Heterosexualidad reificada y el poder psiquiátrico

Hay procedimientos, identidades y hábitos cotidianos que, o bien pasan desapercibido al ojo humano, o se instauran como hechos incuestionables o naturales. La sexualidad humana es uno de ellos, la cual más allá de una cuestión biológica o espontánea, se manifiesta dentro y en función de las condiciones socioculturales que la reprimen, obligan, posibilitan o fomentan.

Los sociólogos Luckmann y Berger han dedicado gran parte de sus obras a una teoría del conocimiento de la sociedad que pone énfasis en el constructivismo, su La construcción social de la realidad (1966) rinde cuentas a ello. La tesis principal del libro es la que postula la realidad social como un proceso dialéctico entre la actividad humana y los productos simbólicos y culturales que de ella derivan. La actividad humana termina traduciéndose en una “cultura objetivada”, debido a la reificación del mundo: se configura, así, un universo simbólico y cultural concreto que comienza a interiorizarse como algo suprahumano, “cosa” ajena a la creación humana, la cual condiciona a su vez la actividad humana. A su vez, el hecho fundamental de que la actividad humana es la misma que otorga legitimidad a tal mundo reificado y, por ello, puede también deslegitimarlo, constituye un motivo esencial para la posibilidad del cambio social. En este sentido podemos hablar del proceso por el cual la sexualidad se reifica en la sociedad, qué formas y contenidos adquiere en función de su contexto histórico.

La heterosexualidad es la sexualidad dominante (“modelo sexual hegemónico”) que rige las sociedades occidentales. Tal y como plantea Óscar Guasch en La crisis de la heterosexualidad (2000), la heterosexualidad no tiene más de 150 años. Esta consiste en una identidad social que, vigente en su práctica hace muchos siglos más atrás, en su reificación y naturalización solo tiene siglo y medio. La heterosexualidad es un mito, es una identidad sexual occidental, judeocristina, reciente; producto de unas circunstancias sociohistóricas concretas. Durante la Edad Media y en periodos anteriores no existía como tal la identidad heterosexual; empero, sí la represión de determinadas prácticas sexuales y afectivas que fueron condición previa a la heterosexualización social y moderna, construyéndose así un tipo de desviación social tangible: los “disidentes sexuales”, desde los sodomitas del medievo hasta los libertinos modernos, cuyas prácticas se etiquetaban como “contra natura” o “ilegítimas”.

Volviendo a Luckmann y Berger, se nos sugiere la cuestión del poder. No solo se trata aquí de la mera construcción de la realidad social, sino que tal proceso viene acompañado de instancias de poder que, con mayor o menos agudeza, insertan identidades, nociones o saberes en el cuerpo social y, si tienen la oportunidad, se enquistan culturalmente. Por ello, la heterosexualidad en su genealogía, en su desarrollo histórico, ha desembocado en una reificación facilitada y fomentada por cierto grupo o institución social. De ahí la urgencia sociológica de no solo estudiar y analizar el “qué” abstracto, sino tambien el “quién define tal realidad social”, tal y como proponen Luckmann y Berger.  La heterosexualidad es institucionalizada por el poder emergente médico-psiquiátrico del s. XIX, como asevera Guasch:

“A lo largo del siglo XIX la medicina ofrece a la burguesía una nueva legitimidad para el control social de los disidentes sociales en general y de los disidentes sexuales en particular. El siglo XIX contempla el final del proceso por el cual el endemoniado se convierte en loco, condena al anarquista y al hombre de genio, convierte al criminal en enfermo, al obrero en desequilibrado y al sodomita en perverso” (2000, p. 63-64).

El triunfo y asentamiento en toda Europa occidental del pensamiento ilustrado, donde emerge con fuerza la filosofía racionalista y positivista, donde “razón” y ciencia positiva se convierten en la piedra angular del conocimiento, conlleva a la institucionalización de cierta forma de conocimiento objetiva, supuestamente secular e incuestionable. Es en aquel entonces donde con mayor peso se asientan instituciones relativas a la psiquiatría y a la medicina moderna que, bajo el discurso objetivo y positivo, consiguen la autoridad y legitimidad suficiente como para configurar una hegemonía del saber y la aplicación de este saber en los cuerpos y conciencias: saber no desprovisto de relaciones de poder, en sentido foucaultiano (saber-poder: el conocimiento implica poder).

En este contexto, resulta interesante el hecho de que las personas transexuales y transgénero son desplazadas y excluidas de la normalidad social, en concreto desde el punto de vista médico-psiquiátrico son patologizadas. Disidencia sexual y de género que choca con el sistema sexo-género, por el cual el género se define y determina socialmente a partir del sexo biológico. El discurso psiquiátrico comienza a convertir las transgresiones sexuales que durante la Edad Media fueron considerados pecados bajo el discurso judeocristiano (la sodomía); esta vez en perversiones sexuales, categorizando cada una de las prácticas y conductas sexuales que se salían del “modelo sexual hegemónico”. El fenómeno transexual/transgénero también se ve afectado por la “verdad” institucionalizada por la ciencia positiva: la psicología lo estudiaba, comprendiéndolo como enfermedad o trastorno mental y, por ello, se empecinaba en tratamientos de curación o reparativos para hacer desaparecer el sentimiento transexual o transgénero.

Esta visión patologizadora de la identidad de género queda reflejada en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de 1994 , donde la American Psychiatric Association da constancia de que este fenómeno, por así decirlo, se trata de un error, un problema: el errático sentimiento de pertenecer al sexo o género que no te corresponde. Además, la propia Organización Mundial de la Salud aun en 2014 continúa con este médico-psiquiátrico fideicomiso, situando las identidad transexual y transgénero en la categoría de Trastornos mentales y de comportamiento, disponible en su Clasificación internacional de enfermedades (OMS, 2014).

Por ende, el mundo reificado se entreteje entre fuerzas y relaciones de poder, bajo condiciones múltiples que harán o no posible la edificación de la realidad tal cual la conocemos. La heterosexualidad fue objetivada por una fuerza social (no entraremos aquí en los detalles del contexto actual, sobre la emergencia de las nuevas expresiones sociales), envestida con mayor determinación por el modelo médico-psiquiátrico. Nosotros, que somos sujetos del propio objeto que estudiamos, nos confundimos con nuestros axiomas: la ciencia positiva se entrelaza y tropieza consigo misma, creyéndose sus propios discursos. Así en la sexualidad como en cualquier otra dimensión o aspecto social, naturalizamos los discursos y sus objetos de conocimiento, hasta el punto de sernos casi imposible desprendernos del fósil de nuestra identidad, anclada en nuestro espíritu con más vehemencia cuanto más presente esté en nuestra infancia la construcción de la misma. El andamiaje identitario que se forja en la socialización primaria supone una base que no podemos negar ni extrapolar súbitamente, tal es la condición de nuestra individualidad, impropia y extraña: “El niño no internaliza el mundo de sus otros significantes como uno de los tantos mundos posibles: lo internaliza como el mundo, el único que existe y que se pueda concebir, el mundo tout court” (Luckmann y Berger, 1966).

 

BIBLIOGRAFÍA:

APA (American Psychological Association). (2013). Gender Dysphoria. Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders. Disponible en: http://www.dsm5.org/Documents/Gender%20Dysphoria%20Fact%20Sheet.pdf

Guasch i Andreu, O. (2000). La crisis de la heterosexualidad. 1st ed. Barcelona: Laertes.

Oltra, B., Mantecón, A. and Oltra Algado, C. (2009). Sociología de la cultura. [Alicante (C/ Carlet, 3, 03007, Alicante)]: B. Oltra.

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