El devenir de la vida en la inamovible cultura

“La obra es el mundo y el autor sus circunstancias” (Tröikadedra, en El albor de las galaxias, 2011).

 ¿Qué es arte y qué no lo es? Esta pregunta encierra un problema que se resuelve a sí mismo si examinamos las distintas culturas donde se ha manifestado cierta concepción del arte. Porque, del mismo modo, podemos preguntarnos qué es el amor, la sexualidad, la religión, el conocimiento; qué son sino una y todas las cosas al mismo tiempo: una definición social que convierte la práctica en realidad, y por ello objeto de conocimiento, y viceversa. El arte que es entendido como aquella expresión creativa, humana o no, no puede tener más límites y demarcaciones que las propias que se les impone, bajo el criterio del sujeto humano situado en una cultura que manifiesta un abanico limitado de definiciones sobre el arte.

En esta reciprocidad, esta doble influencia, entre expresión creativa y cultura encontramos distintos aspectos de interés sociológico: la expresión e inspiración artística como manifestación de elementos culturales, es decir, el movimiento individual como consecuencia estructural; y, por otro lado, las contradicciones manifiestas entre la consolidación y solidificación de la cultura y la expresión/devenir de la vida (tema que abordaremos especialmente con apoyo en la filosofía simmeliana).

El sociólogo Georg Simmel (1858-1918) en uno de sus ensayos, “El conflicto de la cultura moderna” (1918), hace una clara distinción de dos conceptos que se excluyen en cierto sentido, pero que, sin embargo, se incluyen e integran al mismo tiempo: la vida y la cultura. Una contradicción interna se desata tras el desarrollo espiritual del animal humano, constituyendo una dimensión simbólica y que fija la concepción de la realidad (la cultura), constatada y a la vez contestada por el devenir de la vida, exenta de un carácter fijo o definitorio. Mientras que la cultura emerge como formas y contenidos que dotan de significado a la vida, esta última en cambio podría entenderse como una fuerza, quizás un impulso que tiene su razón de ser en la acción. Pero ni lo uno ni lo otro se encuentran separados rotundamente: la cultura manifiesta cierta independencia, aparenta cierta elevación sobre los individuos y deja caer consigo el peso de la historia y sus vestigios (sus creencias, tradiciones, religión, lenguaje, etc.); empero la vida la constituye, la legitima o la sustituye por otros preceptos, impulsada por condiciones que son más o menos adversas a tal prefijada cultura. “Aquí se trata de la pugna entre vida y forma que, de modo menos abstracto, menos metafísico, se resuelve como una lucha entre individualidad y generalización” (Simmel, G.;1918; p. 326).

Simmel termina desacreditando, de resultas, tanto a cualquier enfoque determinista como a cualquier postulado basado en el libre albedrío. La cultura aquí es entendida como producto, al fin y al cabo, de la vida; así como la vida de la cultura, existiendo una constante lucha y contradicción entre ambas: “la vida puede expresarse y realizar su libertad solo a través de formas; si bien estas deben, necesariamente sofocar la vida y obstruir la libertad” (ídem, p. 328). En este sentido la concepción del arte tiende de un lado a otro, movido por las transformaciones históricas de la cultura, de las formas, y la expresión creativa, dentro de sus límites, del individuo, del artista: la libertad del artista para expresarse en su obra es la mera asignación de elementos y contenidos, otorgando un significado concreto al proceso y resultado artístico, extraídos de la cultura que augura dicha libertad de movimiento. Este mismo movimiento lo explica Pitirim A. Sorokin (1889-1968) en su Sociedad, cultura y personalidad (1947) en un sentido pendular: el cambio social en la cultura como ir y venir de tendencias simbólicas: “significaciones, valores y normas”.

El sociólogo Sorokin tras comprender el cambio y la constitución social como un proceso llevado a cabo por la triada personalidad (“sujeto de interacción”), sociedad (“totalidad de personalidades en interacción”) y cultura (dimensión superorgánica: producto de la interacción) encuentra en el arte la expresión de diversas tendencias culturales. Este análisis como comprobaremos nos da constancia de que se trata de un movimiento individual como consecuencia estructural, en cambio se trata de un movimiento heterogéneo, negando toda existencia de “supersistemas” homogéneos como Sorokin asevera: “Aun las culturas ideológicas mejor integradas, con los supersistemas más vastos que es posible encontrar, permanecieron en partes eclécticas, no integradas y también parcialmente contradictorias (p. 163).

Tres son las tendencias culturales que ve Sorokin en el transcurso de la historia: una “cultura ideológica ideacional”, donde lo suprasensorial se considera el valor y fundamento de toda la realidad (lo divino, deídtico…); otra que fundamenta la verdadera realidad en base a lo material y sensorial, “cultura ideológica sensitiva”; y aquella cultura que integra ambas concepciones sobre la realidad, la “cultura ideológica idealista”. Bajo estos tipos de culturas la expresión artística toma de referencia dichos preceptos culturales, es contextualizada: en la pintura se pasa de una etapa donde predominan las figuras e imágenes religiosas (tipo ideacional) a otra donde aumentan los escenarios relacionados con lo terrenal y mundano (tipo sensitivo). Esta transición de formas y contenidos que adquiere el arte está relacionada con el movimiento pendular del cambio en la cultura: desde finales de la Edad Media hasta finales del s. XVIII en Europa aumenta un arte sensitivo en detrimento del ideacional, pasando por una etapa más bien idealista protagonizada por el Renacimiento (s. XV hasta finales del XVI). Además, otra transición se origina a partir de las primeras décadas del s. XX hacia un arte ideacional: el triunfo de un arte abstracto.

Por otro lado, el historiador del arte Erwin Panofsky (1892-1968) estudia la inclusión de la “perspectiva” en el arte pictórico. La perspectiva euclidiana, por la cual se comienza a tener en consideración la dimensiones geométricas del espacio, se incorporó en el arte pictórico del Renacimiento, dotando a las pinturas de una perfección y realismo considerables que se escinden del arte sin perspectiva propio de la Edad Media. Este acontecimiento, donde la perspectiva juega un importante papel, supone el predominio del objeto pintado, sobre el sujeto que visualiza la obra: es decir, la perspectiva “matematiza el espacio visual” dotándole de cierta realidad empírica, realidad que se expone tal y como es, quedando toda interpretación subjetiva estandarizada.

Panofsky, bajo otros criterios distintos a los de Sorokin, estudia esa transformación que se da en la cultura como base para el estudio de la expresión artística. Así pues, se ciñe al estudio de la iconología que, allende de toda interpretación iconográfica, sitúa las obras a estudiar en su contexto cultural e histórico, para así comprender los contenidos y significaciones que aglutinan. A lo largo de la historia se ha pasado de una pintura sin perspectiva en la Edad Media, como lo es el arte románico, a una con perspectiva en el Renacimiento. Sin embargo, con el auge de la fotografía la pintura comenzó a dar un cambio de dirección: el impresionismo en el s. XIX y el expresionismo en el s. XX son ejemplos que dan mayor predominio a la interpretación del sujeto que al objeto pictórico, con pinturas que tratan de provocar sentimientos no interpretables de forma unívoca y racional, exentos de toda perspectiva renacentista.

Ambos autores, Sorokin por un lado y Panofsky por otro, nos revelan las transformaciones del arte, comprendidas estas como productos culturales. Cultura que influye en el artista y, a la par, artista que infiere, constituye y da forma a la cultura. El ejemplo de las pinturas de Pablo Picasso nos reflejan esa libertad de movimiento en su expresión artística, obras que adquieren forma y significado para con la cultura: Picasso se desenvuelve artísticamente por variopintos estilos, desde el expresionismo de su Mujer con los brazos cruzados (1902) hasta su desaparición de la perspectiva en su cubismo con obras como El Guernica (1937), acordes a su contexto histórico.

Retomando nuestra pregunta inicial, sobre qué es el arte, nos surge una segunda: ¿qué es la vida? Tal y como planteamos al principio, si el arte llega a perderse entre mil y un conceptos y no deja en claro sus límites, qué puede ser la vida más que un tipo de arte: en concreto el arte por antonomasia. La vida como arte. Cada expresión en vida, que tiene algo de impulso y de forma, de instinto y de cultura, como obra artística en sí misma. En cambio, tal y como advertimos, las contradicciones hacen acto de presencia cuando la cultura se antepone a esa expresión creativa de la vida y la niega, puede llegar a anquilosarla en preceptos ajenos y/o pretéritos, en los espectros del pasado. Hablamos de la consolidación y solidificación de la cultura, tema que también, en parte, aborda Simmel y, sobre todo, el historiador Rudolf Rocker (1873-1958).

En este aspecto Simmel, en “El futuro de nuestra cultura” (capítulo presente en su El individuo y la libertad, 1909) hace una distinción entre lo que viene siendo la cultura objetiva y subjetiva, o bien la “sustancia cultural objetiva” y la “cultura de los sujetos”. El primer concepto hace referencia a aquellos valores sociales que se han constituido por el largo paso de la historia humana, como se ha definido anteriormente en rasgos generales. El segundo se refiere a la incorporación subjetiva, así como la creación, de la cultura y sus elementos. Ambos en la era moderna se encuentran en plena contradicción, no componen una unión armónica entre lo que es producido culturalmente, lo que es objetivado, y la práctica particular del sujeto en la cultura, la expresión de su vida.

Desde el punto de vista de Rudolf Rocker (1937), dicha falta de unión podría entenderse por la relación histórica que ha fraguado el Estado nacional con la cultura, delimitando y anquilosándola. La organización político-económica basada en un Estado, que encuentra su razón de ser y corporeidad en la nación, impide el libre y espontáneo desarrollo de la cultura de los sujetos. El sometimiento de la vida a una organización y unos vínculos que van más allá de su libre asociación, que corresponden a la organización política y productiva de una clase social empoderada. De este modo se cosifica la cultura y se torna extraña al individuo, es motivada por fines impropios:

La llamada voluntad nacional, que no es sino un solapado trasunto de la voluntad de poder, ha actuado y sigue actuando como elemento paralizador de todo proceso cultural: donde ella prepondera, decrece la cultura y se secan las fuentes del impulso creador, porque se les quita el alimento para poder nutrir la máquina insaciable del Estado nacional. (Rocker, R.; 1937).

Así pues, nos vemos ante un choque entre la vida del sujeto y la cultura objetiva, un bloqueo y contradicción que dan lugar al descontento y la enajenación del individuo. Como expresa Simmel, para destensar esta contradicción es menester “convertir los contenidos de la cultura objetiva que experimentamos, mejor y más rápidamente que hasta el momento, en material de la cultura subjetiva, la cual, finalmente, porta por sí sola el valor definitivo de aquella” (Simmel, G; 1909; p. 131). Armonía entre el individuo y la cultura que resulta más penosa e inconcebible cuanto mayor es la presencia de agentes e instituciones sociales que centralizan y administran la vida: conciliación que solo parece factible en tales condiciones mediante la violencia física y simbólica de toda una estructura que atenta contra la espontaneidad de un Yo en sus relaciones más inmediatas.

BIBLIOGRAFÍA:

Carlos Manuel (13 de diciembre, 2016) . “El concepto de propiedad en la cultura humana”. El libre pensador. Recuperado de: librepensadoranarquista.blogspot.com

Oltra, B., Mantecón, A. and Oltra Algado, C. (2009). Sociología de la cultura. [Alicante (C/ Carlet, 3, 03007, Alicante)]: B. Oltra.

Rocker, R. (1936). Nacionalismo y cultura, primera edición cibernética de 2007. Libro primero.

Simmel, G. (1909): “El futuro de nuestra cultura”, en El individuo y la libertad. Barcelona: Península, 1998. Pp. 129-131.

Simmel, G., & Capdequí, C. S. (2000). “El conflicto de la cultura moderna”. Reis, (89), 315-330.

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