Masas y carácter

La vida humana se convierte en verdadero dolor, en verdadero infierno sólo allí donde dos épocas, dos culturas o religiones se entrecruzan. Un hombre de la antigüedad que hubiese tenido que vivir en la Edad Media se habría asfixiado tristemente, lo mismo que un salvaje tendría que asfixiarse en medio de nuestra civilización. (Herman Hesse, 1927: El lobo estepario).

Inconcebibles son las grandes transformaciones sociohistóricas si no van acompañadas de cambios y mutaciones en el carácter o en la psique humana. Pues lo uno constituye lo otro. De este modo, los cambios en las estructuras sociales, que siempre suponen grandes brechas, infieren en el carácter humano; sin embargo, la efectividad no siempre es clara, prevaleciendo los restos culturales y generacionales de civilizaciones pretéritas, conformadoras de un concreto carácter humano que se adapta con lentitud a los grandes cambios de su entorno.

Fernand Braudel (1902-1985) hace hincapié en la naturaleza de esta cuestión: las estructuras psicológicas que caracterizan a la civilización varían lentamente, a pesar de los posibles cambios rápidos y profundos en las estructuras societales y económicas. Así pues, entiende la civilización en su dimensión más símbolico-cultural, la civilización como derivada de un tipo de sociedad determinada. La civilización, comprendida como aquel cuerpo social que tiene unos valores morales e intelectuales en común, constituye aquellos elementos culturales inducidos por la sociedad que le es subyacente: así la sociedad industrial, con sus relaciones político-económicas (propiedad privada de los medios de producción, acumulación de capital, trabajo asalariado, preeminencia de los Estados-nación, etc.), es portadora de la civilización occidental (libertad individual, la Ilustración, el positivismo, preeminencia filosófica de la razón, la reflexión como leitmotiv de la modernidad, etc.).

Comprendemos, pues, la civilización como el envoltorio cultural, que no deja de ser tan profundo y rígido como las relaciones sociales y económicas que le subyacen. Envoltorio cultural arraigado, de una u otra forma, consciente o inconscientemente, con mayor o menor intensidad, en las estructuras psicológicas de dicha sociedad. Empero, las estructuras no son uniformes y homogéneas; no hay una correspondencia absoluta de facto entre estructura socioeconómica y estructura psicológica (o caracterológica): de ahí emerge el malestar, la anomia y el desencantamiento; el contrapoder, la reacción y el movimiento, frente a lo estático y universal. Reacciones que la historia ha hecho posible bajo el punto común de un “inconsciente colectivo”: “Las reacciones de una sociedad […] obedecen menos a la lógica e incluso al interés egoísta, que a este imperativo no formulado, muchas veces informulable, que nace del inconsciente colectivo” (Braudel, F.; 1963).

La cuestión aquí planteada resulta familiar cuando nos adentramos en las situaciones reales y acontecidas. El sociólogo Richard Sennet en su La corrosión del carácter (2000) estudia la tensión dicotómica entre dos generaciones con estructuras caracterológicas opuestas, tensión presente en los cambios estructurales acontecidos en la economía capitalista y las formas de trabajo que se dieron a finales del s. XX: la corrosión del carácter en el capitalismo flexible. Sennet relata la historia de dos personas, de dos generaciones distintas: Enrico (padre) y Rico (hijo). El primero nació y creció en unas circunstancias socioeconómicas donde predominaba el “largoplacismo”, la estructura del trabajo se manifestaba con una mayor estabilidad y fijación; mientras que el segundo, su hijo, se ve ante unas estructuras del trabajo flexibles, acordes a las condiciones económicas inestables en la que se encontraba, predominando un carácter “cortoplacista”.

«Hay que decir que el orden “a largo plazo” que el nuevo régimen quiere destruir fue en sí mismo efímero: las décadas de mediados del siglo XX. El capitalismo del siglo XIX fue tambaleándose de desastre en desastre […]. En la generación de Enrico, la generación posterior a la Segunda Guerra Mundial, este desorden se controló hasta cierto punto en la mayoría de las economías avanzadas […].

Un cambio en la moderna estructura institucional ha acompañado el trabajo a corto plazo, con contrato o circunstancial. Las empresas han intentado eliminar capas enteras de burocracia para convertirse en organizaciones más horizontales y flexibles. En lugar de organizaciones con estructura piramidal, la dirección de empresas prefiere ahora concebir las organizaciones como redes». (Sennet, R.; 2000; p. 21-22).

Por otro lado, como hemos comentado, el movimiento y las tensiones sociales pueden hacer acto de presencia debido a la contradicción emergida entre el carácter de los individuos, subjetividad socialmente objetivada, y las condiciones sociales. Sin embargo, tal y como apunta entre líneas Jürgen Habermas (1973), no existe apenas medición del carácter humano, se desconocen los límites de su maleabilidad: “Para los límites de saturación de los sistemas de personalidad no existe una señal unívoca”, añade Habermas. Esto supone que la conciencia humana se adapta con menor dificultad a las condiciones sociales a las que ha de enfrentarse que el propio mundo material en el que se desarrolla en sus cambios y contradicciones. En ocasiones ni el hambre, las grandes crisis económicas ni la guerra son motivos suficientes para que la conciencia humana se desprenda de sus prejuicios morales e intelectuales, para que cierto sistema de personalidad colapse.

A este respecto, volviendo a la obra de Sennet, nos encontramos ante tal situación: “Rico teme que las medidas que necesita tomar y la manera como tiene que vivir para sobrevivir en la moderna economía hayan lanzado a la deriva su vida interior y emocional” (2000, p. 18). Rico se encuentra en una situación de tensión entre la enseñanza otorgada por su familia que hacía especial hincapié en los valores y lazos afectivos y el ejemplo que se le está otorgando a sus hijos en el marco de una modernidad flexible y cortoplacista, con el triunfo de relaciones sociales superficiales y flexibles, en detrimento de fuertes lazos afectivos y valores tradicionales. Su sistema de personalidad se ve afectado, pero no llega al colapso y prosigue con la legitimación, de una u otra forma, de las circunstancias político-económicas.

He ahí la inmensurabilidad del carácter y la maleabilidad de la conciencia y su resistencia ignota. Retomando a Habermas, en Problemas de legitimación en el capitalismo tardío (1973), vemos dos dimensiones de legitimación social cruciales para posibilitar la vigencia del sistema capitalista: en su dimensión administrativa se requiere de outputs que consisten en normas y decisiones jurisdiccionales que se aplican con autoridad y, en su dimensión político-social, inputs de lealtad de masas que garanticen dicha legitimidad de la autoridad administrativa. La ineficacia de la primera supone una crisis de racionalidad, mientras que la ineficacia de la segunda implica una crisis de legitimación. Encontramos, pues, en el caso de Rico, una legitimación del statu quo y una eficacia administrativa; pese a las tensiones que se ejercen en el flujo cambiante de la personalidad, tras vivenciar el cambio de valores intergeneracionales. En el caso del padre Enrico la realidad choca con mayor discrepancia con respecto a su estructura caracterológica, mientras que Rico ha conseguido una adaptación consecuente con las condiciones sociales manifiestas sin apenas resistencia u oposición. Aquí entra en juego la importancia para la legitimación social del sistema político-económico propio del capitalismo tardío, con su flexibilidad y considerable capacidad de adaptación, de la disfusión en masa de elementos culturales que supongan su aprobación o, al menos, su permisibilidad práctica: “El sistema político requiere un input de lealtad de masas lo más difusa posible”, asevera Habermas. De este modo, poco importa la complejidad social que supone una población intergeneracional donde se produzcan tensiones y malestar psicológico, tras la pérdida del carácter, mientras prevalezca una masa más o menos homogénea y difusa de personas con un carácter acorde con las nuevas condiciones político-económicas que posibiliten la subsistencia del sistema. Así Enrico y Rico permanecen en la misma sociedad, uno más conforme que el otro, más adaptado a las nuevas condiciones que el otro; así como los hijos de Rico, que crecerán con la necesidad imperiosa de adaptarse para subsistir y serán educados en tales términos en consecuencia. El carácter como expresión individual queda sepultado, se reduce a consecuencia de un todo sistémico y, si se da la discrepancia, su ensimismado grito se torna impotente y silenciado por el ruido omnímodo de la masa.

BIBLIOGRAFÍA:

Oltra, B., Mantecón, A. and Oltra Algado, C. (2009). Sociología de la cultura. [Alicante (C/ Carlet, 3, 03007, Alicante)]: B. Oltra. (De aquí se extraen los fragmentos de las obras de F. Braudel y de J. Habermas).

Sennet, R. (2000). La corrosión del carácter. Barcelona: Anagrama.

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