Juan Ramón Rallo, “El Invasor”

Estimo mucho a Don Juan Ramón Rallo, sobre todo su forma de atravesar los discursos, conceptos e ideas que vienen desarrollándose desde el pensamiento ilustrado; y, así, como quien reclama la paz invocando a la guerra, consigue dar en el clavo: transcribe una amalgama de conceptos que poco o nada tienen que ver con lo que supuestamente objeta. Se ve él mismo atravesado por los regímenes de verdad que le impusieron las instituciones que él rechaza, a medias -muy a medias- (quizás demasiado a medias).

Sus escritos son un logro, pues consigue dar la correcta apariencia académica -lo que a día de hoy tiene voz y voto, lo que se ennoblece y sigue los senderos de la autoridad intelectual- a un conjunto de premisas que se contraponen unas a otras, pero que, aun así, configuran una estructura digna de leer, interiorizar y ensalzar como verdad de verdades: la que reclama paz invocando a la guerra.

Veamos pues, a qué se refiere este sujeto cuasi-deíctico, un Zeus poseedor del rayo que todo lo liberaliza, cuando nos habla de libertad.

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La libre asociación, concepto que podría sernos útil para comprender y emprender la interacción social en un entorno político-económico descomplejizado, desinstitucionalizado y abierto a la constante reapropiación de derechos individuales en consonancia con los otros; esta vez adquiere una falsa apariencia, también pretenciosa: la de la libertad política en el marco de una economía capitalista.

¿Cabe la posibilidad de una libertad política sin una libertad económica? Zeus objetará que no y, acto seguido, dará pataletas porque el Estado, los sindicatos y los organismos internacionales le tienen encadenado a la servidumbre: su libertad económica es aquella que en esencia se mantiene idéntica a la actual, pero que no sostiene la carga de aquellas instituciones y grupos que la delimitan, pues de este modo se frena la libre competencia, la incentivación del emprendimiento, la supervivencia del más apto, del meritorio…

Yo me pregunto: ¿No es acaso la libre asociación una condición necesaria y previa para la consecución de cierta forma de organización social, política y económica? Sin embargo, el discurso de Zeus dicta un proceso cuando menos opuesto, o quizás distinto: es la condición económica, basada en la acumulación de capital -con lo que ello acarrea: en suma, la vigencia de clases sociales- y el espíritu competitivo que nace de las ideas darwinistas (aunque para ser honestos, si Darwin admite en su biografía que se inspiró en Adam Smith cuando redactó su obra magna, los pioneros del discurso dominante se nos dejan entrever con mayor facilidad) la condición necesaria y concomitante a la organización política basada en la libertad social. Es decir, la arraigada economía capitalista se reviste de libre asociación, escindida de toda institución que la limite o condicione: porque sin libertad económica no hay libertad política, y viceversa. Justo en ese “y viceversa” es donde se oculta el discurso dominante del Dios del rayo: se esconde la verdad que se da por sentado, la condición que no se separa ni un palmo de la substancialidad de la economía que rige en el sistema-mundo desde el s. XV en adelante, en fin, se ocultan los intereses de clase adaptados al modo de producción (tanto económico como cultural: “modo de producción cultural” que retroalimenta Rallo, infiriendo en afligidos espíritus conmovidos por su retórica).

He ahí el oxímoron: pretender la libre asociación bajo el discurso clasista, etnocéntrico y dominante de la competitividad, el “crecimiento económico” y el desarrollo. Pretender la emancipación individual y social, en consecuencia, a través de una única y necesaria forma de organizarse económicamente: y como no, una de las más efectivas formas para perpetuar la ideología pretenciosa de su filosofía de cartón, la de otorgar un sentido racional a lo irracional del acumular ganancias, al capitalista obcecado en su dinero y sus propiedades reconocidas por el Poder.

Por otro lado, dudo que prevalezca un sistema económico capitalista sin el apoyo de un aparato estatal fuerte: eso es indudable. La historia nos ha enseñado que el territorialismo perseguido por los Estados-nación han sido clave para el aumento de capital, para la asignación de recursos. Además, en una sociedad globalizada como la actual, el Estado solo es prescindible, en cierto modo, si el control social viene dado por otras instituciones o mecanismos de control que consigan estabilizar el poder, mantener el orden social establecido. Pero el conflicto no puede mantenerse latente por mucho tiempo y, para mantener las reglas del juego, solo unas instituciones fuertes pueden conseguirlo. De ahí que Braudel nos alentara con esta premisa: “el capitalismo solo triunfa cuando se identifica con el Estado, cuando es el Estado”.

El Estado es imprescindible para la supervivencia del capitalismo, la libre asociación un mero cuento que imparten en sus escuelas privadas. Don Rallo no conoce el derecho individual, es el Estado quien ordena qué es propiedad y de quién es; don Rallo no conoce la libre asociación como condición política, sino como justificación de su ferviente ilusión en la economía capitalista.

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