Grandes autores en retrospectiva: 2. Karl Marx

La teoría bosquejada por Karl Marx, constatada por su íntimo compañero Friederich Engels, podríamos reconocerla como determinista, progresista, enhebrada para la acción y necesariamente crítica. Los dos primeros atributos tienen sentido en el contexto vivido por Marx, ya que el paradigma científico se encontraba en pleno auge y los estudios sociales imitaron en gran medida este mismo modelo, y, en lo referido al activismo y criticismo propio del marxismo, las obras de Marx manifestaban una considerable crítica al statu quo y una sociología para la acción (análogo a la premisa de Comte, en Catecismo positivo (1852): “saber para prever y prever para proveer”).

La historia, según Marx, se ha basado en la lucha de clases. Esto quiere decir que, por mucho que el movimiento ilustrado liberal proclamara la libertad e igualdad de condiciones, la realidad social e histórica ha sido bien distinta: desde las sociedades esclavistas, conformadas por hombres libres y esclavos; pasando por la Antigua Roma (patricios y plebeyos) y la Edad Media (señores feudales y siervos, maestros y oficiales); hasta las sociedades modernas, donde la burguesía, es decir, la clase propietaria de los medios de producción (instrumentos y materiales utilizados en el proceso de trabajo, incluyendo, por supuesto, la fuerza de trabajo), se encuentra confrontada con la clase antagónica que es el proletariado (quienes venden su fuerza de trabajo a la burguesía).

La lucha de clases es lo que define a Marx como uno de los primordiales sociólogos del conflicto, pues, su estudio sociohistórico conlleva a conclusiones contrarias a las teorías funcionalistas. La historia humana se ha caracterizado por las conflagraciones y conflictos desatados por un causal choque de intereses entre clases sociales. De resultas, siempre ha existido una clase dominante y otra subyugada, “opresores y oprimidos”. Entonces, ¿cómo es posible que se mantenga en el tiempo estas contradicciones o antagonismos de clase, entre opresores y oprimidos? Marx objeta que “las ideas imperantes de una época, han sido siempre las ideas propias de la clase dominante” y esto tiene una explicación conceptual que desarrolla el pensamiento marxista: el materialismo histórico.

Cada sociedad histórica la constituye una determinada ideología, originada por la estructura económica y productiva de dicha sociedad”. He aquí la idea principal del materialismo histórico: la base material o económica de una determinada sociedad, situada en un contexto histórico concreto, es aquella que determina la ideología imperante de esta, bajo un adornado discurso idiosincrático que justifica y legitima el modo de producción impuesto por la clase dominante. Así como el cristianismo supuso un andamiaje ideológico, junto a las políticas matrimoniales y familiares que impuso César Augusto, acorde con las necesidades reproductivas del Imperio Romano (los costes humanos en la guerra hacían insostenible el sistema económico); también el liberalismo ideológico, bajo su ropaje de Ilustración y racionalidad, promulgaba unos intereses de dominio que situaban a la burguesía como hegemónica, propietaria de los medios de producción, desestabilizando al Antiguo Régimen y originando una nueva clase oprimida: el proletariado. Este andamiaje o ropaje idiosincrático hace referencia a la superestructura política y jurídica, originada y condicionada por la estructura económica y las relaciones de producción, es decir, la infraestructura. Así, pues, si “en la producción social de su existencia, los hombres entran en relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad” y “estas relaciones de producción corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales”, entonces, estas pretensiones de supeditar lo social a leyes universales y necesarias pone a Marx en un aprieto. Se le preguntará el cómo ha llegado a plantear su teoría económica y política sin ser un producto del modo de producción capitalista, contestará que sí lo es y, a la par, que solo es marxista en las circunstancias de entonces, pues la infraestructura así lo ha manifestado en su conciencia.

Quizás el concepto materialista histórico nos sugiere un rechazo directo a tal idea, debido a que se nos muestra fielmente determinista cuando alude a la base material y económica como factor determinante de la sociedad, situando al resto de variables sociales a un nivel superficial e irrelevante. Sin embargo, no es justo malinterpretar las teorías marxistas,. Engels aclaró en una carta a José Bloch esta polémica cuestión:

Si alguien lo tergiversa, diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda. La situación económica es la base […]. Pero también desempeñan un papel, aunque no decisivo, las condiciones políticas, y hasta la tradición, que merodea como un duende en las cabezas de los hombres.

Cierto es, pues, que el marxismo no elude las cuestiones sociales, pero peca de reduccionista al coronar como decisivo el factor económico, dejando en un segundo plano infinidad de variables sociopolíticas que ejercen una fuerza relevante y difícilmente derrocables por radicales transformaciones económicas. Constatamos esta carencia teórica inmersa en las obras de Marx, cuyo pensamiento se entregó a una especie de progreso fatalista. No es de extrañar que confiara en la desintegración del sistema de castas en la India (a día de hoy aun vigentes) con la llegada del ferrocarril, con la industrialización promulgada por la burguesía occidental: “la industria moderna, llevada a la India por los ferrocarriles, destruirá la división hereditaria del trabajo, base de las castas hindúes, ese principal obstáculo para el progreso y el poderío de la India” (Marx, 1853). Estas consideraciones reflejan los atisbos del evolucionismo fatalista que sugiere Marx, obstinado en un discurrir social ya trazado, siendo el modo de producción capitalista el irremediable surgir del socialismo:

Los devastadores efectos de la industria inglesa en la India —país de dimensiones no inferiores a las de Europa y con un territorio de 150 millones de acres— son evidentes y aterradores. Pero no debemos olvidar que esos efectos no son más que el resultado orgánico de todo el actual sistema de producción. Esta producción descansa en el dominio supremo del capital. La centralización del capital es indispensable para la existencia del capital como poder independiente. Los efectos destructores de esa centralización sobre los mercados del mundo no hacen más que demostrar en proporciones gigantescas las leyes orgánicas inmanentes de la Economía política, vigentes en la actualidad para cualquier ciudad civilizada. El período burgués de la historia está llamado a sentar las bases materiales de un nuevo mundo: a desarrollar, por un lado, el intercambio universal, basado en la dependencia mutua del género humano, y los medios para realizar ese intercambio; y, de otro lado, desarrollar las fuerzas productivas del hombre y transformar la producción material en un dominio científico sobre las fuerzas de la naturaleza. La industria y el comercio burgueses van creando esas condiciones materiales de un nuevo mundo del mismo modo como las revoluciones geológicas crearon la superficie de la tierra. Y sólo cuando una gran revolución social se apropie las conquistas de la época burguesa, el mercado mundial y las modernas fuerzas productivas, sometiéndolos al control común de los pueblos más avanzados, sólo entonces el progreso humano habrá dejado de parecerse a ese horrible ídolo pagano que sólo quería beber el néctar en el cráneo del sacrificado. (Ídem.).

La base material, como si se tratara de una entidad material omnipotente –permítaseme el oxímoron– que regula incansablemente cada una de las abstracciones y acciones del ser humano, ha sido, a la par, la base de la teoría marxista. Pareciera que las neuronas de Marx hubieran sido condicionadas por un modo de producción que le encierra en un círculo vicioso, pensando la misma materia que le atormenta y supeditando el mundo social a leyes universales y necesarias (las que él considera). El evolucionismo marxista confundió “las necesidades mecánicas del desarrollo natural con las intenciones y los propósitos de los hombres, que han de valorarse simplemente como resultados de sus pensamientos y de su voluntad” (Rudolf Rocker, 1936). Para entender este silogismo, esta dinámica histórica de la que está convencido Marx, es necesario proseguir con la comprensión de la dialéctica materialista.

La dialéctica materialista es la adoptada por Marx y Engels, llegando incluso a esbozar etapas históricas caracterizadas por el modo de producción, por mor de la apropiación de los medios de producción de una clase social que se superpone como dominante. Marx trazaba una progresión histórica que partía del comunismo primitivo; pasando por la sociedad esclavista y el feudalismo; y originando al capitalismo, el cual llevaba intrínsecamente su propio fin, una lucha de clases histórica concluida con la emancipación a la que conllevaría el irremediable socialismo (la última etapa). La dialéctica materialista, pues, sigue en cierto modo esta progresión teórica: la adoptada por la dialéctica de Hegel en clave material, es decir, considera el dinamismo histórico como una consecución progresiva de fenómenos materiales (tangibles y, por ello, verdaderos/realidad objetiva) que determinan la conciencia humana y sociedad, conformando leyes generales y causales.

Si comparamos la dialéctica de Hegel (caracterizada por la progresión tesis-antítesis-síntesis) con el materialismo dialéctico, concluimos que en esencia continúa fehaciente al idealismo absoluto, a pesar de alardear de cientificisimo objetivo. El conocimiento universal en la filosofía de Hegel (“Espíritu Universal”) constituye el punto final al que necesariamente llegarán los individuos tras una sucesión de proposiciones antagónicas (tesis y antítesis) y sus resoluciones (síntesis). En resumidas cuentas, la dialéctica hegeliana, a la hora de explicar el funcionamiento del pensamiento humano –así como también Hegel trata de explicar el funcionamiento de cualquier porción de realidad bajo este método– considera que existe un conocimiento de la realidad en su totalidad en términos absolutos y universales, el cual será conocido necesariamente a través de un desarrollo progresivo. Así, análogamente, en términos marxistas, el modo de producción y la conciencia de clase determinada originan una sucesión de transformaciones históricas irremediables, debido al antagonismo de clases. Engels en Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana (1886) añade:

Como vemos en Hegel, el desarrollo dialéctico que se revela en la naturaleza y en la historia, es decir, la concatenación causal del progreso que va de lo inferior a lo superior, y que se impone a través de todos los zigzags y retrocesos momentáneos, no es más que un cliché del automovimiento del concepto; automovimiento que existe y se desarrolla desde toda una eternidad, no se sabe dónde, pero desde luego con independencia de todo cerebro humano pensante. Esta inversión ideológica era la que había que eliminar. Nosotros retornamos a las posiciones materialistas y volvimos a ver en los conceptos de nuestro cerebro las imágenes de los objetos reales, en vez de considerar a éstos como imágenes de tal o cual fase del concepto absoluto. Con esto, la dialéctica quedaba reducida a la ciencia de las leyes generales del movimiento, tanto el del mundo exterior como el del pensamiento humano: dos series de leyes idénticas en cuanto a la esencia, pero distintas en cuanto a la expresión, en el sentido de que el cerebro humano puede aplicarlas conscientemente, mientras que en la naturaleza, y hasta hoy también, en gran parte, en la historia humana, estas leyes se abren paso de un modo inconsciente, bajo la forma de una necesidad exterior, en medio de una serie infinita de aparentes casualidades. (Engels, F.; p. 39-40).

Por otro lado, aunque relacionado con toda la teoría anteriormente sintetizada, cabe comprender qué entiende Marx por clase social y sus derivaciones teóricas. Las clases sociales son consideradas realidades objetivas, según el materialismo dialéctico, ya que consisten en un conjunto de personas que comparten idénticas condiciones materiales o económicas. Sin embargo, esta conceptualización de carácter objetivo, estaría relacionada con la llamada “clase en sí”. En cambio, cuando hablamos de “clase para sí”, estaríamos teniendo en cuenta una clase social que tiene conciencia de sí misma, es decir, de sus condiciones y lucha por salvaguardar sus intereses grupales (conciencia de clase). Marx , obcecado por una irremediable revolución que derrocara al modo de producción capitalista, consideraba que la revolución, fruto del antagonismo de clases (intereses materiales contrapuestos entre clases sociales), esta vez llevada a cabo por el socialismo, emanciparía a la clase trabajadora y, por ende, desaparecería la burguesía y toda manifestación de clases sociales. He aquí el Marx para la acción, quien sostenía que la dictadura del proletariado suponía ser el medio oportuno para alcanzar progresivamente una sociedad comunista y, a la par, legitimar un Estado socialista provisional:

El proletariado se valdrá del poder, para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del estado, es decir del proletariado organizado como clase gobernante y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible, las energías productivas. (Marx, K. y Engels, F.; 1848; p 49).

Ante tales resoluciones emerge la contraposición de corrientes anarcocomunistas, desligadas del Estado, proclives a una libre asociación autogestionada y horizontal: ¿cómo se puede pretender emancipar las clases sociales, mientras se les subyuga a una clase gobernante?

Dejando a un lado las consideraciones dialécticas y las resoluciones marxianas, aunque no escindiéndolas, cabe señalar la presencia de una sociología crítica en Marx. Mientras que el liberalismo y la Ilustración en Occidente promulgaban la libertad y la racionalidad, Marx desglosaba una realidad social un tanto diferente. Su diagnóstico del modo de producción capitalista desvela un modelo económico por y para la burguesia, basado en la “explotación del hombre por el hombre”, la acumulación de capital, el fetiche del dinero, la tendencia a crisis cíclicas, la alienación…

La acumulación de capital es una de las máximas fundamentales del modo de producción capitalista. Marx vislumbra las desiguales relaciones de producción que suscita la sociedad moderna; siendo la plusvalía la piedra angular, es decir, la obtención de ganancias y la reinversión de dicho capital en aras de aumentar la acumulación. La versión resumida de El Capital de Gabriel Deville (que fue consultada y consensuada con Marx) nos explica que la acumulación de capital no se limita a “comprar para vender más caro”, sino que este proceso que produce plusvalía radica en la fuerza de trabajo. La posición del trabajador se encuentra activa en el proceso productivo, mientras que el capitalista, propietario de los medios de producción, se apropia de esa capacidad productiva de los trabajadores en pos de maximizar sus ganancias. Para hacer todo esto posible, el capitalista invierte una ínfima parte de sus ganancias en salarios de subsistencia para sus trabajadores, para así mantener constante la circulación del capital.

Además, cabe mencionar las consideraciones de Marx sobre la economía capitalista y sus repercusiones psicosociales. Por un lado, la economía capitalista, sin entrar en profundidad, tiende a crisis cíclicas, originadas por la sobreproducción y el subconsumo, y es incapaz de mantener un crecimiento económico constante (en este sentido Marx no tuvo en consideración las limitaciones ecológicas, cuestión también clave para entender la incompatibilidad del capitalismo con respecto al planeta). Por otro lado, el modo de producción capitalista conlleva a una situación psicosocial de aletargamiento, de pérdida de control del trabajador de su labor, de enajenación y cosificación del trabajo. Si en las sociedades preindustriales el trabajador se hacía cargo de todo el proceso de creación y era consciente del producto que finalmente resultaba, tras la industrialización y estandarización del trabajo, el trabajador comenzaba a convertirse en mera mercancía al servicio de la plusvalía de la que se beneficia el propietario de los medios de producción. Esta mercantilización y cosificación de la mano de obra, junto con la enajenación del trabajador asalariado para con el proceso productivo, en términos marxistas, se hace llamar alienación.

BIBLIOGRAFÍA

  • Engels, F., Engels, F. and Marx, K. (2006). Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana y otros escritos sobre Feuerbach. 1st ed. Madrid: Fundación Federico Engels.

  • Marx, K. and Deville, G. (2008). El capital. 1st ed. Madrid: Diario Público.
  • Oltra, B., Mantecón, A., Garrigós, J., Oltra, C. and Real, M. (2005). El argumento de la sociología. Alicante.
  • Oltra, B., Miguel, J. and Galtung, J. (2004). Sociedad, vida y teoría. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.
  • Rudolf Rocker, (1936). Nacionalismo y cultura, primera edición cibernética de 2007. Libro primero.
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