Hipocondría social generalizada: Don Quijote y la realidad percibida

La comprensión del mundo, de la realidad, trae consigo una problemática que anda arrastrándose a lo largo de la historia del pensamiento humano, una cuestión dicotómica: la subjetividad y objetividad del conocimiento. Parecieran dos dimensiones del conocimiento totalmente excluyentes y opuestas, sin embargo, este mismo planteamiento supondría someterese a una especie de categorías predefinidas, como objetivas e inalterables, cuando las mismas surgen de un lenguaje y paradigma epistemológico concreto y limitado por sí mismo.

En las ciencias sociales es usual esta distinción conceptual, ya sea explícita o implícitamente, sin duda de alto contenido filosófico. En nuestra siguiente exposición trataremos, pues, la inclusión conceptual de la objetividad y subjetividad en el estudio de la realidad social, en qué medida estas se superponen y se influyen dialécticamente, todo ello en relación con la figura literaria de Don Quijote de la Mancha y la hipocondría propia del actor social.

El tan nombrado y reconocido caballero Don Quijote de la Mancha, creado por Miguel de Cervantes (1547-1616), en una de sus aventuras con su escudero Sancho Panza, se encuentra ante lo que él concibe como “treinta o pocos más desaforados gigantes”. Don Quijote, que había sido influenciado por infinidad de novelas de caballería, que había adquirido su propia individualidad y motivo existencial en ser lo que se había propuesto ser, un verdadero caballero que daría su vida por su amada Dulcinea del Toboso, se disponía a enfrentarse y defenderse de los gigantes. Sin embargo, es Sancho Panza quien advierte a Don Quijote de su equivocación: se tratan de molinos de vientos, no gigantes; con sus correspondientes aspas, no brazos. En cambio, Don Quijote no se detiene, está seguro de que aquello que concibe es lo real, sin detenerse a reflexionar en demasía sobre ello; se muestra determinante en lo que percibe y desea, por ello actúa.

En este escenario se nos manifiestan las dispares percepciones que tienen tanto uno como otro (subjetividades); percepciones que derivan de una misma realidad, digamos que objetiva (un mismo “objeto” percibido).

Esta situación puede enlazarse con el teorema de Thomas, aquel que supone que “si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias”. La premisa es válida en la medida que planteamos que la realidad tiene un cariz especialmente subjetivo, que allende de la percepción humana no hay percepción y, por ende, estas cuestiones carecerían de sentido o importancia. Don Quijote define la situación como un enfrentamiento con gigantes y, por ello, recrea la batalla y acaba vencido, no por los molinos, sino por los gigantes que él mismo define. De un mismo modo, Sancho Panza visualiza y define unos molinos de viento y, ante ellos, se abstiene de recrear una situación que es inexistente y absurda desde su punto de vista.

En cambio, este primer planteamiento quedaría corto. Es el sociólogo R. K. Merton quien hace hincapié en un complemento teórico para dicho teorema, que versa de este modo: “aunque los hombres no definan las situaciones como reales, estas siguen, sin embargo, siendo reales en sus consecuencias”. Así pues, allá donde se forja la subjetividad encontramos un objeto en común, el cual es percibido y, si se da el caso, interpretado y definido. La objetividad, la realidad que le es común tanto a Sancho como a Don Quijote en ese contexto, pudiera ser la de los molinos de viento, entendidos como aquellas construcciones humanas para concretos fines sociales (por ejemplo, moler cereales, semillas, etc.; aprovechando la energía de la fuerza del viento). Objetividad que viene determinada y definida, a la par, por una sociedad concreta y, por tanto, sigue siendo una objetividad fundada bajo la subjetividad: un movimiento dialéctico, donde lo uno no existe sin lo otro, donde la objetividad adquiere su forma subjetiva y la subjetividad es, al mismo tiempo, objetivada.

Por otro lado, volviendo a la percepción y cosmovisión de Don Quijote, podríamos tender a caracterizar a dicho personaje como irracional, refiriéndonos a sus actos movidos por la pasión; imaginativo y soñador, por hacer frente a la realidad desde su propia percepción del mundo, ebrio de ilusión e ignorando las voces del resto; etc. Don Quijote sufre, como cualquier humano provisto de conciencia, como todo actor social, lo que se hace llamar hipocondría.

La hipocondría, que es entendida como aquel trastorno humano por el cual se cree padecer una enfermedad que realmente no se ha adquirido, pero que, en consecuencia, se acaba padeciendo subjetivamente (inclusive desembocando otras dolencias y desvaríos en salud). De un mismo modo, la hipocondría se revela en la vida en sociedad, bajo los trajes más suntuosos y harapientos, según el caso. ¿Qué son los juicios morales, el amor, los ideales de libertad, justicia y orden, etc.; sino son este tipo de enfermedades “autoinfligidas”? Un estado de hipocondría social generalizada adecuada a su época histórica.

“Llegamos a amar a nuestro deseo, y no al objeto de este deseo” (aforismo 175), decía Nietzsche en Más allá del Bien y del Mal. Enaltecemos los deseos e ilusiones que la vida social nos brinda bajo su lenguaje y cultura, más allá de su objeto en cuestión, cada vez más distanciados de toda fluida vida instintiva. Lo que Don Quijote interioriza como suyo, la concepción del mundo que reina su vida, no es ni más o menos acertada que cualquier otra. La hipocondría que le caracteriza, sea tanto subjetiva como objetivada, le es tan “propia” como lo es para mí aquella que esboza fehacientemente todo este texto.

BIBLIOGRAFÍA

Giner, S., Lamo de Espinosa, E. and Torres, C. (2013). Diccionario de sociología. Madrid: Alianza.

Oltra, B., Mantecón, A. and Oltra, C. (2009). Sociología de la cultura. [Alicante]: B. Oltra Martín de los Santos.

Nietzsche, F. and Vergara, C. (2002). Más allá del bien y del mal. Barcelona: RBA.

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