quién soy yo? Miró el escritorio, miró el cuaderno. Me llamo Lucien Fleurier, pero eso no es más que un nombre. Me doy pote. No me doy pote. No lo sé, eso no tiene sentido. Soy un buen estudiante. No. Es una falsa apariencia. A un buen estudiante le gusta estudiar, a mí no. Tengo buena notas, pero no me gusta estudiar. Tampoco lo detesto, me da igual. Nunca seré un jefe.” […] “¿Qué soy yo?” Había esa bruma enrollada sobre sí misma, indefinida. “¡Yo!” Miró a lo lejos. La palabra resonaba dentro de él, y tal vez podía adivinarse algo como la punta oscura de una pirámide cuyos lados huyeran en la lejanía, en la bruma. Lucien se estremeció. Le temblaban las manos. “¡Eso es –pensó–, eso es! Estaba seguro de ello: yo no existo.”

Las dudas existenciales fueron perdiendo importancia en él, hasta el punto de convertirse tal conducta de negación existencial en una de las bases de su autoconcepto. Por ello, en su recorrido escolar comenzó a reunirse y establecer una amistad con Berliac, un extravagante compañero de clase que tenía cierta similitud con la personalidad de Lucien, pues se mostraba indiferente y cínico, desestimando cualquier seriedad en la vida. Además, Lucien pronto conoció a Bergère –por mediación de Berliac– con quien entabló una muy íntima relación, hasta el punto de tener una experiencia sexual con él (la cual le conllevó al distanciamiento de Bergère, ya que se sintió utilizado y la situación le pareció desagradable). Así pues, el autoconcepto de Lucien se sumerge en un vaivén impulsado por las influencias de sus relaciones sociales, desde su infancia, sometido a la continua evaluación externa de su individualidad que poco a poco irá desatando en él la coherencia de su identidad, de su autoconcepto.

A pesar de que el Yo de Lucien diera tumbos, nunca decayó, solo jugueteó con cada uno de los roles que era capaz de interpretar en el escenario que le tocó hospedarse (como en su más tierna infancia, donde jugaba a ser otro y imaginar cambiados los papeles de sus padres). No obstante, Lucien terminó reafirmando explícitamente su existencia, su porvenir, su identidad. Él tenía derecho a existir –se decía–, él iba a ser jefe como lo fue su padre: “Un reloj dio las doce. Lucien se levantó. La metamorfosis había llegado a su término. Una hora antes. Un adolescente grácil e inseguro había entrado en aquel café. Era un hombre el que de él salía, un jefe entre los franceses”.

Leer capítulo posterior: 3. La necesidad de pertenencia

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2 comentarios en “Psicología Social: 2. El autoconcepto”

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