Naturaleza y Cultura. Entre la tierra y el ensueño

«Permanecemos necesariamente ajenos a nosotros mismos, no nos comprendemos, tenemos que confundirnos, para nosotros reza la frase eternamente: “De nadie estamos más lejos que de nosotros mismos”, no somos “conocedores” de nosotros mismos… ». (Nietzsche, F.; La genealogía de la moral, 1887).

A lo largo y ancho de la historia se han condensado tantos esfuerzos por comprender la naturaleza humana como tipos de sociedades y culturas han habido. Se han enhebrado tantos pensamientos como conductas han caracterizado a la especie humana. Sin embargo, si se quiere dejarse llevar por la simplicidad, podemos identificar dos posturas: una naturaleza perversa, asocial y destructiva; u otra, bondadosa y especialmente social, creadora y/o conservadora. Ante el primer enfoque encontramos, en gran parte, las conclusiones derivadas del pensamiento del psicoanalista, padre-fundador, Sigmund Freud (1856-1939). Mientras que respecto al otro punto de vista podemos encontrar al teórico anarquista Piotr Kropotkin (1842-1921), figura relevante en el campo de la geografía y estudioso de la zoología, antropología, etc. Además de todo ello, la comprensión de la naturaleza humana nos lleva a escudriñar la intervención e inferencia que hace la cultura sobre esta.

En el ensayo El porvenir de una ilusión (1927), Freud se detiene a analizar la “verdad histórica” de la religión, qué significación y proceso psicológico comprende la asimilación de preceptos y representaciones religiosas que han impregnado la cultura y han reprimido los instintos del individuo. Religión que, en su porvenir, Freud sostiene y tiene la esperanza en que llegará rotundamente a comprenderse como “ilusión” desechable para la vida en sociedad, por su nefasta actitud frente a las pulsiones humanas y su constante acción de ocultar la realidad anímica del ser humano; proceso de racionalización e instrumentalización de la cultura (el triunfo del “intelecto” humano, de “hombres verdaderamente culturales”) para eludir la represión temprana de los instintos (sexuales; pulsiones de muerte, de vida; etc.):

“La religión sería la neurosis obsesiva de la colectividad humana, y lo mismo que la del niño, provendría del complejo de Edipo, de la relación con el padre. […] El abandono de la religión se cumplirá con toda la inexorable fatalidad de un proceso del crecimiento y que en la actualidad nos encontramos ya dentro de esta fase de la evolución” (Freud, S.; 1985; p. 181).

La religión en concreto, aunque la cultura en general (véase El malestar en la cultura, 1930), tiene una función represiva sobre el individuo; encargada, según se nos sugiere, de asegurar la convivencia humana, la preeminencia de la civilización, bajo “veladuras simbólicas” y normas morales y sociales que cumplir. Empero, la realidad es bien distinta, desde el punto de vista freudiano: la cultura no ha hecho más que exigir al individuo su sumisión y adaptación, pero la hostilidad hacia la civilización y variedad de conductas agresivas y asociales de este no han dejado de desatarse.

Esta tesis freudiana sobre la cultura trae consigo, a su vez, una tesis peculiar de la naturaleza humana. En primera instancia, para Freud el “inconsciente” tiene una importante connotación en sus obras, el ser humano tiene unas necesidades instintivas individuales que cubrir que, sin embargo, la cultura bloquea. Instintos que son incompatibles con la vida en sociedad (asociales), pero los cuales ha de reprimir. Este proceso de autocoacción es similar al esquema teórico bosquejado por el sociólogo Norbert Elias (1897-1990) en su El proceso de civilización (1939). Para Freud la autocoacción de estos instintos que en gran parte constituyen el ello (la naturaleza impulsiva del individuo), y frenan la expresión del yo, son limitados y reprimidos por el super-yo, es decir, aquellos preceptos morales y culturales que trazan cierta normatividad social:

“Una de las características de nuestra evolución consiste en la transformación paulatina de la coerción externa en coerción interna por la acción de una especial instancia psíquica del hombre, el super-yo, que va acogiendo la coerción externa entre sus mandamientos”. (ídem, p. 148).

Autocoacción, como hemos mencionado, similar al “proceso civilizatorio” que concibe Elias como transformaciones en los comportamientos y actitudes individuales ocasionadas por cambios históricos y estructurales: coacciones sociales externas, propias de la cultura, que se tornan internas, asimiladas por el individuo.

En segundo lugar, y al hilo de lo anteriormente mencionado, la naturaleza humana que entrevemos en el pensamiento freudiano es especialmente narcisista e individual; la sociedad es una carga, mientras que el individuo solo está movido por impulsos egoístas. Su adhesión a la cultura se comprende como un proceso económico y social de organización productiva y satisfacción material; así como un proceso psicológico de seguridad y protección del individuo por su “indefensión” frente a la Naturaleza. No es de extrañar que se nos muestre, en la obra de Freud, la Naturaleza como tierra hostil y peligrosa, donde las enfermedades y demás fuerzas naturales dominan al hombre: de ahí a que el dominio del hombre de la Naturaleza sea un fin primordial de la cultura humana y las doctrinas religiosas un buen analgésico psicológico frente a todo temor terrenal.

“Pero la indefensión de los hombres continúa, y con ello perdura su necesidad de una protección paternal y perduran los dioses, a los cuales se sigue atribuyendo una triple función: espantar los terrores de la Naturaleza, conciliar al hombre con la crueldad del Destino, especialmente tal y como se manifiesta en la muerte, y compensarle de los dolores y las privaciones que la vida civilizada en común le impone”. (Ídem, p. 155).

Parece ser que Freud concibe una naturaleza humana concreta, la instintiva e inconsciente, pero que a la vez esta se torna maleable, condicionada por la cultura: con las consecuentes reacciones y estrategias psicológicas que conlleva, haciendo manifiesta la yugulación de las pulsiones o derivándola en otros mecanismos de evasión. No obstante, esta naturaleza instintiva es considerablemente diferente a la que concibe Piotr Kropotkin, la cual no parte del aislamiento individual, sino de la pertenencia al grupo, del sentimiento moral que tiene sus raíces en la ayuda mutua. Los esfuerzos teóricos de Kropotkin fueron impulsados por su motivación por comprender y explorar los orígenes de la moral, la ética y el ideal de justicia tan patente desde las sociedades más primitivas. De este modo, su interés era despojarse de toda explicación mística, metafísica y excesivamente deductiva, para entender el fundamento sustantivo de la ética y justicia en el reino natural.

Bajo la influencia de Darwin, sobre todo de sus obras sobre el sentimiento moral humano, Kropotkin ve en la ayuda mutua, esa cooperación y sentimiento de compañerismo que se da en el reino animal como norma general (se alude a que la existencia y supervivencia aislada es excepcional), la sustancia que precede a toda ética a lo largo de la historia, pese a su infinidad de derivaciones acordes a sus circunstancias. En él encontramos, por contra, una naturaleza humana que parte de un fuerte instinto social como base; instinto que se ve reflejado en la vida humana, tanto como en la vida de la mayoría de animales: aves, abejas, monos, osos, leones, etc. Todos ellos comparten un estilo de vida especialmente comunitario, de ayuda mutua; así pues, la “lucha por la supervivencia” dentro de la misma especie, tal y como argumenta Kropotkin en El apoyo mutuo: un factor en la evolución (1902), se deben a circunstancias desfavorables (tanto naturales, como en el caso de las civilizaciones “más avanzadas”, por sus condiciones sociales, políticas y económicas) y en la lucha contra “enemigos exteriores” al grupo, llevada a cabo mediante la ayuda mutua del propio grupo que se defiende (Kropotkin, P.; 1977; p. 38).

En cambio, el “individuo” consiste en un producto social que nada o poco tiene que ver con la práctica. La existencia del individuo, de la “personalidad”, es la existencia del sujeto; depende de su indivisible entorno para ser. El individuo es fruto de la sociedad, y viceversa. Al respecto Kropotkin añade en su Ética:

«El concepto que hace del hombre un ser aislado no es más que un producto de la civilización posterior a las leyendas creadas en Oriente entre gentes apartadas de la sociedad. Pero para desarrollar este concepto abstracto fueron precisos siglos enteros. […] Aun en nuestros días los salvajes primitivos casi no pueden concebir lo que es “la personalidad”, el “individuo”. En su intelecto predomina el concepto de la tribu, con sus costumbres fijamente establecidas, con sus prejuicios, creencias, prohibiciones e intereses». (Ídem, p. 49-50).

Si Kropotkin nos habla de la ayuda mutua como fundamento vital en el reino natural, las investigaciones que están saliendo a la luz en la actualidad sobre microbiología le resultarían harto interesantes, como en el caso de los estudios trazados por el biólogo español Máximo Sandín que ponen en tela de juicio la idea de esa “lucha por la supervivencia” neodarwinista, basada en una batalla cruenta y bélica entre microorganismos. Se sostiene, en cambio, que los virus y bacterias han tenido y tienen un papel fundamental en la evolución humana, de cooperación y simbiosis; idea contraria a o en contradicción con la perpetuada por la ciencia oficial, materializada en la práctica médica moderna, la cual culpabiliza a un vasto número de microorganismos de detentar contra la salud, aplicando de resultas terapias destructivas para el organismo (propias de la medicina alopática). De ahí la urgencia de críticas como las de Jesús García Blanca en La sanidad contra la salud (2015), quien analiza la genealogía de estas teorías y alerta la nocividad del modelo sanitario que se está haciendo cargo de la salud, por una incorrecta comprensión del mundo biológico que trae consigo unos considerables beneficios a la industria farmacéutica pese a los daños ocasionados.

Volviendo a la cita de Nietzsche con la que hemos abierto el tema, si es cierto que no nos conocemos a nosotros mismos, si acabamos confundidos entre nuestras creencias y nuestra realidad; más cierto aun es el hecho de que creemos, aun así, conocernos. Algunos buscamos dónde se han originado nuestras identidades, más aun qué hay detrás de ellas; pero nos entremezclamos con los preceptos y preconceptos que permanecen en la superficie. Otros simplemente se conforman con dejarse llevar por dicha superficie. Pero lo cierto es que estamos muy lejos de conocernos, si acaso solo dentro de la cultura, a su servicio; pues la necesidad del conocimiento emerge en sus condiciones. Lo cierto es que hemos deformado todo, no cabe la posibilidad de una naturaleza humana, porque nos hemos creído separados de la propia naturaleza. En cambio, pese a toda categórica separación, fruto del ensueño, la realidad se manifiesta y reacciona, para bien o para mal: los cuerpos responden, sus microorganismos y, si la servidumbre social hace acto de presencia, el tejido social responde en consecuencia. Si todo ello no es producto de un impulso, de un instinto social o de una simbiosis biológica, ¿quién se atrevería a invocar al individuo, al ermitaño aislado, al mismísimo Robinson Crusoe en esta amplia tarea?

 

Bibliografía:

Freud, S., Freud, S., Freud, S., López-Ballesteros, L. and De Torres, L. (1985). El porvenir de una ilusión. Alianza Editorial.

Kropotkin, P. (1977). Etica. Madrid: Libros Dogal.

Nietzsche, F. and Vergara, C. (2002). La genealogía de la moral. Barcelona: RBA.

Oltra, B., Mantecon, A. and Oltra Algado, C. (2009). Sociologia de la cultura. [Alicante (C/ Carlet, 3, 03007, Alicante)]: B. Oltra.

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