Ciencia, tecnología y control social: 1. La difusión del poder

En la sección presente, Ciencia, tecnología y control social, compartiré dos capítulos sobre las relaciones de poder que giran en torno a la ciencia y tecnología que rigen nuestras sociedades. Este primer capítulo, del cual me ocupo, pondrá en cuestión la capacidad emancipatoria de las nuevas tecnologías, estando éstas más bien ligadas al sistema de dominación que existe a nivel económico, político y cultural en nuestro entonces, y no a cierto progreso hacia la autonomía y la disolución del poder. De este trabajo también extraeremos un capítulo desarrollado por mi compañero Amando Tarí Sirvent, con temas de crucial importancia para el debate público.


INTRODUCCIÓN
En el siguiente ensayo analizaremos las próximas megatendencias de futuro y de cambio social así como las tendencias, centrándonos en el ámbito de la ciencia y de la tecnología como objetos de estudio y basándonos en el informe Global Trend 2030 entre otras fuentes. También tendremos en consideración posibles cisnes negros (sucesos que advienen por sorpresa y generan cierto relevante impacto, en nuestro caso, cierta repercusión social, política y económica) que alterarían los escenarios predichos. La ciencia y la tecnología son instrumentos pasivos, es decir, no han de ser considerados como la solución a los problemas, sino como instrumentos, ya que el quid de la cuestión radica en la actual estructura social, en las relaciones sociales. Además, es importante recalcar que la ciencia y la tecnología no quedan exentas de las relaciones de poder ya que en el momento que se produce la institucionalización observamos dichas relaciones. Por lo tanto, éstas pueden ser utilizadas para fines altruistas y colectivos o para fines perversos y de control social. Es necesario recalcar que la historia no es lineal, pondremos en cuestión el discurso dominante del progreso y la retórica del crecimiento porque el capitalismo es un sistema socioeconómico que no es exportable, que antepone la acumulación de capital a la vida y al respeto a la naturaleza, que deshumaniza y que nos conducirá al ecocidio.

Por otro lado, exportar nuestro modelo a los países en “vías de desarrollo” -léase explotados- considerándolo como el correcto y el mejor, nos conlleva a postulados etnocentristas. Desde un punto de vista epistemológico, considerando las relaciones de Poder del Norte frente al Sur, y por lo tanto, las de dominación que éstas conllevan, imponer una única y válida forma de conocimiento y de organización social sobre otras culturas que tienen distintas formas de analizar y comprender el mundo, de organizarse, es un claro ejemplo de imperialismo cultural, el “progreso” no debe ser exportado ni considerado como la única y óptima forma de vida. Como bien señala el sociólogo Boaventura De Sousa Santos: “Sin justicia cognitiva global no puede haber justicia social global”.


“La ciencia y la técnica, al servicio de los intereses del poder, conducirán al mundo a formas sociales de dominación absoluta, a instituciones opresoras a las que nadie quedará al margen, de las que nadie escapará” Aldous Huxley.

CIENCIA, TECNOLOGÍA Y DIFUSIÓN DEL PODER

En el informe Global Trends 2030 encontramos diversas conclusiones respecto al poder político y económico que se está gestando desde nuestro presente (concretamente el estudio parte del 2012) hasta un futuro 2030. Es más, estas trazadas tendencias de futuro tienen una estrecha conexión con las nuevas tecnologías y el legado de la ciencia positiva, cuestión que trataremos a continuación.

En un primer lugar, el poder sobre el sistema-mundo que disponen los países occidentales, desde el norteamericano hasta los europeos, se verá rebasado por el auge económico y político asiático. En este sentido, se nos arguye que parte de esa inversión del poder, hacia el Este (sobre todo en China), estará influida por el peso de la tecnología en el ámbito económico, entre otros factores.

En cuanto a los países más vulnerables, tal y como son representados en el Global Trends, tienen pocas posibilidades para acrecentar su poder sin un gobierno que le dirija por los senderos del sacrosanto desarrollo y crecimiento económico. Entre ellos: gran parte de África (sobre todo Sudáfrica), el sudeste de Asia (Vietnam) y Asia Central con países como Afganistán.

Por otro lado, pese a la hegemonía mundial del Este que ha sido pronosticada, el informe nos advierte la considerable difusión del poder a escala mundial, la caída de las hegemonías estatales. Con el advenimiento de la era informacional, de aquí en adelante se nos plantea un “cambio fundamental en la naturaleza del poder” –se nos sugiere–. En cierto modo, pues, un futuro 2030 se nos presenta con un sistema-mundo supuestamente más laxo, donde tanto Estados como actores no estatales intervendrán en materia política y económica a nivel global.

Ante tales conclusiones extraídas del informe, podemos extrapolar tres cuestiones que iremos desmenuzando:

  1. ¿Qué papel tienen la ciencia y las nuevas tecnologías en materia de “poder” y “progreso”?

  2. ¿Es la ciencia y tecnología en sí una fuerza de poder, capaz de abolir la miseria de un grupo social concreto?

  3. ¿La ciencia y las nuevas tecnologías acrecientan la autonomía de los individuos de una sociedad determinada o, por el contrario, sobrepone nuevas formas de control social?

Ciencia, tecnología y poder

Antes de adentrarnos en las peculiaridades y trayectorias del poder, debiéramos preguntarnos qué entendemos por “poder”; cómo se produce, distribuye y desarrolla el “poder”, de resultas.

Desde una primera aproximación, en su sentido más amplio y general, el poder lo entendemos como la “capacidad para”, es decir, la posibilidad de ejecutar cierta acción determinada. Sin embargo, sumergiéndonos en el mundo social toda definición de poder de tal índole queda simplificada cuando menos. En consonancia con el tema a tratar, hablaremos, pues, de poder en su sentido político, económico y social.

En nuestro caso, hablaremos del poder político y económico como forma de dominio: el control, desde mecanismos de coerción, de un sector concreto de la población humana, su entorno y sus recursos. Esto conlleva a la estratificación de la sociedad, particularmente en dos categorías: dominadores y dominados.

A la par, para darse el dominio se necesita de ciertas estrategias sociales que lo hagan posible, es decir, necesita de la “autoridad” o el “consentimiento” (o al menos estar cubierto de todo obstáculo que lo niegue o rechace) para darse como tal, para ejercer su acción.

Retomando la primera pregunta que nos hicimos anteriormente –¿Qué papel tienen la ciencia y las nuevas tecnologías en materia de “poder” y “progreso”?–, pareciera que ni la ciencia ni la tecnología tuvieran ningún papel de dominio o estratificación desde nuestro punto de vista. Es más, desde las posturas bosquejadas por el Global Trends el poder solo tendría esa peculiaridad tan simplificada de posibilidad que, centrándose en las nuevas tecnologías y la ciencia, supondría un progreso en la sociedad, una “capacidad para” mejorar las circunstancias de la sociedad. Es por ello que pronto se les acusa a aquellos “países vulnerables” de no poseer las condiciones liberalizadoras del “primer mundo”, incapaces de mejorar sus sociedades, de alcanzar la etapa evolutiva del desarrollo occidental; mientras que estos países y sus recursos han sido el punto de mira de la economía-mundo capitaneada por Occidente.

No obstante, ¿tienen o no algún papel de poder (dominio) importante en la sociedad moderna (en la prolongada modernidad y en lo que se espera de ella)? No iba a ser de otro modo. Como bien hemos apuntado en la introducción, la ciencia no está exenta de relaciones de poder, ni tan siquiera la tecnología; aunque en general la vida en sociedad no lo está. Es por ello que la ciencia; nos referimos a la ciencia positiva o moderna (la que impera desde allá en el s. XVII), es decir, aquella forma de conocimiento que objetiviza la realidad, encajándola en su metodología, en su incensante búsqueda de causalidades universales y necesarias; no deja de ser un subproducto histórico y social que, pese a su corona de objetividad, se encuentra subordinada a las condiciones de poder político y económico de nuestro entonces.

La ciencia, así como cualquier herramienta física o de conocimiento, no supone ser necesariamente un instrumento de dominación humana. Sin embargo, las circunstancias sociohistóricas actuales están caracterizadas por la existencia de estratificación social, subordinación económica de países “periféricos” y “semiperiféricos”, supremacía de grandes empresas y bancos internacionales, control militar a escala mundial en pos de los intereses de las todavía “grandes potencias”… En síntesis, una estructura económica en pos de la acumulación de capital (de la cual sacan provecho las clases más opulentas, la burguesía de las más altas cumbres) y política basada en formas de gobierno estatistas y, en general, verticales y autoritarias. Estas condiciones invaden todo área de la vida cotidiana, toda institución y forma de conocimiento. No sería extraño, entonces, que la sacrosanta ciencia utilizada por la medicina moderna –la oficializada y legitimada– esté al servicio de grandes farmacéuticas; los nuevos descubrimientos y tecnologías al servicio de la industria militar y productiva, obstinada en la acumulación de capital; las tecnologías de comunicación infectadas de ingeniería social, etc.

Esto nos conlleva a incorporar la concepción que Foucault tenía del poder, inspirada en el pensamiento nietzscheano: el conocimiento implica poder, un poder gobernado por regímenes de verdad y sistemas de reglas que se manifiestan en sistemas discursivos. Foucault añade:

La verdad, especie de error que tiene para sí misma el poder de no poder ser refutada sin duda porque el largo conocimiento de la historia la ha hecho inalterable. (1980, p. 11).

Así pues, lejos de conformarnos con conclusiones optimistas con el progreso y la ciencia positiva, conscientes del profundo sesgo ideológico que presenta toda forma de conocimiento, la que impera a día de hoy no deja de estar en gran medida encauzada por las travesías del dominio económico y político de las élites globales (las presentaremos más adelante). Además, ¿qué es el progreso en el discurso de Global Trends más que un reflejo claro de la retórica desarrollista, etnocéntrica y clasista de las sociedades occidentales?

El Poder en nuestros días: la era informacional

Para comprender la situación en materia de poder a escala mundial es necesario que repasemos conceptos como el de “sistema-mundo” y “hegemonía”, antes de concluir cualquier posible “difusión del poder” o “caída de las hegemonías mundiales”.

El término “sistema-mundo” se lo debemos a Immanuel Wallerstein, entre otros muchos autores que han seguido o han influido en esa línea de pensamiento (Braudel, Arrighi…), quien observó que la historia social, económica y política se ha dado desde la interdependencia mundial, donde son las relaciones internacionales las que configuran y determinan estructuras sociales concretas.

En términos generales, el sistema-mundo –y concretamente el moderno y capitalista, vigente desde el s. XV del cual Arrighi hace mención: “el ciclo sistémico de acumulación genovés”– consiste en una realidad social, política y económica concreta que infiere a escala mundial, conllevando a un funcionamiento estructural y dominante que marca las pautas y reglas del juego en la vida humana. En el caso que nos ocupa, el sistema-mundo moderno se ha visto impulsado por diversos acontecimientos y se ha servido de mecanismos que han fortificado la vigencia de una estructura económica basada en la acumulación del capital, es más, en una irremediable polarización social en pos de la privatización del beneficio.

Por otro lado, la “hegemonía mundial”, “hace referencia de modo específico al poder de un Estado para ejercer funciones de liderazgo y gobierno sobre un sistema de Estados soberanos” (Arrighi, G.; 2014; p. 42-23). Así pues, a pesar de la clara interdependencia entre Estados, países y, en fin, culturas, a lo largo de la historia de la modernidad, los poderes entre tales subproductos sociales no han sido equitativos. Esto quiere decir que han acontecido periodos donde diversos Estados han prevalecido como dominantes, por encima del resto, teniendo una clara ventaja e influencia sobre el sistema-mundo.

Si hacemos un repaso histórico vemos con mayor claridad la existencia de hegemonías mundiales. Sin entrar en detalles, la hegemonía mundial más reciente ha sido la de Estados Unidos (ya no tan vigente, a pesar de su fuerte empoderamiento junto a Europa), desde finales del s. XIX, sobreponiéndose ante el Imperio británico, aprovechando su caída. Sin embargo, la situación actual es un tanto más turbia en materia hegemónica. Se prevé el alza en la economía mundial de países como China, tal y como apunta el Global Trends, aunque en general de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Es muy probable la ascensión de algunos de estos países, sin embargo, ¿cuán de importante son las potencias mundiales como tal a día de hoy, así como en un futuro?

Esta pregunta tiene ciertas complicaciones. Por un lado, podríamos añadir que, desde el contexto actual, sería ingenuo negar la presencia e influencia de los Estados a nivel internacional y la diversidad de conflictos y tensiones entre estos. Empero, ateniéndonos a la nueva complexión que ha adoptado la economía mundial, trazada por la era de la globalización capitalista y de la información, podemos visualizar las trayectorias que se están definiendo hacia una posible menor legitimidad de los Estados, por ello, concluyendo en una mayor “difusión del poder” (mayor presencia e influencia de actores no estatales). Sin embargo, la cuestión no es tan previsible como parece y ni la una ni la otra respuesta nos ofrecen certidumbre. El conflicto entre clases o grupos sociales puede intensificarse en situaciones concretas (asumamos como factor, por ejemplo, el posible colapso ecológico que se nos adviene) y esto puede dar fruto a e intensificarse la actuación de empresas estatales y paramilitares –al servicio de las clases opulentas–, relegando de la supuesta “difusión del poder” (como advierte Fernand Braudel: “el capitalismo solo triunfa cuando se identifica con el Estado, cuando es el Estado”). Todo dependerá de la efectividad de los mecanismos de control social a la hora de eludir la resistencia y contestación de la población mundial: mayor efectividad que puede conseguirse con el paso del tiempo a través de las nuevas tecnologías (como veremos a posteriori).

Pese a la ambigüedad existente en el futuro del poder, sí podemos argumentar la posición presente como ejercicio de reflexión de “nuevos posibles mundos” en un futuro. Si el control social (bien sea desde la persuasión o la coacción) es lo suficientemente eficaz, podemos intuir el segundo plano que abarcan los Estados frente a actores no estatales, aun más el de las hegemonías mundiales. Esto no quiere decir la disolución del poder y la existencia de una sociedad democrática donde los individuos tienen mayor radio de acción en su condición política, en sus relaciones cotidianas para con los otros, gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación. Más bien la supremacía de aquellos grupos de personas que han sido capaces de posicionarse como dominantes, retroalimentando unas condiciones sociales propicias para ello.

Podemos asumir que en un primer plano se encuentran grandes multinacionales y entidades bancarias (actores no estatales, al fin y al cabo, aunque se vean a cubierto gracias al Estado y muchos de sus miembros sean los propios empresarios). La hegemonía de un Estado-nación ya no es tan relevante como la expansión del poder de conjuntos empresariales que conforman una red, capitaneada por el mercado financiero: concluir la “caída de las hegemonías” y ligarlo a la “difusión de poder” es iluso, cuando menos.

Entonces, ¿qué tipo de “difusión de poder” se está dando? Más que difusión, expansión, sobre todo de esta élite global: multinacionales, corporaciones, grandes bancos, etc. Si en siglos pretéritos el territorialismo hacía acto de presencia, es decir, la obstinación de los Estados-nación por acaparar territorio geoestratégico, siendo la acumulación de capital un medio (no un fin necesariamente); con la globalización de los años 80 la acumulación de capital remarca cada vez más su presencia en el sistema-mundo moderno, generándose una enorme red empresarial, enajenadas de todo límite espacio-temporal gracias a las nuevas tecnologías de la información.

El estudio “The network of global corporate control” (S. Vitali, J.B. Glattfelder y S. Battiston; 2011) escudriña esta red empresarial, compuesta por más de 43.000 empresas, las cuales están sometidas a un control económico del 80% por parte de unas 737 grandes empresas (1,71% aprox.). Un dato relevante es que de esas 737 multinacionales, un 75% son entidades financieras (Deutsche Bank AG, Citigroup, Morgan Stanley, Lehman Brothers, etc.). La economía financiera ha mejorado sus técnicas a lo largo de la historia, convirtiendo a los acaparadores del capital y propietarios de estas grandes empresas en entidades impersonales, en meros dígitos en una pantalla, capaces de controlar una red compleja de empresas en cuestión de “clicks”.

Visto este panorama en la economía-mundo, retomamos la segunda pregunta que nos planteamos: ¿Es la ciencia y tecnología en sí una fuerza de poder, capaz de abolir la miseria de un grupo social concreto?

Atribuir esa cualidad a la ciencia y la tecnología sería reduccionista, hasta el punto de negar las relaciones de poder que giran en torno a ellas. Así pues, no son una fuerza en sí misma capaz de abolir la miseria, más bien perpetúan su dirección: la acumulación incesante de capital y, con ello, la configuración de sociedades de consumo, asalariadas, explotación irracional de recursos (humanos y medioambientales), polarización social…

La era de la información es un punto a favor para la economía-mundo capitalista, para adoptar una nueva forma de dirigir, producir, personalizar, distribuir y generar beneficios a escala mundial, a través de las nuevas tecnologías de la información, como así ha ocurrido con Internet. Ahora las ventajas de los propietarios de los medios de producción se extienden con mayor disponibilidad a lo largo y ancho del globo, concluyendo en una hegemonía del capital lábil, escurridizo y ligero, y ya no la hegemonía de Estados pausados, perseverantes, insistentes y pesados.

Como añade Zygmunt Bauman (2000), sobre las diferencias notorias entre la modernidad líquida actual y la modernidad sólida y pesada del s. XIX hasta finales del XX: “La modernidad pesada mantenía el capital y el trabajo dentro de una jaula de la que ninguno podía escapar. La modernidad liviana solo ha dejado a uno de ellos dentro de la jaula”: al trabajo.

Pronóstico: ¿Autonomía o control social?

Retomamos la última cuestión que nos queda: ¿La ciencia y las nuevas tecnologías acrecientan la autonomía de los individuos de una sociedad determinada o, por el contrario, sobrepone nuevas formas de control social?

Tal y como hemos advertido en la exposición anterior, las nuevas tecnologías y la ciencia moderna no suponen ser la panacea social. Estas podrían ser de utilidad y contener fuerte significación emancipatoria, solo en la medida en que el entorno social las utilice en tal dirección. Sin embargo, mientras perdure la jerarquización social, mientras grupos sociales tengan el control de gran parte de la población y de sus recursos, todo nuevo avance en materia tecnológica tendrá un gran sesgo ideológico en aras del dominio.

Además del mayor control que se ha conseguido en la era de la información del sistema productivo, hasta el punto de confeccionar una muy eficaz red empresarial a escala mundial, las nuevas tecnologías apuntan consecuentemente a un mayor control de los cuerpos. Michel Foucault introdujo el concepto “biopolítica” en las ciencia sociales, concepto que se adecua convenientemente a lo que vamos a exponer a continuación.

La biopolítica sostiene que el control social no solo infiere en la ideología y la conciencia de los individuos de una sociedad concreta (con su cultura, sistema económico, forma de gobierno, etc.), sino que afecta conjuntamente al cuerpo biológico. Este concepto se observa fácilmente, por ejemplo, en el control que lleva a cabo la medicina moderna, efectuada por la clínica, que infiere en los cuerpos biológicos de las sociedades modernas desde sus nacimientos hasta sus muertes.

Lo que comúnmente conocemos como “microchip” nos manifiesta esta idea del control social de los cuerpos, aunque basta con mencionar el DNI (de uso obligatorio) como representación física de una identidad que determina la ocupación y espacio del cuerpo y el móvil (exigido como necesario socialmente, que comience a formar parte de tu cuerpo) como extensión del habla para entender el concepto.

El microchip, el cual consiste en un dispositivo RFID (Radio Frequency Identification), se caracteriza por ser uno de los más novedosos dispositivos nanotecnológicos de identificación que, a diferencia del DNI físico, este se lleva incorporado en el propio cuerpo biológico (por ejemplo, bajo la piel). Este dispositivo es un triunfo para el control social, de ahí surge la emergencia de estos en diversas empresas, brindando una oportunidad para un mayor rendimiento y disciplina por parte de los trabajadores. En países como Bélgica, Suecia y Dinamarca ya se están utilizando (véase Imagen 1). Los medios de comunicación aluden a lo prácticos que estos suponen ser para realizar compras, identificarse en espacios público, en el trabajo, etc.

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Imagen 1

Esta es una de las tendencias que se están dando en nuestro futuro más cercano, la utilización de dispositivos de identificación por radiofrecuencia que, debido al contexto social actual, sugieren una dirección hacia la continuación del control social, uno más sutil y quizás más eficaz (quién sabe).

Otra tendencia que se está manifestando: la eliminación de la diversidad de dispositivos móviles, convergiendo en un solo punto. El microchip podría ser un ejemplo claro de convergencia, el cual hará prescindir de carnets de identificación, tarjetas de créditos, etc. Los teléfonos móviles también están llevando a cabo esta función, a través de los cuales se realizan multitareas: desde llamadas, mensajería instantáneas, hasta transacciones económicas (véase Imagen 2).

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Imagen 2

El predominio del dinero electrónico por encima del dinero físico (se sostiene que solo en torno a un 5% es físico en el mundo) muestra también esta tendencia de convergencia, donde el dinero, aunque ya esté controlado por los Bancos Centrales, será aun menos accesible para quienes no tienen acceso a las nuevas tecnologías y a los medios necesarios para conseguirlas: un sutil método de darwinismo social, vía nuevas tecnologías. En países como Suecia, Islandia y Dinamarca se está poniendo en marcha o se espera hacer desaparecer el dinero físico. Es más, el presidente del Deutsche Bank AG, John Cryan, argumenta que es necesaria y efectiva la erradicación del dinero físico.

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Links: artículo de El economista, del periódico Levante y de El País.

En síntesis, la dirección que lleva a cabo la tecnología y las formas de conocimiento en una sociedad concretas son clave. Es por ello que, conscientes de la preeminencia de un sistema económico obstinado en alimentar los privilegios de una clase social, y todos los costes sociales que esto supone, sería absurdo hablar de tecnología y ciencia –tal y como se ha manifestado en el sistema-mundo moderno– como piezas esenciales del cambio social hacia una emancipación o mayor autonomía. Las circunstancias actuales y las tendencias que nos sugieren, en todo caso, nos conllevan a concluir nuevas fórmulas para el control social de la población mundial, manteniéndola debidamente conforme, coaccionada e impotente, tanto individual como colectivamente. Y como toda forma de control social, lleva consigo nuevas formas de resistencia. Pero eso está por ver, nuestra intención es asentar las bases presentes que pueden condicionar el futuro, de la futurología ya se encargan los informes Global Trends.

BIBLIOGRAFÍA

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