El mito de la caverna y el Único

Infinidad de interpretaciones y analogías se han esbozado sobre el mito de la caverna de Platón, narrado en el libro séptimo de su República. Sin embargo, no se ha planteado el posible parangón con El único y su propiedad (1844) de Max Stirner que, aunque en una primera lectura nos invita a rechazar dicha similitud, si leemos el mito en su clave más simbólica podemos trazar el paralelismo entre la reminiscencia en Platón y la reapropiación del Yo en Stirner.

En el mito de la caverna que relata Sócrates a Glaucón, transcrito por Platón, se nos representa el siguiente escenario: en lo profundo de una caverna subterránea se encuentran varios hombres encadenados desde la infancia, en una posición donde solo pueden observar enfrente unas sombras, donde sus sentidos están limitados a ese entorno. Sombras provocadas desde atrás, donde se sitúan otros hombres sobre un muro que, con la luz de un alumbrante fuego, recrean estas con variedad de objetos y figuras inanimadas.

El mito relata la posibilidad de uno de los hombres a ser arrastrado hacia fuera de la caverna, a la exterioridad donde hace presencia la luz solar, hacia una realidad distinta a la que yace en apariencia en el interior de ella. Este acontecimiento cambia por completo la concepción del hombre sobre la realidad, comprendiendo que aquellas sombras y mundo de la apariencia es proyectada por la luz, que la vida en el interior de la caverna consiste en una falsedad, un engaño de los sentidos y no una comprensión misma de lo real y absoluto. Advertirles al resto de encadenados interinos de la caverna de dicha realidad externa supondría el rechazo y la negación, ya que no perciben más allá de las sombras.

En estos términos Platón hace referencia a su teoría del conocimiento y de la reminiscencia: “El antro subterráneo es este mundo visible; el fuego que le ilumina es la luz del sol; este cautivo, que sube a la región superior y que la contempla, es el alma que se eleva hasta la esfera inteligible” (1988, p. 208). De este modo se trazan dos mundos en el área del conocimiento: el mundo visible o de la apariencia, donde los objetos percibidos por los sentidos son meras imitaciones imperfectas de lo que reside en la otra dimensión, en el mundo inteligible, donde, por otra parte, se encuentran las ideas perfectas e inmutables que son concebidas por el alma en su ascensión a esta región superior (el alma ha de recordar su conocimiento de las ideas que le es innato: “reminiscencia”).

Del mismo modo que Sócrates hace mención a “hombres encandenados desde la infancia, de suerte que no pueden mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que le sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen enfrente” (ídem, p. 205); Stirner se refiere a individuos encadenados desde su socialización en la infancia, si proseguimos con la metáfora, a preceptos o ideas que empequeñecen al Único (der Einzige), que les impiden volver la cabeza sobre sí mismos, y les supeditan a causas que les son ajenas, impropias: la de Dios, el Estado, Humanidad, Sociedad, la moral, etc.

El Único es el punto de partida de la filosofía stirneriana, refiriéndose al individuo como ser particular, quien configura y forja su mundo, su Espíritu; claro está, en relación con su entorno: “Nos representamos el Espíritu bajo los aspectos más diversos, pero es, sin embargo, un fideicomiso que no puedo enajenar ni tampoco puedo suprimir”. Sin embargo, pese a este ineludible condicionamiento del individuo, bajo su perspectiva podemos encontrar distintos niveles, al igual que en el mito antes mencionado, de conocimiento (o desvelamiento). Uno de ellos se asimilaría a la posición de los hombres de la caverna, esta vez representado por aquellos que basan su individualidad en causas ajenas y que le son externas, inclusive impuestas por poderes fácticos: como quien se somete a y legitima la idea de Estado, de modo que cohíben su poder y otorgan autoridad a una institución externa e impropia; a la idea de Sociedad (que no “asociación”), dando así una identidad corpórea a un concepto abstracto y generalizado que no tiene en consideración la unicidad de las relaciones interpersonales; etc.

Tal y como nos los presenta Stirner, estos individuos se encuentran “poseídos” por diversos “fantasmas”, ideas que no les son propias, ilusiones y esencias en detrimento del Yo, del Único. Así pues, la otra dimensión que es inherente al individuo, esté más o menos poseído, pero de la cual será consciente solo si se reconoce a sí mismo y su poder, es la que se refiere al Único: a la reapropiación del Yo.

Fuera de la caverna, o dentro tras haber desvelado las sombras y la proyección de la luz que las origina, encontramos al Único de Stirner, un Yo o individualidad que basa su causa en sí mismo, sea cual sea la forma espiritual y particular que adquiera, consciente de –a diferencia de la filosofía platónica– la inexistencia de ideas y verdades absolutas e inamovibles. La reapropiación del Yo consiste en, bajo una postura nihilista, la creación continua y espontánea del individuo y su mundo en tanto en cuanto a su propia causa, forjando en sí mismo el derecho y el poder sobre su vida: “Yo no soy Nada, en el sentido de vacío; pero soy la Nada creadora, la Nada de la que mi Yo creador lo crea Todo”

De resultas, aunque entre Platón y Stirner exista un abismo conceptual, una interpretación del mito de la caverna alternativa nos permite comprender las dimensiones epistemológicas que comprende las bases de la controvertida obra El único y su propiedad.

BIBLIOGRAFÍA:

Platón (1988). La república o El estado. Madrid: Espasa Calpe.

Stirner, Max (1844). El único y su propiedad. Proyecto Espartaco. Disponible en: http://sovmadrid.cnt.es/textos/Stirner-El_Unico_y_su_propiedad.pdf

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