Grandes autores en retrospectiva: 1. Auguste Comte

En esta nueva sección, “Grandes autores en retrospectiva”, expondremos autores varios que han tenido repercusión en la historia del pensamiento humano.



La lectura del
Plan de los trabajos científicos necesarios para reorganizar la sociedad de Auguste Comte, nos traslada a una época expuesta a constantes revueltas en pos de una revolución social, la cual será considerada como desorganizada por el mismísimo Comte, obstinado por el orden y el progreso de la sociedad. Además, el grado de secularización en Europa durante el s. XIX, pone en evidencia la hegemonía de las explicaciones naturales y sociales meramente deícticas o esotéricas que predominaban siglos pretéritos, surgiendo con gran peso el papel de la ciencia natural. Los estudios sociales no iban a quedarse atrás y, por ello, la inclusión del paradigma científico imperante en aquel entonces en las explicaciones sociales supuso una prioridad para infinidad de autores, con tal de integrar los estudios sociales en una “ciencia seria” (o académicamente aceptada).

En primer lugar, las pretensiones de Comte en teorizar el funcionamiento de la sociedad y sus transformaciones sistémicas y, a la par, conllevar a resoluciones normativas que concluyan en un sentido universal y necesario, la sociedad positiva, resalta a la perfección la similitud que adquiere su teoría con el modelo que confeccionan las ciencias naturales. Comte clasifica la historia social por estadios según el tipo de conocimiento que se ejercía y, además, considerando que dicha evolución histórica consiste en un progreso gradual en las capacidades humanas hacia un estado científico necesario. El estadio teológico basaba sus explicaciones en cuestiones sobrenaturales y este es considerado como “el estado de toda ciencia que se encuentre en sus orígenes” (Comte, 1822). El estadio metafísico, sin embargo, constituiría una etapa social transitoria al estadio positivo. Este fin último de la sociedad configura las explicaciones sociales y naturales bajo leyes generales y principios verificables a través de la observación y por la expresión misma de tales fenómenos.

La ley de los tres estadios que expone Comte y hemos mencionado, a pesar de la posible influencia que tuvo del pensamiento de Saint-Simon, nos sugiere una significativa relación con la dialéctica hegeliana manifiesta en el s. XVIII, en la cual se alude a un conocimiento universal y absoluto. Este conocimiento universal (“Espíritu Universal”) constituye el punto final al que necesariamente llegarán los individuos tras una sucesión de proposiciones antagónicas (tesis y antítesis) y sus resoluciones (síntesis). En resumidas cuentas, la dialéctica hegeliana, a la hora de explicar el funcionamiento del pensamiento humano -así como también Hegel trata de explicar el funcionamiento de cualquier porción de realidad bajo este método- considera que existe un conocimiento de la realidad en su totalidad en términos absolutos y universales, el cual será conocido necesariamente a través de un desarrollo progresivo. Análogamente, Auguste Comte afirma en El plan de los trabajos que “el tercer estado (positivo o científico) es el modo definitivo de cualquier ciencia; los dos primeros (teológico y metafísico) solo han estado destinados a prepararlo gradualmente”, mostrándonos ese discurrir natural y progresivo de las capacidades humanas hacia una sociedad y conocimiento positivo, entronizando la ciencia o “nueva doctrina”.

La dialéctica hegeliana, también durante el s. XIX, influirá en Karl Marx, cuyo examen del desarrollo histórico le conlleva a deducir y teorizar etapas históricas impulsadas por la lucha de clases, a grandes rasgos, derivada de las relaciones sociales en torno a la propiedad e intereses materiales. Tales relaciones sociales suponen antagonismos en sus intereses de clase, conllevando, en términos hegelianos, a una tesis, antítesis y síntesis en el discurrir histórico -ejemplo: aristocracia y nobleza como tesis, burguesía como antítesis y surgir del capitalismo como síntesis, surgiendo a su vez como antítesis el proletariado y, según la dialéctica marxista, la posterior síntesis prevista sería el modo de producción socialista-.

Menciono a modo de ejemplo a Marx y Engels, además de porque tienen una influencia de Hegel y Comte, para desvelar la prioridad que en aquella época estaba vigente en los estudios sociales de tratar de imitar a los métodos y paradigmas de las ciencias naturales. Este silogismo que adoptaron las ciencias sociales de objetivizar y someter a leyes universales y necesarias los comportamientos y acontecimientos sociales, lo tuvo muy en cuenta Rudolf Rocker en su obra Nacionalismo y Cultura (1937). A pesar de que Comte diferenciara el tipo de trabajo teórico o espiritual, por el cual se asientan las bases conceptuales para reorganizar la sociedad, del trabajo práctico o temporal como consecuencia pragmática y ejecutiva del primero, implicando voluntades y acciones humanas en el proceso social, este daba claros indicios en sus planteamientos de un fatalismo en el progreso social. El historiador Rocker advierte que las ciencias sociales “confundieron las necesidades mecánicas del desarrollo natural con las intenciones y los propósitos de los hombres, que han de valorarse simplemente como resultados de sus pensamientos y de su voluntad”, valoración contraria al pensamiento comtiano que considera la doctrina científica política como una tendencia natural supeditada al desarrollo de las sociedades.

La obsesión por el orden y el progreso de Comte se encuentra explícitamente en el enaltecimiento del paradigma científico, el porvenir del conocimiento encuadrado debidamente en un marco teórico estructurado que autodefina la certidumbre. No es de extrañar que en su vida personal se viera en una situación depresiva con tentativa de suicidio, pues, al parecer, el orden y el cumplimiento de sus expectativas o aspiraciones no estaba tan presente en su cotidianidad como en sus consideraciones intelectuales. Cierto es que la ciencia es una herramienta útil para tratar de comprender o transformar el entorno humano, pero la situación era bien distinta, pues la ciencia fácilmente se antepuso a cualquier forma de conocimiento distinta a ella, elevando la capacidad de esta como si de un ente omnipresente y omnipotente se tratara, erigiendo el auge de la corriente positivista. Es por ello que se nos torna bastante esclarecedor el hecho de que Comte hablara de la ciencia en términos religiosos, ofreciendo una catequesis y profetizando unas prioridades sacrosantas que deberán ser cumplidas por la humanidad para despojarle de la pecaminosa desorganización e involución. Emil Cioran en su Breviario de Podredumbre (1949) expresa esta pretensión humana de elevar vacuamente nuestros procesos epistemológicos, reduciéndolos a meros conceptos que no cambian ni evolucionan esencialmente en el tiempo:

Nuestras verdades no valen más que las de nuestros antepasados. Tras haber sustituido sus mitos y sus símbolos por conceptos, nos creemos más «avanzados», pero esos mitos y esos símbolos no expresan menos que nuestros conceptos. El Árbol de la Vida, la Serpiente, Eva y el Paraíso, significan tanto como: Vida, Conocimiento, Tentación, Inconsciente. Las configuraciones concretas del mal y del bien en la mitología van tan lejos como el Mal y el Bien de la ética. El Saber -en lo que tiene de profundo- no cambia nunca: sólo su decorado varía. Prosigue el amor sin Venus, la guerra sin Marte, y, si los dioses no intervienen ya en los acontecimientos, no por ello tales acontecimientos son más explicables ni menos desconcertantes: solamente, una retahíla de fórmulas reemplaza la pompa de las antiguas leyendas, sin que por ello las constantes de la vida humana se encuentren modificadas, pues la ciencia no las capta más íntimamente que los relatos poéticos. (p. 86).

Por otro lado, Auguste Comte en su Catecismo positivo de 1852 acentuará el carácter preventivo de la nueva doctrina: “saber para prever y prever para poder”. Esta premisa encierra las bases de un estudio social para la acción, el conocer los acontecimientos sociales y la naturaleza de estos para progresar de la manera adecuada mediante la acción humana, para la correcta organización de los individuos. Además del pragmatismo de Comte, como veremos a continuación, la sociología comtiana es normativa y fielmente adherida a la meritocracia que se nos encomendaba en la filosofía platónica, más allá de únicamente definirse como una física social (renombrada como “Sociología” en uno de sus Cursos de filosofía positiva) o estudio científico que desentraña las leyes o principios fundamentales que rigen los acontecimientos sociales.

Siguiendo la lectura del Plan de los trabajos, tras comprender la diferenciación entre los dos tipos trabajos (teóricos/espirituales y prácticos/temporales) y concienciarnos de la mala gestión de ambos en los procesos revolucionarios desde finales del s. XVIII, Comte recurre a distinguir entre la sociedad a los verdaderos mesías de su religión: los sabios. Si Platón, figurándose como Sócrates, añadía que “puesto que los verdaderos filósofos son aquellos cuyo espíritu puede alcanzar el conocimiento de lo que existe siempre de una manera inmutable, y que todos los demás giran sin cesar en torno de mil objetos siempre mudables serán todo menos filósofos, es preciso ver a quienes hemos de escoger para gobernar nuestro Estado”, Comte sustituiría “filósofos” por “sabios” y la teoría de las ideas por un conglomerado de términos adjetivados como “positivos” o “científicos”. La reorganización de los trabajos deberá situar a aquellos que conforman el conocimiento positivo -los sabios- como guías espirituales o teóricos de la sociedad y a los industriales como aquellos que ejecutarán esta transformación social (evidentemente, se refería a la burguesía). Al parecer, no solo adquiere influencia platónica respecto a la cuestión del “filósofo-gobernante”, también es frecuente en su obra advertir el desquicio que muestra hacia el “vicio” que supuso tal contexto social, como si mantuviera un pensamiento dicotómico virtud-vicio en sus planteamientos.

Como último punto, cabe destacar el carácter humanista y protosocialista (bajo un sentido estatista) que adopta el pensamiento comtiano. La sociedad, según Comte, consiste en un conjunto de personas que definitivamente se unen por un fin u objetivo común, dirigiendo todas sus fuerzas particulares en pos del bien colectivo. Se aprecia con una peculiar ligereza la causa social y, por ende, individual de la nueva doctrina: la Humanidad. Es por ello que encontramos en Comte la necesidad y deseo de una “sociedad general, completa y permanente” (Comte, 1822) cuando se detiene a plantear una posible unión entre los distintos países europeos. La causa humanitaria que él persigue también se encuentra explícita en las cartas que envía a personalidades como el zar Nicolás I de Rusia o a Napoleón III, proclamándose “Sumo sacerdote de la Humanidad”.

El triunfo de la sociedad positiva y humanitaria que albergan las obras comtianas, basando la primordial causa en la comunidad, se articula bajo una premisa fundamental que Comte en Sistema de política positiva expone: el altruismo. Oponiéndose al egoísmo, el altruismo supone un eficiente funcionamiento en la convivencia social, implicando un mayor beneficio para la sociedad. El punto de vista de Comte se torna antagónico al de autores como el filósofo alemán Max Stirner y su obra El único y su propiedad (1844), la cual fue censurada tras su publicación. En dicha obra y comparándolo con Comte, la filosofía stirneriana diferencia el concepto relativo a la Sociedad del de asociación y, además, mantiene una postura en la cual el egoísmo es el leitmotiv existencial. Comte nos afirma con convicción que “toda sociedad que no estuviera claramente organizada para uno u otro de estos fines (comunes) no sería más que una asociación bastarda y sin personalidad” e imaginamos cómo respondería Stirner:

¿Quién es esa persona a quien llamáis todos?

¡Es la Sociedad! (respondería Comte).

¿Tiene, pues, un cuerpo?

Nosotros somos su cuerpo.

¿Vosotros? ¡Vamos! Vosotros no sois un cuerpo; Tú tienes un cuerpo y Tú también, aquel tercero igualmente; pero todos vosotros juntos sois cuerpos y no un cuerpo. Por consiguiente, la Sociedad, admitiendo que sea alguien, tendría muchos cuerpos a su servicio, pero no un cuerpo único que le perteneciese en propiedad. Como la Nación de los políticos, no es más que un Espíritu, un fantasma, y su cuerpo no es más que una apariencia. (Stirner, 1844, p. 39).

En contraposición a la idea de sociedad que Comte sostiene, Stirner hablará de Sociedad como aquel conjunto de individuos determinados como tal por una tercera persona y de asociación en tanto que exista una constante vinculación (y desvinculación) entre individuos voluntariamente para suplir las necesidades o intereses que persiguen en común. Este pequeño matiz cambia por completo la teoría de un autor a otro, pues la primera promueve una necesaria comunión humanitaria entre individuos, elevando el ideal Sociedad como si de una Personalidad o Identidad única y común fuera, mientras que la segunda concepción (“asociación de egoístas”) promulga la unión entre individuos bajo la voluntad de asociación y sus circunstancias personales (rehusando el carácter sagrado de una unión colectiva fija y definitiva).

BIBLIOGRAFÍA

  • Oltra, B., Mantecón, A., Garrigós, J., Oltra, C. and Real, M. (2005). El argumento de la sociología. Alicante.
  • Oltra, B., Miguel, J. and Galtung, J. (2004). Sociedad, vida y teoría. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.
  • Platón, (1986). La república o El estado. Madrid: Espasa-Calpe.
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