I. Sociología y economía: Más allá de sus fronteras

Durante las próximas semanas, compartiré una síntesis que realicé para una asignatura de sociología económica. Síntesis que abarca tres apartados, con diversas cuestiones y consideraciones sobre el saber sociológico y económico, la transversalidad de saberes, el examen histórico de la crisis del s. XXI y la estructura de clases en la que emerge. (La bibliografía utilizada quedará plasmada en el último apartado).

ÍNDICE:

I. Sociología y economía: más allá de sus fronteras

Ciencia, saberes y fronteras

Sociología económica: transversalidad de saberes

II. El nacimiento de la crisis del s. XXI

III. Estructura de clases: el mito de la clase media

 


CIENCIA, SABERES Y FRONTERAS

El mundo del pensamiento, en lo que tiene de historia, ha pasado por mil y una formas, ha ido de un lado a otro, se nos dice que en busca del conocimiento. De cierto conocimiento. En cambio, el fondo del conocimiento siempre ha sido una cosa, y no otra: un fenómeno tan accidental como causal, enraizado en su contexto, fruto de la existencia humana, diríase “demasiado humana”. Pero, asimismo, lo “humano” es fruto de una noción de sí más “ajena” que propia, más circunstancial que sustancial; así quedó expresado en el debate Sartre-Strauss sobre el humanismo (Fernández J. F., 2005): el estructuralismo rinde cuentas al “hombre” universal que está manifiesto en el pensamiento sartreano, el cogito del humanismo, reduciéndolo a una categoría que responde a unas condiciones económicas y culturales muy concretas. ¿Qué decir, si no, del moderno concepto de “individuo”, apenas existente en dispares comunidades, concepto abstracto que ha necesitado siglos de gestación? (Kropotkin P., 1997, p. 49-50).

Una cita tan sucinta como la de Cioran, en su Breviario de Podredumbre (1949), reduce tan humana y paradójicamente la historia del pensamiento a lo siguiente: “Seducidos por el demonio de lo Inédito olvidamos demasiado pronto que somos los epígonos del primer pitecántropo que se puso a reflexionar”. Aquello que fue explicado por la mitología, mediante la ciencia, en lo que se refiere a lo profundo del pensamiento, no ha hecho más comprensible e inteligible la existencia y sus condiciones. Cambian las formas: “sigue el Amor sin Venus, la Guerra sin Marte” (todo un decorado del saber). Ahora bien, las cuestiones sobre la consistencia de lo que se hace llamar “conocimiento”, si esto es real o no, arrastrando con ello el prejuicio kantiano de la realidad en sí, tiende a lo metafísico y elucubrativo. Lo que resulta relevante, así ha quedado inscrito en la filosofía foucaultiana, es la genealogía de las distintas formas de conocimiento, los errores que el largo paso de la historia ha tornado incuestionables (Foucault M., 1980, p. 11); así como entender su estructura y los efectos que producen en la sociedad y su entorno. Para ello, más allá de dejarse llevar por la artificial fragmentación de la ciencia moderna, su especialización y mecanicismo aun patentes, sería óptimo la transversalidad en los saberes: es decir, el estudio y contemplación de las distintas disciplinas que han ido diferenciándose, sin dejar a un lado el estudio del conjunto, y no ceñirse a las partes aisladas y descontextualizadas.

Transversalidad de los saberes, ¿por qué no de las “ciencias”? El debate entre “ciencia” o “saber” está manifiesto también en el pensamiento de Foucault (véase su Curso del 7 de enero de 1976) y, aunque resulte ser insignificante, cabe entender lo significativo del matiz si no queremos tropezar con argumentos de autoridad, inconsecuentes con la realidad estudiada. La dimensión de los “saberes” se refiere a todos aquellos elementos simbólicos y significados que dotan de una explicación o un sentido a distintos ámbitos de la vida cotidiana, interiorizados y aprehendidos, teórica o inductivamente, en la constitución del individuo en sociedad. La ciencia se refiere a un saber concreto, al desarrollo de un conocimiento humano sobre su entorno o sus elementos específicos. Sin embargo, la ciencia, tal y como se ha desarrollado en la sociedad moderna, es producto y productor a su vez de una instrumentalización del conocimiento, atravesado por unas relaciones de poder y unos discursos de verdad que, más allá de mostrarse como conocimiento objetivo y portador de verdades categóricas, se encuentran circunscritos en la lógica del poder institucional. La “ciencia”, así pues, ha sido un recurso dominante para la justificación y legitimación de prácticas inscritas bajo las lógicas del poder del Estado, el capital, instituciones varias (desde la médica hasta la escolar), etc. Aunque, por mi parte, considero que el debate entre “saber” o “ciencia” es más bien terminológico e histórico, es decir, el rehusar de lo “científico” se debe a un rechazo sobre lo que pretende ser objetivo y absoluto (crítica de lo científico como respuesta a los mecanismos de dominación que ha reproducido en un momento histórico clave), mientras que el discurso se sostiene bajo unos intereses, motivos, incluso errores ideológicos (pues, no toda “verdad” es un error pretendido, consciente; sino, en gran medida, una verdad entronizada y reificada[1]); esto no debe condenar lo científico como saber que explora y ordena la realidad, sino, en tal caso, sus efectos, su trasfondo… Si nos referimos, pues, a la importancia de la transversalidad de los saberes, hacemos alusión a lo necesario que supone ser entender el conjunto que compete a la realidad estudiada, sin olvidar ingenuamente nuestras limitaciones para ello, la también necesaria función de acotar lo estudiado.

De un modo claro quedaba expresada, en un artículo publicado por Kroeber y Parsons (1958), esta dicotomía entre el estudio de los conjuntos y la importancia separada de las partes, en lo que se refiere a la brecha entre la antropología y la sociología en sus objetos de estudio. Los conceptos de cultura y sociedad no tenían apenas distinción, tal es así que las definiciones de la que partía la antropología (Tylor, Boas) y la sociología (Comte, Spencer, Weber, Durkheim), en los inicios del desarrollo de tales disciplinas, eran idénticas en esencia. Sin embargo, tales conceptos fueron diferenciándose, especializándose según la disciplina. Así la antropología comenzaba a centrarse en la cultura y, a partir de ella, estudian el sistema social como una parte de la totalidad cultural; mientras que la sociología observa la cultura como consecuencia de las sociedades. Kroeber y Parsons se obstinan en tal asunto y tratan de resolver la dicotomía conceptual que se había generado, complementando ambos conceptos, como partes interrelacionadas e inseparables. Entienden la cultura como aquellos sistemas de valores, ideas, símbolos y de significados que guían y son artefacto del comportamiento humano. La sociedad, en cambio, como aquel sistema de relaciones entre los individuos y colectividades. Esta distinción conceptual sirve así, según los objetivos de estudio, para focalizar, bien sea en la cultura, o bien en el sistema social; empero, prestando atención a la implicación recíproca y necesaria de ambas partes.

En cambio, hablar de la brecha entre la sociología y la antropología, el hachazo y partición en dos conceptos diferenciados, solo si se presta atención a la historia y sus condiciones, puede ser entendida; aunque, en general, la fragmentación del conocimiento en toda la era moderna. La diferenciación entre disciplinas científicas no era común en siglos pretéritos, sino que viene acentuada a partir del siglo XVIII, con el peso e influencia de la Ilustración en toda Europa occidental. Este contexto histórico es importante para comprender el porqué de la “fronterización” del conocimiento, ya que, tal y como nos sugiere Wallerstein, “este modelo de diferenciación se adecúa a los modelos de diferenciación de las estructuras sociales en general” (2014, p. 170). En este sentido podemos entrever cierta relación entre la creciente división social del trabajo, entre otros factores, y la demarcación por especialidades del conocimiento científico. Así queda, en el marco de las ciencias humanas, una diferenciación entre diversos campos: entre el pasado y el presente; Occidente y no-Occidente; Estado, mercado y sociedad civil (ídem). Aquí añadiremos que la especialización más general, pese a que parezca obvia, entre las ciencias naturales y ciencias sociales también supone una honda brecha que nubla todo acceso a un conocimiento consecuente con la realidad. Sin embargo, infinidad de esfuerzo se invirtió en las ciencias sociales para conseguir su institucionalización y carácter científico, cualidad social y académicamente aceptada, de la mano de autores como Auguste Comte, del legado cientificista de Marx y Engels, la institucionalización como ciencia de la sociología por parte de Émile Durkheim, etc.

Por un lado, la diferenciación entre pasado y presente dan autonomía a la disciplina histórica, y su estudio del pasado, y a la sociología, economía y politología, con su estudio del presente, obstinados en investigaciones del entorno social y su contexto más inmediato. Esto puede tener su justificación funcional en el marco de una sociedad industrial, donde se tornan necesarios estudios muy concretos relativos a la administración estatal, el mercado y el control social; desapegados total o parcialmente de un enfoque histórico, con tal de estudiar la situación presente en aras de transformaciones y un saber pragmático. A su vez se desencadena la distinción entre el campo de estudio propio de la politología, el Estado; de la economía, el mercado; y de la sociología, la sociedad civil. Todo ello tiene su razón de ser en esta misma división del trabajo, la cual garantiza autonomía y reconocimiento científico a aquellas disciplinas con un grado de especialización considerable como para ser integradas en la práctica política y económica del presente (publicidad política, administración pública, estudios de mercado, etc.), en primera instancia.

Además, se comenzó a dar la distinción dentro de las ciencias sociales entre dos categorías consideradas antagónicas: Occidente y no-Occidente. A partir de dicha clasificación se describían a aquellas civilizaciones y culturas que habían sido ajenas al proyecto ilustrado de Europa, así como de Norteamérica; entre las cuales se encontraban aquellas poblaciones indígenas que habían sido o iban a ser víctimas de los procesos colonialistas del s. XVI y XIX. La antropología fue la disciplina central que reforzaba en sus inicios esta distinción, entre las sociedades primitivas y estáticas, no integradas en la historia del progreso occidental, y las sociedades civilizadas, provista de tecnología y conocimiento avanzado. De este modo, la justificación de la intervención militar, política y económica queda expuesta socialmente y manifiesta en sus efectos de poder sobre las poblaciones no occidentales; discurso y práctica que arrastramos hasta nuestros días para con la relación Norte-Sur en la representación dominante del mapa mundial, bajo el criterio del “desarrollo económico y social”.

Se olvida con facilidad los orígenes de esta fragmentación en el conocimiento, así como el peso de prestigio y autoridad que ha otorgado el autoproclamarse “científico”, el apoyo de las instituciones de poder de nuestras sociedades a lo que resulta ser científico y no-científico, verdadero y falso, la nueva moral encumbrada de la Ilustración, la escolástica del siglo de las luces (y de sus sombras). Algunos errores, entre ellos victorias y fracasos para unos o para otros, quedan suficientemente documentados:

¿Qué decir de la energía y esfuerzos invertidos para la generación y construcción de nuevas tecnologías al servicio de la acumulación de capital y derivados? Una tecnología que, si no se ha visto efectiva en lo que se refiere a lo informacional y al mundo de internet, con la capacidad de concentrar el beneficio en unos pocos y desplazar el excedente de capital allá donde promete rentabilidad –con el correspondiente rastro que deja su depredación en el globo: tierras desposeídas, mano de obra pauperizada al son de la deslocalización productiva, etc.–, sí se habrá visto como auspiciadora del desarrollo militar: crucial y necesaria para la prevalencia de las hegemonías (tal es así, que EE.UU. necesita de una gran inversión en este campo hasta la actualidad, al borde de una posible caída de su poder, para asegurar su posición geopolítica y el control de los recursos fósiles).

Si, por otro lado, no olvidamos que las ciencias naturales han tenido una genealogía, no al margen de la sociedad, no al modo de una ciencia suprahumana o extramoral, sino a tenor de ella: ¿Qué objetaremos sobre el auge de la medicina alopática que culminó con Pasteur, con su aseverada teoría de la infección? ¿La ciencia, en este aspecto, es tan objetiva como se propone, o sigue la lógica de legitimación de una sociedad expuesta constantemente al riesgo y a la enfermedad? Recuerdo aquí que existen postulados muy interesantes que contraponen o polemizan la teoría microbiana de la enfermedad: por ejemplo, la que propuso Béchamp[2], su teoría pleomórfica, que sostiene que enfermamos por un desequilibrio del organismo (bien sea por la alimentación, ambiente, estados emocionales adversos, etc.), no por nuestra interacción con un “agente patógeno”. Enfatizando que los efectos secundarios de los fármacos son la segunda causa de muerte mundial (muerte por “iatrogenia”), si nos atenemos a los datos de Peter Gotzsche, ¿es la teoría microbiana un error, verdad institucionalizada, tan importante como los beneficios de las grandes farmacéuticas como para caer y ser deslegitimada? ¿Es la enfermedad más bien una causa multifactorial que como solución de raíz necesita de un cambio sistémico, no una empaquetada y estandarizada dosis farmacológica?

En paralelo, primo hermano de la ciencia médica, la psiquiatría también tiene su aporte en materia de poder. Véase los efectos que ha dejado entrever en sus prácticas y teoría a lo largo de su historia, patologizando ciertas conductas sexuales e identidades desviadas de la normalidad social. El discurso psiquiátrico comienza a convertir las transgresiones sexuales que durante la Edad Media fueron considerados pecados bajo el discurso judeocristiano (la sodomía); esta vez en perversiones sexuales, categorizando cada una de las prácticas y conductas sexuales que se salían del “modelo sexual hegemónico” (Guasch i Andreu, O., 2000). El fenómeno transexual/transgénero también se ve afectado por la “verdad” institucionalizada por la ciencia positiva: la psicología lo estudiaba, comprendiéndolo como enfermedad o trastorno mental y, por ello, se empecinaba en tratamientos de curación o reparativos para hacer desaparecer el sentimiento transexual o transgénero.

Una vez hemos realizado una reflexión sucinta sobre las formas que ha adoptado el conocimiento en la historia moderna, así como también hemos podido observar la significativa influencia que ha tenido y tiene el desarrollo histórico de las sociedades, sus organizaciones políticas y su modelo económico, en nuestro caso especial el Estado moderno y el capitalismo, podemos detenernos a profundizar en la sociología como posible disciplina holística, integradora de una gran amalgama de conocimientos y disciplinas; aun más, profundizar en la importancia del modelo económico como variable motriz a través de lo que se hace llamar “sociología económica”.

SOCIOLOGÍA ECONÓMICA: TRANSVERSALIDAD DE SABERES

La sociología, dejando a un lado la infinidad de posturas y su forma de aplicación dominante en nuestras sociedades (encajada en estudios de mercado y en la administración pública), si se presta atención al fondo de su contenido, a la comprensión de la realidad social, nos cercioramos de que nos confiere de una mirada transdisciplinar de la realidad que nos es común. Apartándonos de todo relativismo extremo del conocimiento, entendiendo que objetividad y subjetividad son la cara de, sino de la misma, parecida moneda; comprenderemos que la sociología puede tener por cualidad la capacidad de abarcar la realidad que nos es común en su máximo esplendor: desplazándose por los significados y sentidos que enhebra la sociedad, sus condiciones culturales y discursivas, hasta las condiciones materiales que fundamentan la existencia. Movimiento llevado a cabo gracias a la transversalidad de ciencias o saberes que nos permiten abarcar nuestro objeto de estudio desde una visión holística de todas sus facetas y variables.

Esta situación planteada sobre lo objetivo-subjetivo puede enlazarse con el teorema de Thomas, aquel que supone que “si los individuos definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias”. La premisa es válida en la medida que planteamos que la realidad tiene un cariz especialmente subjetivo, que allende la percepción humana no hay percepción y, por ende, estas cuestiones carecerían de sentido o importancia[3]. En cambio, este primer planteamiento quedaría corto, bajo el sesgo de la metafísica social o el solipsismo. Es el sociólogo R. K. Merton quien hace hincapié en un complemento teórico para dicho teorema, que versa de este modo: “aunque los hombres no definan las situaciones como reales, estas siguen, sin embargo, siendo reales en sus consecuencias”. Así pues, allá donde se forja la subjetividad (o no) encontramos un objeto en común, el cual es percibido y, si se da el caso, interpretado y definido.

Cierto es que la realidad que nos es común se ha tornado (quizás así lo hayamos creído) algo compleja, si dejamos a un lado la sencillez en vida de aquellas comunidades no domeñadas por  la influencia de las civilizaciones autoproclamadas “desarrolladas” (ese viejo anhelo de sacerdotes ascéticos como John Zerzan, anhelo por una naturaleza prístina, pura, original), y se tienda fácilmente a tener la impresión de que el espíritu humano es autónomo y se escinde de los procesos materiales que le subyacen, que crea un mundo simbólico a su paso cada vez más vasto y heterogéneo, más propio. El idealismo filosófico aquí va a ser desechado, comprendiendo que son las condiciones estructurales las que han ido forjando al espíritu humano: su escisión es un espejismo, una consecuencia, no un acto. Por ello, la economía resulta ser una materia imprescindible para el estudio de la realidad social, sin la cual nuestro análisis quedaría suspendido en el aire, al estilo platónico. La economía entendida como la administración, distribución y consumo de los recursos productivos en una sociedad concreta. Como hemos ido advirtiendo anteriormente, si se es buen observador, los distintos efectos de poder que han tenido las diversas ciencias a lo largo de la historia –desde ciencias sociales hasta las naturales– han sido motivadas o atravesadas por el sistema económico en el que han emergido. En algunos casos, como el de la psiquiatría, no corresponden a un motivo económico en especial, es decir, lo económico no es su interés terminal. Casos como estos nos revelan esa complejidad del espíritu humano, digamos, si se quiere, de la cultura. Althusser, en Ideología y aparatos ideológicos del Estado (1970), al relatarnos la diferencia y complementación dialéctica entre la “estructura” y la “superestructura”, conceptos propios de una perspectiva marxista, nos insistía en que la “superestructura” encierra cierta “autonomía relativa”. En esta autonomía relativa precisamente se encuentra la multitud de elementos e instancias de poder provenientes de lo simbólico y discursivo (de ahí el énfasis de la genealogía nietzscheana en Foucault), no tanto de lo económico y material, pese a que emerja en dicha base.

Esta importancia de lo económico que atraviesa la vida en sociedad debe ser analizada en todas sus facetas para la comprensión de la realidad consecuentemente, primero, y si se pretende transformar las condiciones de vida, segundo. La sociología económica debiera cumplir dicha función, como disciplina transdisciplinar, centrada en los procesos económicos en su estudio, pero sin obviar el resto de variables que influyen. Hablaríamos de una focalización del interés de estudio y no una fronterización del saber.

Sin embargo, es preciso desvelar las carencias del saber económico de nuestros días: institucionalizado bajo un paradigma omnímodo, se sustenta bajo axiomas y teorías fundamentadas en la dominación de clase, la acumulación de capital, el crecimiento inexorable e incesante y en la idiocia político-cultural, en suma. La economía como ideología que no ha dejado de configurar una brecha en el conocimiento, reduciendo la realidad socioeconómica a su esquema teórico-deductivo, especialmente ahistórico. Relegado de su naturaleza violenta y de dominación, donde la propiedad privada y el capital son productos de una lucha entre clases sociales, tras la caída de la antigua aristocracia, emergiendo las condiciones materiales que encumbraron al Estado capitalista y, con ello, las condiciones jurisdiccionales que posibilitaron la perpetuación del poder de la burguesía.

La carencia de visión holística, así como la profesionalización del economista, han conllevado a la destrucción de la noción de los procesos, contradicciones, impactos y falacias que fundamentan la economía capitalista, así como a su discurso. Desde la separación artificial que se ha generado en el discurso científico entre sistema político y sistema económico (ello deriva en la separación entre Estado y economía), la incongruencia de un crecimiento sostenible en términos ecosistémicos, la naturalización del individualismo ficticio, hasta los relatos pueriles de la libertad de mercado y la democracia moderna.

Ante todo ello, trataremos dar un sucinto repaso a la última gran crisis acontecida en el s. XXI, desde el punto de vista holístico de la sociología, con la focalización propia de la sociología económica.


Notas a pie de página:

[1] Los discursos de verdad, con sus efectos de poder, tienen una genealogía que desmiente la existencia de un poder puramente pretendido, intencionado, con razón de ser. Esto nos conlleva a analizar el fondo y grosor de los hechos desde una óptica multiforme y multicausal: “Antes de preguntarse cómo aparece el soberano en lo alto, saber cómo se han, poco a poco, progresivamente, realmente, materialmente constituido los sujetos, a partir de la multiplicidad de los cuerpos, de las fuerzas, de las energías, de las materialidades, de los deseos, de los pensamientos, etc.” (Foucault M., 1980; p.143).

[2] Este tema pareciera harina de otro costal, pero es pertinente tenerlo en cuenta. Se ha escrito sobre ello, pero se ha dicho muy poco, al menos ha tenido poco eco: Jesús García Blanca, en su La sanidad contra la salud (2015) nos da algunas pistas sobre los orígenes de la medicina moderna y su interconexión con el poder institucional y económico imperante (la triada Sanidad Pública, industria farmacéutica y el poder científico-académico tan prestigiado por la era moderna), así como nos revela los últimos estudios sobre Pasteur y el posible falseo a sabiendas de sus investigaciones. Las tesis de Béchamp están en la línea de lo que el biólogo Máximo Sandín postula en nuestros días: los microorganismos han evolucionado con nosotros, no contra nosotros, resumidamente.

[3] En este sentido, Shakespeare vestido de Hamlet habla por nosotros: “Dinamarca es una cárcel… no hay nada bueno ni malo: nuestra opinión le hace serlo. Para mí es una cárcel”.

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