De lo utópico y de lo inmovilista

Sería imposible e incluso indeseable ‘definir’ un mundo no alienado, pero creo que podemos y debemos intentar descubrir el falso mundo de hoy y cómo llegamos hasta aquí. (Zerzan, J.; 1994).

La palabra utopía ha sido desgastada y demacrada en todo Occidente, ha sido arrastrada por el uniforme discurso de la razón y el positivismo, así como por cierta tendencia filosófica a un realismo de cariz pesimista e irracionalista, hasta nuestros días convirtiéndose en el recurso irónico de quienes creen estar realmente en su lugar. Exactamente, según su etimología, “utopía” se traduce como “no-lugar”, aunque también como “lugar bueno”. Concepto que, presente ya en el s. XVI en la obra de Tomás Moro que trae por título dicho término, representa generalmente una sociedad ideal y deseada, no manifiesta en el presente, además suele ir de la mano de una crítica más o menos explícita al statu quo, el cual desea desquebrajar. Haremos, pues, un sucinto repaso de la trayectoria de este concepto, entre otras consideraciones, y nos valdremos de nuestro criterio para exponer sus posibles potencialidades y su urgencia, si no social, vital.

En primera instancia, si partimos de la teoría enhebrada por Karl Mannheim (1893-1947), ya en su obra Ideología y utopía (1929) podemos dar cierta representación contextual al concepto utopía tras haber recorrido cuatro siglos de desgaste. Con lo cual hay que recordar la fuerte presencia del factor utópico en los movimientos obreros del s. XIX en Europa, y en aquellos teóricos que fueron bautizados a posteriori como “socialistas utópicos”. El propio auge del positivismo fue el que hizo de las teorías desarrolladas por Marx y Engels en teorías autoproclamadas científicas, poniendo en tela de juicio todo cariz utópico, denostando a aquellas teorías adversas al materialismo histórico bajo el calificativo de “utópicas” (el Manifiesto Comunista, de 1848, pone en contexto esta dicotomía entre socialismo científico y utópico, injuriando al último). El s. XX fue el nadir de los proyectos revolucionarios, sobre todo con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, y el término “utopía” fue desplazándose cada vez más hacia la marginalidad o al aprobio. La realidad del concepto, en pleno s. XXI, es la de una palabra histórica, sin repercusión en la cultura actual y considerada como una mera fantasía o sueño pueril sin fundamento e irrealizable.

De este modo, en Mannheim, en el contexto previo a la Segunda Guerra Mundial, observamos cómo el concepto se encuentra en una de sus últimas fases, a pocos años de su fosilización u olvido. Bajo la influencia de Marx, pero, a la par, distanciado de este en su correspondencia con la socialdemocracia, considera que la utopía son aquellas explicaciones de la realidad que se escinden de las condiciones de existencia puramente reales. La utopía en su ejercicio de transcender la realidad, destruye parte o la totalidad del estado u orden actual de cosas existentes; por ello, se torna irrealizable, pues reniega de la actividad real de los seres humanos en sociedad: de esa sociedad concreta y real en su funcionamiento. En otro sentido, aunque es absurdo encontrar una clara y precisa distinción (como bien aclara el autor), la ideología supone ser una explicación de la realidad, también trascendente, pero remite a un resultado espiritual inintencionado (sin negar la posibilidad de una instrumentalización de esta para alcanzar unos objetivos: “mentalidad intencionada”), un error o mentira que guía las conductas humanas en alguna dirección, pese a que no logren materializarse en consecuencia por su aun vigente distanciamiento para con las condiciones de existencia reales.

Como aquí se nos sugiere, la utopía generalmente se traduce en imposibilidad y fantasía pueril. La utopía fue un recurso importante en la literatura y teoría anarquista del s. XIX y XX, pero, no es de extrañar, dicho concepto tanto como el de “anarquía” han sido motivo de burla y rechazo, aun más de represión si nos atenemos a la desarticulación policial de movimientos anarquistas en casos como el español (la denominada Operación Pandora hace alusión a este suceso en nuestro último siglo, donde “anarquismo” y “terrorismo” se tornan sinónimos oficialmente). Todo ello se debe a un proceso de desencantamiento social, debido al fracaso histórico de los proyectos revolucionarios; el triunfo del capitalismo y sus máximas dominantes, su industria cultural, la libertad y conformidad que ingenuamente augura; la represión local aun presente de aquellas asociaciones libertarias que traen consigo vestigios utópicos; entre otras cuestiones.

Mannheim trata de esbozar unos conceptos sociológicos, pero él mismo es incapaz, obviamente, de escapar de la propia ideología que cree comprender. Si no ideología, el error que proyecta de manera inintencionada, que su contexto sociohistórico e influencias le han hecho creer: se obstina en cierto inmovilismo justificado, ya que ve en la utopía lo impotente y da por sentado una realidad pura, la cual hace referencia al estado actual de cosas existentes. Esta concepción espiritual del mundo supone ser la condición previa para una legitimación del statu quo, del modo de conocimiento predominante, pues de este modo la realidad se torna intrascendente. Este tipo de cosmovisión es muy recurrente en perspectivas como la estructuralista, de la mano de autores como Lévi-Strauss, o en filosofía en enfoques como el propio de Schopenhauer, quien ve en la voluntad individual el engaño y el servicio a una Voluntad extrahumana. A estos planteamientos que en esencia se tornan supuestamente descriptivos, bajo su modelo cerrado de comprender el mundo que debilitan la acción del sujeto por el hecho de ser la consecuencia de un todo, los llamaremos planteamientos inmovilistas.

Cierto es que el individuo aislado es un sueño, su realidad es un conjunto de condiciones, de una totalidad, que sobrepasan su aparente voluntad. Cúmulos de estructuras y factores que, quizás, se nos tornan imposibles de detectar, aun más de comprender: desde el propio lenguaje, las condiciones materiales, los errores de nuestra conciencia (o su éxito), etc. No es menos cierto, entonces, que nosotros somos y dejamos de ser bajo dichos límites, que la impotente idea de una libertad negativa en vida es otro de los delirios de nuestra mente, golpeada por las condiciones que posibilitan tal pensamiento. Sin embargo, un error doble se nos manifiesta cuando dotamos de extrema vigencia y realidad a los planteamientos inmovilistas: su propia comprensión de la existencia individual como fútil, donde las estructuras son preeminentes y se reza el mantra “somos marionetas con la eterna ilusión de estar vivos” (idea presente en el pensamiento del escritor Thomas Ligotti), cae en su propio juego de creencia en la consecuencia estructural, en tal caso estancándola y prefijando las premisas que retroalimentarán el propio inmovilismo que predican desde su talante descriptivo. Proceso de legitimación que, paradójicamente, lo lleva a cabo el individuo en el contexto que le es pertinente.

Se ha llegado hasta este punto, donde lo racional, la reflexión moderna y la dictadura omnímoda del modelo científico han ensalzado la capacidad de conocimiento, en un contexto donde el conocer es más estéril que creativo o práctico: donde la experiencia intelectual no es despojada de sus prejuicios más inmediatos. De ahí que la ciencia o el arte sean absorbidos tan prontamente como mercancías, así como los artistas como comerciantes o asalariados, sus obras convertidas en productos totalmente neutralizados. En este aspecto el concepto de “industria cultural” que acuñaron Adorno y Horkheimer en 1944 en su Dialéctica de la ilustración es harto relevante: todo lo que se produce culturalmente en el marco de una economía capitalista es un ocio, diversión y estética mercantilizada por y para el negocio de los monopolios. En las sociedades capitalistas la diversidad es mera apariencia, la industria cultural se encarga de la producción estandarizada de elementos culturales que los individuos hacen suyos, sus necesidades se confunden con las del mercado y en el ocio no se escinden del trabajo, sino que prolongan su jornada de trabajo como consumidores, reproduciendo las relaciones de producción y su sometimiento salarial: “La industria cultural ofrece como paraíso la misma vida de la que se quería escapar. Huida y evasión están destinadas por principio a reconducir al punto de partida” (1998, p. 186).

Ahora bien, volviendo a nuestra cuestión central, queda pendiente hacer un ejercicio de transformación, de recuperación de la potencialidad que puede representar la utopía, como posibilidad dada, en el pensamiento, de crítica y deconstrucción de la realidad imperante. Los planteamientos inmovilistas tienden absurdamente a ser motivo de la reproducción constante del orden existente por el mero hecho de haber sido manifiestos en su reflexión, reducen la realidad al esquema que impone cierto empirismo epistemológico. Teniendo en consideración que la utopía es consecuencia de todo un conglomerado de condiciones previas, solo queda la urgencia de que la utopía represente un ejemplo claro de libertad positiva, posibilidad acaecida por las condiciones que la historia traza y que nosotros constatamos en finitas direcciones y sentidos. El discurso inmovilista tiende al uróboros y necesita de su propia estructura para limitarse y tornarse inmóvil en sí mismo, justificar su esterilidad y estatismo. El mero hecho de crear realidades utópicas, en contraste con el estado actual de cosas existentes, ya es una condición positiva y rotunda en el desarrollo político de nuestra existencia, allende de todo automatismo en vida (tal es la condición espiritual que generalmente rige nuestra civilización).

En otro momento dediqué tiempo a una escueta genealogía de lo que viene siendo la democracia, resultando que esta nunca fue un modelo fruto y proveedor de participación política en las sociedades, que emergió en la cúspide del poder económico y vertical desde la Antigua Grecia, en pos de la dominación y domesticación humana. Descubriendo, en segundo lugar, que la democracia podía adquirir –y de hecho así ocurrió en ciertos momentos históricos, ya sea de manera local o general– una transformación práctica de su contenido, siendo motor de la participación política. De un mismo modo, el término utopía, desvinculado de toda ingenuidad fantasiosa y consciente de su condición terrenal, alejado de los impracticables cambios nacionales y supranacionales del ideal revolucionario del siglo XIX, como punto de partida fruto de la creación humana y circunstancial, puede servirnos como base para la deconstrucción de una vida que ha sido enajenada, por una al mando de una apropiación espiritual de la misma y de nuestras relaciones. Movimiento local y particular, creadora de lo utópico, en respuesta a una macroestructura que solo habla de sí y su inmovilismo legitimado.

BIBLIOGRAFÍA:

Horkheimer, M., Adorno, T. and Sánchez, J. (1998). Dialéctica de la Ilustración. Madrid: Trotta.

Oltra, B., Mantecón, A. and Oltra Algado, C. (2009). Sociología de la cultura. [Alicante (C/ Carlet, 3, 03007, Alicante)]: B. Oltra.

Zerzan, J. (2001). Futuro primitivo y otros ensayos. Valencia: Numa.

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