El Individual Colectivo: Un ensayo sobre el individualismo en las sociedades posmodernas

El ensayo que comparto a continuación, debido a la consecución de explicaciones que engloba unas sobre otras, siendo cada una esencial para comprender la totalidad de la cuestión, se va a publicar en un único artículo. Se titula El individual colectivo: Un ensayo sobre el individualismo en las sociedades posmodernas. Ha sido trabajado y redactado por Antonio Cantó Gómez y Rafael Carrió Pérez, finalizado el 24 de enero 2017.

Insistimos en que este ensayo es aproximativo y, en base a la recopilación bibliográfica y reflexión más humana e incesante, se han llegado a ciertas conclusiones y conceptos, aun por revisar, complementar y perfeccionar. Esperamos que os sirva de alguna utilidad.


ÍNDICE DE CONTENIDOS:

INTRODUCCIÓN
1.-Objetivo del ensayo
2.-Hipótesis y conceptos

CAPÍTULO 1: Historia y cultura
1.1-Cronología de los periodos históricos: sociedad tradicional, moderna y posmoderna
1.2-Sistema mundo y globalización
1.3-Estado moderno y sistema económico
1.4-Pensadores influyentes del individualismo
1.5-Cultura de masas y el desarrollo
1.6-Modernidad líquida o segunda modernidad

CAPÍTULO 2: El individualismo ficticio
2.1-El individualismo ficticio

CAPÍTULO 3: El eterno debate
3.1-Sociedad V.S. Individuo
3.2-Estructura y Reduccionismo
3.3-Las nuevas tecnologías y su impacto en la sociedad
3.4-El egoísmo racional como base del individualismo ficticio

CAPÍTULO 4: El individual colectivo
4.3-El individual colectivo

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

INTRODUCCIÓN

Era un tiempo de crisis para las burocracias estatales y las tradiciones morales, de globalización del comercio, de tráfico de drogas, de rápida industrialización que se extendió por el mundo, de misiones religiosas, de campesinos empobrecidos, de crisis de las familias y comunidades, de bandidos locales y ejércitos internacionales, de difusión de la imprenta y analfabetismo generalizado, un tiempo de incertidumbre y desesperanza, de crisis de identidad. Era otro tiempo. ¿O no lo era? (Manuel Castells, El poder de la identidad).

Objetivo del ensayo
El individualismo que lleva extendiéndose desde la ideología de las luces hasta la posmodernidad (la prolongada modernidad…), ¿supone o ha supuesto ser la panacea del individuo y su libertad? Esta es una de las preguntas principales que engloba nuestro ensayo que, de una forma aproximativa y sintética, hemos intentado abordar.

Partimos desde una perspectiva histórica y estructural para comprender los fundamentos característicos de la realidad sociocultural, política y económica del siglo XX y XXI; en concreto, la que ha acontecido en buena parte de Occidente, expandiéndose por el resto del mundo como consecuencia de la globalización. A la postre, retomamos la pregunta que planteamos al principio, desarticulando la retórica y creencia imperante que rige nuestras sociedades contemporáneas y cuestionando el discurso que gira en torno al individuo y la libertad de este.

Cabe resaltar que, debido a la extensión que sugiere el tema en cuestión, nuestro trabajo consiste en un ensayo, en parte, esquemático; donde el lector en cuestión encontrará una aproximación a los problemas que encierran la cultura, el sistema político-económico y la identidad individual y colectiva de nuestros días.

El “eterno debate” entre individuo y sociedad todavía no ha sido resuelto y, por ello, una perspectiva holística de la realidad social y sus elementos se torna necesaria, tanto para la sociología como para la propia praxis humana para con su entorno. El “Individual Colectivo” es el término que da nombre a nuestra perspectiva que, aunque no represente ningún enfoque que no haya sido ya trazado por otros teóricos preocupados por estas cuestiones, resalta y destaca la urgencia y necesidad imperiosa por replantear el debate y reflejar las contradicciones a las que se enfrenta.

Hipótesis y conceptos
A continuación presentamos las hipótesis y cuestiones sobre las que hemos construido el ensayo:

1.- ¿Existe en el sistema sociopolítico actual la “libertad para”?
2.- ¿Cabe la posibilidad en la actualidad de que los individuos sean partícipes de la actividad política?
3.- Los individuos de las democracias occidentales viven en una ficción de libertad e identidad sostenida en parte por el individualismo.
4.- ¿Qué factores caracterizan a la ficción de la libertad y la identidad?

Para facilitar la lectura y comprensión del ensayo, en primer lugar vamos a definir los conceptos esenciales en torno a los que gira el trabajo y que se repetirán a lo largo de este.

  • Individualismo ficticio: un tipo de individualismo distorsionado, imperante en las sociedades occidentales actuales y que tanto los individuos como el sistema sociopolítico sostienen. Este individualismo ficticio se basa en la carencia de libertad positiva, el desprecio a lo colectivo y la pérdida de la identidad.
  • Ficción: hace referencia al estado en el que instituciones e individuos se relacionan en la actualidad.
  • Libertad negativa: este concepto de carácter psicosocial lo extraemos de El miedo a la libertad, de Erich Froom. Consiste en la liberación del ser humano de los vínculos primarios que le unía con el mundo. La libertad negativa es el resultado del proceso de “individuación”, a través del cual el ser humano se encuentra separado e independiente. Esto puede desembocar en la impotencia e inseguridad del individuo, refugiándose en mecanismos de evasión destructivos y/o autodestructivos. O, por el contrario, si se adhiere a una libertad positiva, el individuo puede desarrollarse en armonía para con la sociedad.
  • Libertad positiva (o “libertad para”): este concepto, como contrapartida, hace referencia a la libre autoafirmación del individuo para con los otros, es decir, requiere de unas condiciones sociales que posibiliten el desarrollo espontáneo de las identidades humanas en sociedad.
  • Individual colectivo: teoría central del ensayo según la cual, los individuos han de superar el individualismo ficticio de las sociedades actuales para poder regir políticamente la colectividad sin perder la individualidad, superando el debate sobre si la sociedad o el individuo son prioritarios.

CAPÍTULO 1: HISTORIA Y CULTURA

Historia: sociedad tradicional, moderna y posmoderna. Cronología de los periodos históricos
Dado que nuestro ensayo se centra en la posmodernidad y su tendencia a la individualización, nos es necesario hacer un pequeño repaso de los periodos históricos anteriores a la posmodernidad y como la han afectado. Lejos de tratarse de un contexto histórico, en este capítulo repasaremos las principales características de cada periodo histórico que creemos relevante y los factores que provocaron el cambio al siguiente. En primer lugar vamos a establecer los periodos históricos que vamos a tratar.

Entendemos por sociedad tradicional la sociedad previa a la revolución francesa, la sociedad del antiguo régimen. La sociedad moderna abarca todo el siglo XIX y todo el siglo XX hasta la caída del comunismo. Por último, la sociedad posmoderna comprende desde el inicio de los años noventa hasta la actualidad donde extiende su mayor influencia.

En la sociedad tradicional propia del antiguo régimen el individualismo como tal no existía. Las sociedades eran agrarias y todos los poderes residían en la monarquía absoluta de derecho divino. La cultura solo estaba al acceso de una ínfima parte de la población y el trabajo manual era de carácter artesanal. En estas circunstancias y en relación a las teorías de Durkheim o Tönnies, existía un fuerte sentimiento de colectividad y unidad, sostenido por la tradición. Existía la desviación pero era poca.

El paso de las sociedades tradicionales a la modernidad viene marcado por la revolución francesa en 1789. A partir de este momento las monarquías absolutistas empiezan a caer, algunas como la rusa conseguirá durar hasta el siglo XX, y las democracias parlamentarias se abren paso. En la sociedad moderna, la división del trabajo sustituye a la artesanía y los valores de unidad y comunidad empiezan a difuminarse con el auge del capitalismo industrial. La cultura y la enseñanza empiezan a estar al alcance de un mayor número de individuos

El inicio del siglo XX marca un punto de inflexión ya que durante la primera mitad ocurren dos hechos capitales. Uno es la involución que sufren países como Italia, Alemania o España con el ascenso de regímenes dictatoriales que acaban con la mayoría de los derechos que se habían conquistado desde la revolución francesa. El otro son las dos guerras mundiales que asolan no solo Europa sino el mundo entero, provocando una magnitud de destrucción hasta entonces desconocida.

En el imaginario colectivo, el individualismo que hoy conocemos empieza a fraguarse con el fin de la Segunda Guerra Mundial y el inicio de la guerra fría. La veintena de años que comprende 1950-1970 son los años dorados del capitalismo y el sueño americano en el bloque occidental. Europa aún se encuentra recuperándose de la miseria que ha dejado la Segunda Guerra Mundial mientras que Estados Unidos, lejos ya del fantasma del crack del 29, se encuentra en su cénit, su época dorada.

Las modas, la sociedad de consumo y muchos de los valores característicos del mundo occidental actual tienen su origen en este periodo. Valores como que el individuo está por encima de la sociedad o de que la sociedad no es más que un conjunto de individuos y para nada los moldea. A su vez, las religiones pierden fuerza en favor de una creciente secularización de la sociedad. En Estados Unidos el capitalismo se convierte en una especie de nueva religión. Conviene recordar lo que dijo Alexis de Tocqueville un siglo antes sobre el país americano: “[…] No conozco un país donde el amor al dinero ocupe un lugar tan amplio en el corazón del hombre y donde se profese tanto desprecio por la teoría de la igualdad permanente de bienes”.

No obstante, también son años de rebelión e inconformismo. En la década de los 60 surgen los movimientos por los derechos civiles de las minorías en EE.UU., la oposición contra la guerra del Vietnam o las revueltas en los países satélite de la URSS que exigían mayor democracia.

La caída del comunismo y el fin del bloque soviético supone la eliminación de cualquier posible alternativa y la asimilación por parte de todo el mundo de los valores del primer mundo.

Con el inicio de los años noventa entramos en la última etapa y objeto de nuestro estudio: la posmodernidad o segunda modernidad.

Sistema mundo y globalización
La historia humana ha desembocado en lo que hoy por hoy podemos denominar sociedad moderna, inclusive observamos una segunda transformación social que suele teorizarse como posmodernidad (“segunda modernidad” o “modernidad líquida”). Empero, si nos ceñimos a comprender los aspectos político-económicos mundiales, así como el andamiaje sociocultural que han llevado consigo, quizá sea preciso detenernos a estudiar todo ello desde un enfoque estructural como el que enhebraron autores como Wallerstein, Arrighi o Braudel: el “sistema-mundo”.

En términos generales, el sistema-mundo –y concretamente el moderno y capitalista consiste en una realidad social, política y económica concreta que infiere a escala mundial, conllevando a un funcionamiento estructural y dominante que marca las pautas y reglas del juego en la vida humana. En el caso que nos ocupa, el sistema-mundo moderno se ha visto impulsado por diversos acontecimientos y se ha servido de mecanismos que han fortificado la vigencia de una estructura económica basada en la acumulación del capital, es más, en una irremediable polarización social en pos de la privatización del beneficio.

Desde el mal nombrado “descubrimiento de América” (con tal de asignar un punto de partida), teniendo también en cuenta los avances en medios de transporte y el aumento de transacciones comerciales entre países, se ha trazado una progresión histórica conjunta a nivel mundial (una considerable interconexión e interdependencia que empapa el globo).

Giovanni Arrighi, por ejemplo, nos proporciona una recopilación de periodos históricos (basados en “largos siglos”, distintos a los seculares) propios del sistema-mundo capitalista, por el cual el funcionamiento estructural ha sufrido fluctuaciones en torno a la hegemonía mundial de los distintos Estados o Imperios históricos existentes desde el s. XV. Pueden identificarse cuatro “ciclos sistémicos de acumulación”:

un ciclo genovés, que se extendió desde el s. XV hasta principios del siglo XVII; un ciclo holandés, que duró desde finales del siglo XVI hasta finales del siglo XVIII; un ciclo británico, que abarcó la segunda mitad del siglo XVIII, todo el siglo XIX y los primeros años del siglo XX, y un ciclo americano, que comenzó a finales del siglo XIX […]. (Arrighi, G.; 1994; p. 19).

Sin desviarnos del tema central, cabe mencionar, pues, qué tipo de progresión y qué distribución es característica de la economía y política mundial, qué particularidades representa hasta día de hoy el sistema-mundo.

Una de sus particularidades, además de la globalidad e internalización que supone, es la que se refiere al conflicto y ejercicios de dominación promulgados desde los países centrales hacia los países periféricos y semiperiféricos. Estos ejercicios consisten –o al menos han consistido– en relaciones desiguales económicas, donde, concretamente en la modernidad, los países del Norte han sacado tajada de materias primas de países del Sur, así como también han salido ventajosos en aspectos financieros gracias al endeudamiento.

Antes de adentrarnos a escudriñar en qué consiste lo que denominaremos como sistema capitalista, cabe mencionar una eventualidad decisiva en el proceso de autoafirmación de la estructura económica mundial y que ha inundado completamente la vida humana por fuerzas mayores: la globalización.

La globalización tomó relevancia a partir de los años 80, junto a las políticas neoliberales empecinadas en rebasar toda barrera sociocultural con su retórica unívoca. El proceso ha consistido en la creación de unos lazos entre los Estados de los distintos países del mundo, aumentando la interdependencia entre ellos y originando un mercado mundial en común.

Además, este proceso se ha visto con el impulso de los avances tecnológicos e informacionales (como el caso de Internet). En este sentido, podemos hablar de la importancia que tiene la transición a una “sociedad informacional” (tal y como Manuel Castells sugiere), donde las limitaciones o barreras que suponía el espacio y tiempo son disueltas con las nuevas tecnologías, posibilitando relaciones interpersonales, comerciales, etc., desde la distancia y en la cuasi-inmediatez; conformándose así una “red informacional” a nivel mundial.

Estado moderno y capitalismo actual
En el mundo occidental actual las democracias se articulan entorno al parlamentarismo, la separación de poderes (aunque en casos como el español se deduce todo lo contrario), el estado de bienestar y la concesión de derechos a sus ciudadanos mediante una constitución.

En cuanto al sistema económico, nos encontramos con un capitalismo muy diferente del que teorizo Marx. El capitalismo industrial ha muerto para dar a luz al capitalismo financiero y gerencial. Un nuevo tipo de economía basada en la ficción y en enormes empresas financieras que especulan en bolsa y mueven millones sin producir nada. El clásico emprendedor y pionero sminthiano ya no existe, ahora son los consejos administrativos, la junta de accionistas y los ejecutivos profesionales quienes dirigen la empresa; teniendo como objetivo la mayor eficiencia posible a corto plazo.

Uno de los fundamentos cruciales del sistema capitalista, sin entrar en profundidad, es la acumulación de capital, así como la competitividad en el ámbito económico.

Pensadores influyentes del individualismo
A continuación exponemos una breve síntesis del pensamiento de algunos de los autores del individualismo más influyentes así como los que sentaron las bases del sistema sociopolítico actual.

En primer lugar tenemos a la Ilustración Francesa. Compuesta por pensadores como Voltaire, Montesquieu o Rousseau. Suyas son las ideas de la separación de poderes y el contrato social, conceptos en los que se articulan las democracias parlamentarias actuales.

La separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial en tres entidades separadas es la base de las democracias modernas y el fin del absolutismo en el que un solo individuo concentra todos los poderes en su persona.

Resultaría chocante pues, que se mencionase en esta parte a Thomas Hobbes, uno de los más fervientes defensores del absolutismo. No obstante la contradicción puede ser explicada en ciertas actitudes que desarrollan los individuos en la actualidad. Hobbes en su obra Leviatán, o La materia, forma y poder de una república eclesiástica y civil argumentaba que la única manera posible de mantener la paz social y la unidad era mediante un estado fuerte y represor (el leviatán), cuyos castigos la gente temiese y por ello desistiría de desviarse o cometer crímenes, ya que según Hobbes el hombre era malvado por naturaleza en contraposición a lo que afirmaba Rousseau. Por primera vez el absolutismo se justificaba no con un argumento religioso o teológico sino con uno utilitarista o materialista. ¿Qué relación guarda entonces la perspectiva hobbsiana con el comportamiento individual actual? En el imaginario colectivo de las democracias parlamentarias actuales ha arraigado con fuerza la idea, sobre todo en momentos de crisis, de que se necesita un estado fuerte que imponga la ley y pueda mantener el orden. El caso más reciente lo podemos encontrar en el auge del nuevo terrorismo yihadista y las oleadas de atentados en Europa, los individuos han demostrado estar más que dispuestos a sacrificar cuantas libertades sean necesarias para garantizar la “seguridad”. Así pues en Francia se ha postergado casi de forma indefinida (y aún se sigue haciendo) un estado de cuasi excepción permanente donde la policía puede saltarse leyes constitucionales y espiar a individuos sospechosos de terrorismo o asaltar sus casas si es necesario. Ni que decir que en la era Bush post 11-S llegaron a existir listas negras de individuos sospechosos o también, los recientes escándalos de espionaje a miles de ciudadanos norteamericanos destapados por el ex agente de la CIA Snowden. Sin embargo estos hechos no provocan tanta indignación ni sacan a la gente a las calles como si lo hacen la corrupción de tipo económico o los atentados terroristas en si. Es algo asumido y endémico, la necesidad de que para estar seguros tenemos que ser un poco menos libres. No es solo eso, esta concepción reside a su vez en que las democracias parlamentarias cada vez son más indirectas. Cada vez se delega más a los políticos y la gente va a las urnas con la mentalidad de que: deposito mi voto para que un individuo se ocupe de mis problemas políticos durante cuatro años (o los que correspondan a cada legislación) y me desentiendo totalmente de la política salvo cuando veo las noticias mientras ceno. Volviendo a los autores destacados del individualismo, en una clave mucho más humanista que Hobbes, John Locke propuso un contrato social entre individuos y estado para formar la sociedad.

Para Locke el derecho a la libertad (en el sentido civil y económico) y a la propiedad eran esenciales, garantizarlos en una sociedad natural sería imposible por lo que los individuos debían renunciar a parte de su libertad natural para poder vivir en sociedad. Similar a Locke, otros dos pensadores angloparlantes, David Hume y John Stuart Mill plantearon cuestiones similares que a día de hoy forman parte del colectivo imaginario de todas las sociedades occidentales. El empirismo, la doctrina epistemológica que en oposición al racionalismo, asegura que todo nuestro conocimiento procede de las experiencias percibidas por nuestros sentidos. En materia económica, el escocés Adam Smith estableció los pilares que dieron lugar a la llamada economía clásica y a la moderna teoría económica en su obra Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones. Smith fue uno de los primeros teóricos sobre el capitalismo y la naturaleza del egoísmo como motor de la sociedad. Según Adam Smith los individuos, movidos por fines egoístas (ahorrarse el trabajo desagradable, ganar más dinero…) generan un beneficio para la sociedad proporcionando bienes y servicios. Esta tesis junto con la idea de que el estado nunca debe intervenir en economía han sido según Giovanni Arrighi en su libro Adam Smith en Pekín malinterpretados y tergiversados. Esta idea del egoísmo y la nula intervención estatal se la adueñó la ideología neoliberal a mediados de los años setenta y basándose en su propia interpretación, impusieron una serie de medidas económicas, políticas y sociales que acabaron con muchos servicios públicos y supusieron un gran paso atrás en el avance de la democracia. El egoísmo sminthiano perdura a día de hoy en las sociedades occidentales, deformado y lejos del espíritu original. Gracias a la retórica neoliberal, ha alcanzado la categoría de “sentido común”, guiando muchas de las acciones cotidianas que emprenden los individuos y haciendo que estos muestren repulsión al concepto de altruismo (“Nada sale gratis”). Por último, una de las ideas más enraizadas en las sociedades modernas es la creencia del progreso lineal histórico, queriendo decir que el mundo y las sociedades avanzan a mejor siempre en un proceso cuyo fin supondrá la perfección humana (Utopía). El origen de este concepto es diverso, aunque podemos localizar la fuente en el positivismo y el idealismo alemán. El positivismo fue un sistema filosófico desarrollado por Auguste Comte según el cual la ciencia es la única forma válida de conocimiento y la sociedad debe regirse por ella, hecho que la llevará al progreso. Por su parte, el idealismo alemán tiene que ver con los postulados de Kant y Hegel. Este último desarrollo la idea del Espíritu Universal (Der Geist) que suponía que mediante el proceso de tesis y antítesis (acción y reacción) los humanos evolucionarían de forma lineal en un proceso histórico que culminaría con la llegada a la perfección y al absoluto conocimiento, el Geist. Posteriores pensadores como Karl Marx heredarían esta concepción filosófica. La concepción de progreso lineal es algo tan asumido que ha servido al sistema actual para perpetuarse, creando una ficción en la que los individuos no tienen o no pueden ejercer realmente la libertad positiva, y donde llevar a cabo grandes recortes en las libertades y derechos socioindividuales.

Cultura de masas y el desarrollo
La conformidad social respecto a aspectos políticos, económicos y culturales nunca había estado presente con tanta facilidad en el imaginario colectivo.

A lo largo de la historia, el poder político-económico ha tenido sus estrategias características basadas, sobre todo, en la fuerza militar y, aun así, sin conseguir una efectividad clara y duradera (la inestabilidad y el conflicto social han sido constantes). Sin embargo, pese a que las estrategias militares no hayan cesado, las circunstancias son un tanto especiales: la seducción que provoca una sociedad de consumo, una cultura anquilosada en el mercado y unas preferencias humanas volátiles y efímeras; dan una legitimidad especialmente vaga al incuestionable estado de cosas existentes.

Los países occidentales, sobre todo, se han visto embaucados por una lógica consumista, arrastrando consigo al resto del mundo y sus culturas. Esto quiere decir que el objeto principal del hecho de consumir es el consumo en sí mismo, la propensión social al compulsivo consumo en un mercado inabarcable y repleto de posibilidades, más allá de las necesidades básicas para la subsistencia.

Si nos encontramos con la dificultad de encontrar un motivo racional en la constante acumulación de capital para obtener más capital –una de las bases primordiales del sistema-mundo capitalista–, de un modo u otro observamos una irracionalidad proyectada en el consumo, en aras de retroalimentar el proceso productivo imperante.

Así pues, Occidente se nos manifiesta con una cultura anquilosada en el consumismo que, en palabras de Theodor Adorno, se ha divinizado en cuanto neutralizada y cosificada. Esto quiere decir que, además de lo compulsivo que supone ser el consumo, también a la par el mercado junto a sus mecanismos publicitarios (la gran “industria cultural”) se han encargado de estancar e inmovilizar la cultura en este aspecto.
Ante esto, podríamos dar por sentado el significado de cultura y entender las circunstancias de una sociedad como la actual como “naturales” y propias. Sin embargo, cabe preguntarnos: ¿En qué consiste la cultura? ¿Cuál ha sido su progresión para con el mundo?

En términos generales, la cultura podemos entenderla como aquellos elementos sociales, simbólicos o prácticos, que son puestos en común en una sociedad concreta. Elementos culturales provenientes de la propia interacción humana que adquieren en un determinado momento una significación social concreta (de utilidad, representatividad, etc.). Sin embargo, la progresión que ha llevado a cabo la cultura no se ha limitado a la mera interacción humana, espontánea y creativa para con el mundo. Por contra, ha tropezado históricamente con los vestigios y estructuras sociales, políticas y económicas; originando una cultura que, lejos de interiorizarse como un fideicomiso o legado en constante transformación individual y colectiva, se ha petrificado en la tradición y ha seguido las lógicas de la dominación política.

Tanto el Estado, en su pretensión por delimitar las interacciones y organizaciones humanas, como el sistema capitalista, cosificando y anquilosando la vida social en el mercado; han conllevado a una realidad cultural poco definida o fluida y, sobre todo, a penas definida por los propios individuos que la sostienen.

La accidentada cultura que hoy en día hace sentencia en Occidente, es la misma que durante siglos ha tratado de expandirse por el resto del globo terráqueo. El colonialismo y, es más, la retórica del desarrollo y del crecimiento económico (en auge desde los años 80), han tratado de arrasar con aquellos países que “no estaban a la altura”, bajo la aplicación de políticas económicas “liberalizadoras” y la presión incesante de una “cultura” dominante.

Modernidad líquida o segunda modernidad
Posmodernidad, segunda modernidad, sociedad del riesgo o modernidad líquida son conceptos que describen las características propias de la sociedad que abarca desde en torno los años 90 hasta nuestros días. Cada uno de ellos postula diversas características socioculturales propias de este periodo, las cuales debiéramos tener en cuenta, aunque, no obstante, escogeremos en especial las aportaciones de Zygmunt Bauman sobre “la modernidad líquida” por su gran contribución teórica con respecto al individuo y la globalización.

Si la historia humana ha tendido a una cada vez mayor individualización de las relaciones sociales, podríamos afirmar que la posmodernidad representa uno de los momentos más decisivos en ese sentido, así como más contradictorios con respecto a la libertad e identidad humanas.

En el periodo de posguerra, lo que conocemos como “los 30 gloriosos”, representaba una época donde el orden era el leitmotiv social, donde las relaciones, conductas y preferencias humanas adquirían un carácter sólido y firme. De algún modo, la vida se encontraba estandarizada. La familia, el capital y el trabajo, la actividad política, etc.; todo ello se concentraba en un conjunto de hechos y acontecimientos sociales probables, regulares y, por ende, predecibles. Se trata de un periodo caracterizado por un “capitalismo pesado”, poco flexible y que proporcionaba un discurso (dominante) ordenado.

Sin embargo, la posmodernidad está caracterizada y, a su vez, es consecuencia de un “capitalismo liviano” y flexible: basado en un discurso que se escurre como agua entre las manos.

En primera instancia, un tipo de individualización azota a la sociedad. Las circunstancias socioculturales son fluidas y no adquieren algún estándar que sea dispar al de la diversificación e incremento de supuestas oportunidades y posibilidades para ser, estar y hacer. Las libertades humanas adquieren una significación acoplada al sistema económico y político, que giran en torno al consumo y a sistemas de vida fortuitos, fugaces y sujetos a las consecuencias de vivir en lo que Ulrich Beck denomina como una “sociedad de riesgo”.

El riesgo y “cortoplacismo” (como destaca Richard Sennet en La corrosión del carácter) de nuestros tiempos, ocasionados por lo inestable y polarizador de la economía mundial, ha sido uno de los motivos primordiales de la individualización y fugacidad en la vida social.

Un entorno sin miras en “el largo plazo” o el porvenir (la actitud de Keynes respecto al futuro ya nos advirtió de esta praxis ahora generalizada: “A largo plazo todos estaremos muertos”) conllevan a la fragilidad y flexibilidad de las relaciones, conductas y preferencias sociales. De este modo, el individuo, pese a que se encuentre liberado de la solidez y le aguarde un mundo repleto de oportunidades, tal liberalización o emancipación se torna contraproducente para consigo mismo en un entorno competitivo y con un riesgo de alcance estructural.

La cuestión que nos atañe, lo que trataremos posteriormente, consiste en el desarraigo del individuo de los patrones sociocultares de la prematura modernidad, cuasi-inamovibles, que ha implicado la dificultad e imposibilidad de rearraigarse a un determinado sistema de vida, a una red de lazos mutuos en una “sociedad de individuos”. Antes de adentrarnos al meollo del asunto, Bauman nos lanza un primer aviso:

“Los riesgos y las contradicciones siguen siendo producidos socialmente, solo se está cargando al individuo con la responsabilidad y la necesidad de enfrentarlos” (2000, p. 39).

CAPÍTULO 2: EL INDIVIDUALISMO FICTICIO

El individualismo ficticio
En el apartado de conceptos ya definimos brevemente lo que entendemos por individualismo ficticio. Una ideología distorsionada del individualismo tradicional. Este individualismo ficticio se ha convertido en la ideología sustentadora del sistema, imponiendo una ficción de sociedad en vez de una sociedad para sí misma, hecha a sí misma.

Este individualismo ficticio opera imponiendo a los individuos el desprecio por cualquier cosa relacionada con lo colectivo, demostrándoles que la sociedad no es más que una suma de intereses individuales y que el egoísmo es el motor de la historia. El egoísmo pasa a convertirse en la virtud (una especie de egoísmo, si se le puede llamar así) de todo individuo. Las otras características de la ficción son la pérdida de la identidad y la falta de libertad positiva.

La pérdida de identidad o, quizás, la ambigüedad que se produce en torno a ella en la posmodernidad, genera una individualidad ilusiva. Según Bauman, prevalece el individuo de iure frente al individuo de facto.

El individuo de iure es aquel que por derecho, por todo un entramado jurisdiccional, es considerado como libre e independiente. Sin embargo, esto no otorgaría necesariamente identidad y capacidad de acción al individuo, es decir, no lo convierte en un individuo de facto.

Ambos conceptos tienen relación directa con la libertad positiva y libertad negativa. Por un lado, la libertad negativa consiste en la separación del ser humano de sus lazos primarios (aquellos que le otorgan seguridad en su educación más primaria, en su proceso de individuación), obteniendo conciencia de sí mismo, de independencia con respecto al mundo.

La libertad negativa (de significación psicosocial), pues, podríamos decir que se torna análoga a la instauración de una individualidad de iure (en sentido político), por la cual no se asegura la identidad como tal, ni tan ni siquiera la libertad.

Así pues, la libertad positiva supondría ser la vía que posibilitaría la constitución del individuo de facto. La libertad positiva consiste en aquella “libertad para”, por la cual el individuo encuentra en su entorno social las condiciones necesarias y adecuadas para desarrollar su identidad, su capacidad creativa para con los otros, su dominio en la esfera pública y privada, sin peligro de hundirse en la impotencia, inseguridad e insignificancia vital.

No obstante, el problema radica en la supremacía de un individualismo ficticio y un sistema político-económico que no garantiza ni la libertad ni identidad individual. La libertad negativa no ha tenido un refuerzo positivo y la ilusión reside en el individuo de iure, incapaz de ser de facto. Citando a Bauman:

El abismo que se abre entre el derecho a la autoafirmación y la capacidad de controlar los mecanismos sociales que la hacen viable e inviable parece alzarse como la mayor contradicción de la modernidad fluida –una brecha que por ensayo/error, reflexión crítica y abierta experimentación, debemos aprender a enfrentar colectivamente–. (Bauman, Z.; Modernidad líquida).

CAPÍTULO 3: EL ETERNO DEBATE

Sociedad V.S. Individuo
La eterna dicotomía entre qué viene antes, si la gallina y el huevo, si la sociedad o el individuo, es y sigue siendo uno de los debates fundamentales de la sociología y otras disciplinas de las ciencias sociales.

Puede parecer que en el contexto de la posmodernidad, esta cuestión ya no tenga tanta importancia y que a la sociología ya no le interese desde que abandonó los grandes estudios macro en favor de un acercamiento más microsociológico a la realidad social.

Sin embargo, el individualismo exacerbado que se profesa en la sociedad actual es en parte consecuencia de la tensión no resuelta de este debate. Conviene repasar algunas de las perspectivas de los sociólogos más importantes para contextualizar la importancia que tiene en nuestro ensayo.

Los primeros sociólogos como Auguste Comte o Alexis de Tocqueville estaban fuertemente influenciados por el positivismo (doctrina desarrollada por el propio Comte) así que consideraban a la sociedad como algo superior al mero individuo.

La tendencia a considerar a la sociedad como prioritaria también la heredaron los sociólogos del siglo XIX, alejados ya de la influencia del positivismo. En este grupo entran Karl Marx o Émile Durkheim. Este último teorizó que las modernas sociedades industriales habían conseguido generar una solidaridad de grupo orgánica gracias a la división del trabajo.

La llegada del siglo XX hace que las perspectivas cambien. Max Weber considera que la sociedad la conforman los individuos mediante sus acciones individuales.

La resolución al debate individuo-sociedad sugiere que tanto el individuo como la sociedad infieren entre ellos, es decir, la totalidad que representa la sociedad condiciona y origina al individuo tal y cómo es y, a la par, este último –que supone ser la unidad, un elemento del conjunto social– condiciona, mantiene y transforma la sociedad bajo su capacidad de acción en un determinado momento y espacio concreto. Sin embargo, cabe recalcar una diferenciación entre sociedad y asociación que, en términos stirnerianos, suponen ser conceptos dispares. Max Stirner sostiene que la Sociedad consiste en una conceptualización por una tercera persona o fuerza que impone un conjunto uniforme de individuos conexos. Sin embargo, la asociación trata de vincular individuos, crea relaciones sociales en constante cambio y no se estanca en un ideal fijo y sagrado. La Sociedad solo se puede sustentar por un poder ajeno al nuestro, un poder constructor de derechos universales y no concretos y específicos: “Nuestras sociedades y nuestros Estados existen, sin que otros los hagamos, pueden aliarse sin que haya alianza entre nosotros; están predestinados y tienen una existencia propia, independiente; frente a Vosotros, los egoístas, son el estado de cosas existente e indisoluble” (Stirner, M.; El único y su propiedad). La noción estática que tenemos del mundo, basada en el autoritarismo, en la existencia del Poder por encima de nuestras relaciones y nuestra unicidad vital nos conlleva a creer inconscientemente en el Estado, la Nación, Patria, Rey, etc. Pero, sin ir más lejos, también puede conllevar a la creencia en la Sociedad como ente alzado, hasta el punto en el que ciertos movimientos siguen perpetuando la religiosidad, la creencia en el sacrosanto derecho de una Sociedad a penas existente –más allá de la asociación, de la constante interacción y organización humana–. Stirner arguye que:

“La palabra Gesellschaft (Sociedad) tiene por etimología la palabra Saal (sala). Cuando en una sala hay varias personas reunidas, esas personas están en sociedad. Están en sociedad, pero no constituyen la sociedad; constituyen, cuando más, una sociedad de salón. En cuanto a las verdaderas relaciones sociales, son independientes de la sociedad; pueden existir o no existir, sin que la naturaleza de lo que se llama sociedad sea alterada. Las relaciones implican reciprocidad, son el comercio (commercium) de los individuos. La sociedad no es más que la ocupación en común de una sala; las estatuas, en una sala de museo, están en sociedad, están agrupadas. Siendo tal la significación natural de la palabra sociedad, se sigue de aquí que la sociedad no es la obra de Ti o de Mí, sino de un tercero; ese tercero es el que hace de nosotros compañeros y es el verdadero fundador, el creador de la sociedad”. (Ídem).

Estructura y Reduccionismo
¿Individuo como responsable o víctima? Ni lo uno ni lo otro.

En torno a este problema teórico o metodológico, referido a la posibilidad de cambio y la relación totalidad-unidad, las ciencias sociales se han visto inmersas y, bajo estas dicotomías, podemos diferenciar dos perspectivas contrapuestas: el estructuralismo y el individualismo metodológico. El primero hace referencia a un enfoque que otorga mayor relevancia al conjunto ordenado y funcional de la sociedad que a la acción individual, de la que se nutre la segunda perspectiva.

La concepción de estructura en las ciencias sociales, además de asemejarse metafóricamente a la idea de durabilidad o resistencia como dijo J. L. Sampedro: “Lo que dura es estructura, lo demás es coyuntura”, supone esencialmente la importancia que adquiere la totalidad o conjunto social con sus correspondientes atributos sistémicos (sus características materiales, institucionales, idiosincráticas…), por encima de las unidades independientes que lo componen, es decir, de los individuos.

Estas unidades no son independientes en sentido estricto, si acaso, de forma observacional y, aun así, se encuentran adheridos a relaciones con la totalidad social, ya que los elementos del conjunto social se encuentran en recíproca dependencia, conectados unos con otros y, por tanto, proclives a relaciones de causa-efecto.

Este principio de interdependencia es capaz de unir el conjunto social con el individuo, constatando la siguiente premisa sociológica: el individuo es fruto de la sociedad y viceversa. En comparación con el estructuralismo, el individualismo metodológico se muestra reduccionista, trata de explicar los procesos sociales como resultado de decisiones individuales independientes. Este enfoque ha sido bastante utilizado en la economía. De resultas obtenemos un enfoque que, ante la posible divergencia que adquiere con la prioridad holística o estructural, no nos transmite nada nuevo que no pueda tener en cuenta una visión estructuralista de la sociedad.

Aquí entra en consideración lo que hemos tenido a bien de llamar, la perspectiva reduccionista. La perspectiva reduccionista o simplemente llamada reduccionismo no tiene que ver con argumentaciones o teorías parciales. El reduccionismo es uno de los medios principales del individualismo ficticio para perpetuarse en la sociedad. Como hemos aludido al principio del capítulo, este concepto consiste en que el sistema, regido por el individualismo ficticio, responsabiliza a los propios individuos de los fallos estructurales inherentes al sistema y a su ideología sustentadora (en este caso, el individualismo ficticio).

Además, a los individuos se les condiciona con la idea de que la pobreza, el problema ecológico o la exclusión social son males que pueden arreglar mediante pequeñas acciones individuales. De este modo los individuos, sintiéndose responsables de los errores del sistema, alivian su culpa emprendiendo acciones a pequeña escala para tratar de mitigar estos fallos.

Esto no significa el descredito de esas acciones individuales a pequeña escala. El reduccionismo no quiere decir que el sistema sea responsable de todos los males y que el individuo sea una mera víctima frente al estado existente. Sencillamente, se refiere a que responsabiliza a los individuos de fallos que ellos no han originado y que no pueden solucionar.

Retomando el debate anterior, la diferencia es clara: el estructuralismo es capaz de escudriñar y teorizar el conjunto de relaciones individuales que conforman totalidades (estructuras). Conjuntos cambiantes que condicionan al individuo y que en determinadas circunstancias, se muestran maleables por la acción del individuo (asociándose en intereses comunes); mientras que, el individualismo metodológico, ensalza la acción individual y reniega de las realidades teorizadas (no absolutas, como muchos confunden) que conforman patrones de conducta, sistemas de vida y órdenes político-económicos, adquiridos por el individuo bajo ámbitos socializadores que le son externos (familia, escuela, Estado, medios de comunicación…).

Como reflexión y recurriendo de nuevo a Max Stirner: si “el producto de nuestra asociación es el Estado”; “la existencia independiente del Estado es el fundamento de mi dependencia; su vida como organismo exige que Yo carezca de libertad y, según su naturaleza, me aplica las tijeras de la cultura”, ¿Dónde encuentra el individualismo metodológico esa voluntad definitiva y tan activa del individuo? Sin detenernos a reflexionar sobre su obra y su concepción de la propiedad y del egoísmo, Stirner tuvo muy en cuenta esta cuestión: el individuo se ve afectado o influenciado por elementos que le son impersonales o impropios (el Estado, el sistema económico, la religión, el lenguaje…).

Por otro lado, en relación con lo que hemos expuesto sobre el enfoque determinista explícito en las ciencias sociales incipientes del siglo XIX, cabe añadir que el estructuralismo nos permite desvelar pautas de comportamiento en la sociedad, no desde una óptica positivista, sino desde una perspectiva teórica y de utilidad. Las estructuras sociales suponen un determinado orden durante un periodo de tiempo, por ello, no se torna fatalista el hecho de advertir posibles comportamientos causales en dicho sistema social y, comprendiendo la complejidad que acarrea el objeto de estudio de las ciencias sociales, se nos torna necesario tener en cuenta la inclusión de diversidad de modelos y la compaginación de distintas disciplinas para entender los comportamientos estructurales desde una perspectiva amplia.

Las nuevas tecnologías y su impacto en la sociedad
Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (en adelante TIC) juegan un papel crucial en la configuración de las sociedades actuales. La revolución que ha supuesto internet y los smartphones ha permitido que nos podamos comunicar casi al instante con cualquier persona del mundo desde cualquier lugar.

Las noticias, después de que se hayan producido, tardan minutos en llegar a la pantalla de todos los usuarios. En el mundo globalizado moderno estamos más cerca que nunca los unos de los otros. ¿Es posible que esto a su vez destruya nuestras relaciones de comunidad?

A la hora de tratar el impacto de la tecnología es preciso huir de los típicos maniqueísmos que caracterizan a los que la defienden a ultranza y a los que la consideran como algo diabólico y causante de todos los males.

La tecnología es inerte por sí misma, necesita de los humanos para poder desempeñar un uso. Por lo tanto, la tecnología no es buena o mala en sí misma, está sujeta a la moralidad de los que la utilizan. Así pues las TIC hacen que millones de personas puedan salvarse gracias a ciertos avances médicos pero al mismo tiempo da pie al cyberacoso y otras formas de degradación humana más siniestras.

Las TIC generan nuevas dependencias así como el distanciamiento y cada vez mayor impersonalización. Estudios han demostrado que los usuarios de las redes sociales son más propensos a sufrir depresión a lo largo de su vida.

Se ha creado una especie de realidad paralela a la auténtica, una suerte de hiperrealidad que ha reemplazado todo contacto social. Los individuos se mueven en un mar de apariencia y falsedad, la personalidad queda definida por qué marcas consumes y el poder consumir más es todo a lo que uno aspira.

Aquí es donde entran en juego los medios de comunicación de masas que aglutinan y cosifican a los individuos en categorías.

Sin embargo, las TIC también permiten nuevas formas de interacción que hasta ahora no eran posibles. No solo pueden ser una ventana abierta a la multiculturalidad y permitir que los individuos conozcan experiencias que de otra forma nunca hubiesen podido experimentar; también pueden jugar un papel útil para poder recuperar a libertad positiva.

El egoísmo racional como base del individualismo ficticio
Muchos teóricos sociales y economicistas han postulado la naturaleza del ser humano desde un enfoque individualista; aunque, la mayor de las veces, si nos basamos en aquellos autores que desarrollaron el liberalismo clásico, el individualismo tenía una resolución social, para con los otros. Sin embargo, Ayn Rand, novelista y ensayista del s. XX, da un considerable giro (aunque poco novedoso) a las convenciones sociales en torno a la naturaleza humana y su organización en sociedad. Por ello, vemos conveniente escudriñar las objeciones de esta autora, las cuales proyectan entre líneas la situación actual del individuo y su libertad, y el individualismo ficticio que se ha trazado hasta entonces.

Ayn Rand hace mención a “la ética objetivista”, sosteniendo que ningún postulado teórico-social se ha servido de la objetividad y racionalidad humana; que, por contra, se han basado en explicaciones místicas (referidas a Dios o a cualquier entidad divina) y neo-místicas (como en el caso del Estado, la Sociedad…). El fundamento de su postulado consiste en los valores humanos. En suma, entiende que los valores son productos humanos (de aquellos seres vivos que poseen una conciencia superior; por encima de animales y plantas que responden automática y repetitivamente a estímulos) que parten de la única alternativa o acción específica que posee el “hombre”: existir o no existir, vivir o morir.

Las valoraciones que surgen sobre lo bueno y lo malo parten de la premisa siguiente: “La vida de un organismo es su patrón de valor; lo que ayuda a su vida es bueno, aquello que lo amenaza es malo”. Si la vida es un fin en si mismo que se “autosostiene” y emerge en forma de valores buenos o malos dependiendo de si el individuo elige la supervivencia o el peligro y la extinción; significa que el individuo es el máximo responsable de sus circunstancias y su condición existencial. La ética objetivista, pues, se manifiesta en el pensamiento humano como justificación de los actos individuales en pos de la supervivencia, de la autoafirmación de la Vida.

No obstante, para Ayn Rand “el medio básico de supervivencia es la razón”; el proceso del pensamiento por el cual uno es capaz de aprender, conceptualizar, descubrir y producir con el motivo de saciar sus necesidades. De resultas, todo ello concluye con su teoría del “egoísmo racional”, donde, en resumidas cuentas, se arguye que la elección individual se ve justificada objetivamente por la conservación y manutención de la Vida como alternativa primordial.

La ética objetivista de Ayn Rand que concluye en el egoísmo racional es un claro ejemplo de un individualismo ficticio, unas objeciones sobre el individuo un tanto reduccionistas y pretenciosas.

Lo que aquí se ha planteado tiende a hundir al individuo debido a todo el peso que ha de sostener sobre sus hombros, el de una responsabilidad que va más allá de su radio de acción y de unas circunstancias objetiva y estructuralmente establecidas en la sociedad.

Sin embargo, no es de extrañar que esta autora se posicionara de tal forma, pues parece que considere el pensamiento y la voluntad como actos libres de condiciones y obstáculos sociales y ambientales. Bajo estas consideraciones, no tarda en condenar las elecciones humanas que supuestamente tienden al vicio y al deseo por delante de las necesidades básicas, atacando a aquellos “desviados” del sistema (aquellos que, a su vez, son mantenidos por el altruismo social y estatal –objeta–):

Los parásitos, los vagabundos, los saqueadores, los brutos y los criminales no tienen valor alguno para el ser humano; este no puede obtener ningún beneficio por vivir en una sociedad dirigida a sustentar las necesidades, demandas y protecciones que ellos requieren […]. (Rand, A; La virtud del egoísmo).

Otro aspecto interesante sobre su pensamiento, pese a que podríamos desvelar infinidad de inconsistencias más en sus planteamientos, es el forzoso acople que trata de llevar a cabo de esta pieza filosófica (la ética objetivista) en el capitalismo en su estado más “puro” (sin Estado, basado en el intercambio comercial desde un enfoque individualista).

Si el capitalismo que ha resultado en la realidad social no posee un motivo racional en esencia, es decir, se ha basado en la irracionalidad propia de la acumulación de capital y el consecuente antagonismo de clases; Ayn Rand otorga los motivos racionales de los que carecía este sistema, así como las rectificaciones de las teorías clásicas del liberalismo.

En síntesis, esta autora representa la confusión propia que provoca el individualismo ficticio de la modernidad hasta nuestro entonces, concluyendo con resoluciones arraigadas a tales preceptos ideológicos que, como de costumbre, ignoran una de las premisas fundamentales del conocimiento sociológico: el individuo es fruto de la sociedad, y viceversa.

CAPÍTULO 4: EL INDIVIDUAL COLECTIVO

El Individual Colectivo
Estamos ante la solución al problema al que nos enfrentamos en nuestro ensayo, una solución que se articula de dos maneras: política y metodológicamente.

En el plano político, el individual colectivo consiste básicamente en la consonancia del individuo con respecto a la colectividad. La sociedad actualmente no está gestionada por los individuos, existe todo un aparato estatal y un andamiaje económico que se encarga de enajenar al individuo de la acción política.

El individual colectivo significa que los individuos conservan su individualidad pero son partícipes de la libertad positiva y organizan la sociedad, es decir la colectividad, participando de la política. Los individuos superan el individualismo ficticio, un individualismo basado en una libertad irresponsable, para embarcarse hacia un nuevo tipo de libertad, basado en la coexistencia del individuo y el grupo.

En el plano metodológico, dentro de las ciencias sociales, consiste en considerar al individuo y sociedad como un mismo objeto de estudio, interdependientes, inseparables en nuestra comprensión del mundo social.

La libertad y el individuo solo son posibles dentro de la sociedad. Como añade Fichte: “El hombre solo es hombre entre los hombres”.

CONCLUSIONES

“Los sujetos no son individuos, aun cuando están compuestos por individuos. Son el actor social colectivo mediante el cual los individuos alcanzan un sentido holístico en su experiencia”. (de Touraine, 1992; citado en Manuel Castells, El poder de la identidad).

En síntesis, la idea general de todo el ensayo consiste en lo siguiente:

A lo largo de la historia se ha desarrollado un determinado individualismo que se ha adueñado de la individualidad e identidad, confeccionando unas condiciones ficticias que ignora la “libertad para” (libertad positiva). La sociedad es partícipe de esta ficción sostenida por el sistema económico y sociopolítico. La solución a este individualismo llamado ficticio es el individual colectivo, una confluencia de individuos y sociedad.

BIBLIOGRAFÍA
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Cantó Gómez, A. Síntesis crítica de los temarios 1, 2 y 3. Asignatura de Estructura Social. UA: 2016.

Castells, M. and Martínez Gimeno, C. (2003). El poder de la identidad. 1st ed. Madrid: Alianza.

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Oltra, B., Mantecón, A., Garrigós, J., Oltra, C. and Real, M. (2005). El argumento de la sociología. Alicante.

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Stirner, Max (1974). Disponible en: http://sovmadrid.cnt.es/textos/Stirner-El_Unico_y_su_propiedad.pdf

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Un comentario en “El Individual Colectivo: Un ensayo sobre el individualismo en las sociedades posmodernas”

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