II. Sociología económica: El nacimiento de la crisis del s. XXI

La crisis acontecida en 2007 y 2008 a escala mundial, bautizada como “La Gran Recesión”, no es un caso aislado, fruto de un “mal funcionamiento” concreto, de la sed de riquezas de cuatro individuos. En todo caso, de un concreto funcionar estructural, si acaso, de una sed de riquezas y dominio que opera a nivel estructural. No podríamos entender este estallido con la mirada ingenua del economista de oficina, pasmado en el escándalo presente y obstinado en resolver el problema con asépticas funciones matemáticas. Es necesaria una mirada histórica, así como filosófica, a fin de cuentas.

Ya en 2006 comenzaron a darse indicios del terremoto, así nos lo relata David Harvey (2012), donde aumentaron considerablemente los desahucios en estados como Cleveland y Detroit. Sin embargo, los medios no hicieron eco de este acontecimiento, resulta revelador, pues se trataban de minorías excluidas. Fue en 2007 cuando comenzó a afectar a la clase media blanca, donde los desahucios se convirtieron realmente en un problema social generalizado y manifiesto en los medios de comunicación: casi dos millones de desahuciados, y cuatro millones en peligro de desahucio. En términos generales, y mundiales, la economía se tradujo en endeudamiento y la incapacidad de saldar dichas deudas, por parte de sus acreedores: desde consumidores hasta las propias entidades bancarias (hecho que conllevó al rescate por parte de los Estados de muchas de ellas, las más poderosas). La caída del precio de la vivienda fue irremediable, y el anterior y generalizado apalancamiento económico terminó convirtiéndose en un riesgo inasumible, una pérdida de la rentabilidad en la inversión de viviendas.

Todo este contexto fue forjado por una serie de sucesos socioeconómicos: por un lado, la financiarización económica fue el caldo de cultivo y una necesidad sistémica, a través de la cual el capital buscaba una rentabilidad más allá de lo productivo y comercial, en lo especulativo. Por otro lado, esta incesante financiarización condujo a reincorporar el capital en circulación, encontrar beneficio por otros medios, pero no a deshacer las contradicciones que acontecían en la economía productiva y en el consumo: una economía anclada en la “estanflación” (el dúo formado por el estancamiento económico y la inflación); la incongruencia de un consumo insostenible, tal es el caso de las hipotecas subprime, otorgadas a personas NINJA (“No Incomes, No Jobs and Assets “, sin ingresos, trabajo ni propiedades)… Todo ello, cabe remarcar, establecido en el marco de una sociedad informatizada, la “sociedad red”, donde las transacciones y demás operaciones financieras interfieren a nivel global, exentas de las limitaciones espaciotemporales que poseían siglos pretéritos, debido al considerable avance tecnológico-informacional. Red mundial que acompaña a la expansión del capital, en su búsqueda de rentabilidad, de mano de obra, mercancías, espacios y acontecimientos futuros; un salto cualitativo, un paso más allá del “descubrimiento de América” y del ferrocarril: “La gran industria creó el mercado mundial, ya preparado por el descubrimiento de América. El mercado mundial imprimió un gigantesco impulso al comercio, a la navegación, a las comunicaciones por tierra” (Marx K. y Engels F., 1848), en nuestro entonces, las comunicaciones por aire y el mercado mundial más consolidado, bajo el control del poder financiero, quienes controlan el 80% de buena parte de la economía global (véase S. Vitali, J.B. Glattfelder y S. Battiston: “The network of global corporate control”, 2011).

Todas estas condiciones pueden ser relatadas en su orden histórico, con un hilo argumentativo bastante claro, como veremos y exploraremos a continuación.

Centrándonos en el periodo de posguerra, se nos presenta una significativa fase de crecimiento económico en Estados Unidos, quien, tras confeccionar unas condiciones de comercio internacional propicias para su hegemonía, aportará ayudas económicas a la devastada Europa Occidental (Plan Marshall). La guerra motivó la industria, sobre todo estadounidense, y el capital estaba provisto de rentabilidad allá donde operaba. La reconstrucción de Europa, su despegue hacia un crecimiento económico motivó aun más las ganancias privadas, abrió nuevos espacios donde captar plusvalía, poner en marcha el trabajo vivo y el consumo (la incipiente sociedad de consumo). La incesante acumulación de capital, junto al pleno empleo y la constante expansión de la demanda facilitaron la inclusión de modelos políticos y económicos como el fordismo, keynesianismo y el Estado de Bienestar. Esta etapa es reconocida como los “Treinta Gloriosos” o la “Edad de oro del capitalismo” y finalizó con la crisis del petróleo de 1973, desarticulando las condiciones de legitimación social que fueron conformándose.

Durante este periodo, el mundo se dividió ideológicamente en dos bloques (Este y Oeste) y las condiciones político-económicas fueron forjadas por las potencias del mundo, con una dirección hegemónica propicia para Estados Unidos. Estas condiciones fueron fraguándose desde 1944, cuando se llevaron a cabo los acuerdos de Bretton Woods en pos de unas condiciones de comercio internacional más abiertas, concluyendo, entre otros puntos, en un sistema monetario internacional basado en el patrón oro (el dólar estadounidense se estableció como moneda canjeable por oro) y a la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. En suma, hablamos de todo un periodo que corresponde a una expansión material o comercial, tal y como postula Arrighi (2014), que viene precedida a una expansión financiera.

La intromisión de la entonces superpotencia estadounidense en la reunificación de las dos Vietnam, conllevó a una guerra con unos costes significativos para Estados Unidos, tanto económicos como de legitimación. En primer lugar, la derrota norteamericana implicó un importante déficit y, a la par, la incapacidad de perdurar con un sistema monetario basado en el patrón oro. Por ello, la administración Nixon relegó los acuerdos de Bretton Wood y dejó de canjear dólares por oro, surgiendo el dólar como dinero fiduciario, libre de un respaldo verdaderamente tangible. No obstante, en segundo lugar, Estados Unidos, una superpotencia mundial caracterizada por poseer uno de los organismos militares más avanzados tecnológicamente y caros de sus tiempos, fueron aplastados por uno de los países más pobres de la Tierra. Teniendo en cuenta tal contexto y situación, sencillo es concluir la fácil y rápida deslegitimación que se extendió por las colonias aun existentes del mundo:

El resultado fue un vacío de poder que fuerzas locales, en connivencia explícita o tácita con la URSS y sus aliados, rápidamente explotaron de varios modos: para completar el proceso de liberación nacional de los últimos residuos del colonialismo europeo (como en las colonias africanas de Portugal y en Zimbabue), para enzarzarse en guerras recíprocas en un intento de reorganizar el espacio político de las regiones circundantes (como en el África oriental, el sur de Asia e Indochina), y para expulsar del poder a los Estados-clientes de los Estados Unidos (como en Nicaragua e Irán). (Arrighi G., 2014, p. 387).

Las condiciones que comenzaron a trazarse con el alza del precio del petróleo en el 73 –cuyo aumento continuó en el 79–, entorpecían el control mundial del capital por parte del Primer Mundo. Además, su estructura interna fue dando tumbos debido a diversos aspectos: la distribución y organización del trabajo durante la posguerra fue consolidando una conciencia sindical y reivindicativa, incrementada por la disposición geográfica o urbana de vecindarios obreros (fruto de la localización homogénea industrial, maximizando la posibilidad de asociación entre trabajadores); la sobreproducción originada por la progresiva integración de los países industrializados eurojaponeses en el mercado y los antagonismos que presentaba la conciliación de un Estado que debía garantizar bienes y servicios públicos (como las políticas de bienestar) con la ambiciosa acumulación de capital del sector privado.

En paralelo, los países del Sur, aparte de sufrir las crisis del petróleo (causadas por conflagraciones) y un consecuente déficit en la balanza de pagos, se vieron inmersos en un endeudamiento provocado por los entresijos financieros de Occidente. Fue entonces cuando el modelo económico internacional dio un giro, una oportunidad decisiva para el poder de las altas finanzas, una alianza política de Estados Unidos con el mundo financiero para recuperar su hegemonía mundial. “Los efectos devastadores de las políticas monetarias restrictivas, los altos tipos de interés reales y la desregulación estadounidense pusieron inmediatamente de rodillas a los Estados del Tercer Mundo” (ibídem., p.389). Políticas como las del Consenso de Washington (de la mano de las políticas neoliberales de Ronald Reagan y Margaret Thatcher) con la cual retomó la hegemonía el bloque occidental, subyugando a los países del Sur a la deuda, se centró en tres grandes pilares: austeridad fiscal, privatización y liberalización de los mercados.

La economía del sistema-mundo capitalista, desde 1973, ha sido sucumbida por las altas finanzas. Esto significa que la producción o el sistema fabril ha perdido relevancia y la financiarización de la economía se ha convertido en la herramienta clave para la acumulación de capital, encontrar rentabilidad. Esta progresión sistémica se puede observar en el elevado aumento de los flujos de capital en el mundo durante estos últimos 30 años. La globalización financiera de la que hablamos es la misma que ha podido ocasionar una verdadera red empresarial a nivel mundial, incrementando la concentración del capital en cada vez menos manos, gracias al progreso que ha ido teniendo las tecnologías de información y comunicación.

Después de la crisis del petróleo en 1973 vemos con mayor claridad el argumento de todo este proceso histórico: la financiarización económica (la expansión financiera, impulsada con la disolución de Bretton Woods en 1971) resulta de la imposibilidad por parte del capital de encontrar rentabilidad en el trabajo productivo, se ve ante un obstáculo que traspasa y supera, aunque con todas las crisis y daños que conduce tal superación, en las décadas posteriores. Del mismo modo que el capital superó las dificultades que supuso la resistencia obrera, acrecentada a partir de los años 70, con las políticas neoliberales, de la mano de figuras como Thatcher (Reino Unido, 1979) y Reagan (EE.UU., 1981), en el marco de una sociedad globalizada, haciendo accesible una mano de obra global, deslocalizando el capital y el trabajo; la financiarización trató de superar los problemas relativos a la insuficiencia del mercado para cubrir su demanda y la difícil reincorporación del capital a la circulación.

El aumento de las tarjetas de créditos solventó en apariencia el problema del consumo, de la demanda, incompatible con la contención salarial; los ajustes estructurales en países de Latinoamérica y Asia rentabilizaron el capital proveniente de Occidente, la exportación de capital en países que prometen futuras ganancias, bajo el juego de la especulación. Todo esto ha sido motivo de una sucesión de crisis económicas muy concretas, las cuales han derivado en la crisis mundial de 2007/08 (véase el Esquema 1).

 

Esquema 1. Antecedentes de la crisis de 2008

Crisis económicasFuente: Elaboración propia. Datos extraídos de D. Harvey (2012).

 

La forzosa separación entre la economía financiera (simbólica) y la economía productiva (tanto bienes como servicios) no ha hecho más que tornar más profundas las contradicciones entre el capital y el trabajo. Los movimientos y especulaciones financieras son motivadas en función del valor de cambio de las mercancías, la brecha para con el valor de uso del objeto de inversión es cada vez más marcada, incluso el valor de uso se torna inexistente o puramente metafísico. Esta brecha se acrecienta desde los años 70, como hemos visto. De ahí a que la actividad productiva no creciera al modo en que lo iba haciendo la actividad financiera. El ejemplo de la derogación de la Ley Glass-Steagall en 1999, que separaba el banco de depósito del de inversión en EE. UU., resulta ilustrativo para entender este triunfo de lo financiero sobre lo productivo, es decir, del capital sobre el trabajo.

Todas estas crisis que han acontecido hasta desembocar en la crisis de 2008 tienen su explicación estructural. El legado que dejó Marx sobre la explicación del funcionamiento del modo de producción capitalista aun es tan vigente como tangible. Las contradicciones que operan en una economía de tal índole no dejan de hacer resonar sus efectos y resultados en forma de crisis y servidumbre. Así pues, a la hora de analizar todos estos procesos y acontecimientos, es necesario introducir la variable relacional del “poder”, inclusive “dominación”, sin el cual no se comprendería la naturaleza del capital.

En primera instancia, centrándonos en el efecto, en la consecuencia, es decir, la crisis económica (la cual transmuta en o se confunde con otras tantas: social, política, ecológica, etc.), obtenemos distintas interpretaciones de esta, cada cual adecuada a cada caso concreto, así como interconectadas: la crisis como causa de la sobreproducción, ya sea por un exceso de la oferta como tal, o la incapacidad generalizada de que exista una demanda efectiva (subconsumo); la crisis por sobreacumulación, debido a que el capital en términos generales no encuentra rentabilidad, no tiene expectativas sustanciales para su reinversión y aumentar la tasa de ganancias, produciendo o acentuando una crisis; y, por otro lado, las crisis por desproporcionalidad (podría bautizarse como “crisis por sobreinversión”), donde la composición orgánica del capital aumenta y, con ello, la tasa de beneficios decrece. Esto último es un efecto clave de la relación estructural y de poder entre el capital y el trabajo: la tendencia del capital, sobre todo en periodos de prosperidad, es la de invertir más en cuestiones técnicas y maquinaria, indispensable para posicionarse con fuerza sobre la competencia en el mercado, en detrimento del trabajo, el cual es el motor indispensable para la acumulación de capital, el generador de plusvalor. Ello, por tanto, deviene en descenso del beneficio; así también puede derivar en el desempleo, el subconsumo, ergo la sobreproducción.

En el caso que nos compete, el de una expansión financiera, desde los años 70 en adelante, las crisis cobran un cariz sobre todo especulativo, relacionado más bien con la sobreacumulación y la búsqueda incesante de rentabilidad a toda costa, fuera de la vieja y rústica fábrica del s. XIX, de la producción. Este es un planteamiento plausible, sin dejar de lado la vigencia de la sobreproducción/subconsumo en estas crisis ni la variable “geopolítica” (casos como la crisis del petróleo, originada por una tensión entre EE.UU. y los países árabes exportadores de petróleo, quienes negaron su venta debido al apoyo estadounidense a Israel contra Siria y Egipto). Tampoco hay que olvidar las relaciones trazadas entre países céntricos, o del Norte, con los periféricos o del Sur. Durante todo este periodo se ha ejercido un dominio sobre las economías y sociedades latinoamericanas y del sudeste asiático, bajo los ajustes estructurales esparcidos por el FMI y el Banco Mundial. Un claro ejemplo de acumulación por desposesión.

Por acumulación por desposesión, Harvey (2004) entiende que es una de las formas contemporáneas del capitalismo para hacer frente al problema de la sobreacumulación. Se trata de una redefinición, o matización, de la teoría marxista de la acumulación originaria, tras la cual la violencia y la coacción eran patentes en el proceso primigenio de la acumulación capitalista, para una posterior acumulación; ahora entendida como patente y habitual práctica en el s. XX y XXI. Esta violencia tan manifiesta en “la mercantilización y privatización de la tierra y la expulsión forzosa de las poblaciones campesinas; la conversión de diversas formas de derechos de propiedad –común, colectiva, estatal, etc.– en derechos de propiedad exclusivos; la supresión del derecho a los bienes comunes; la transformación de la fuerza de trabajo en mercancía y la supresión de formas de producción y consumo alternativas; los procesos coloniales, neocoloniales e imperiales de apropiación de activos, incluyendo los recursos naturales; la monetización de los intercambios y la recaudación de impuestos, particularmente de la tierra; el tráfico de esclavos; y la usura, la deuda pública y, finalmente, el sistema de crédito. El estado, con su monopolio de la violencia y sus definiciones de legalidad, juega un rol crucial al respaldar y promover estos procesos” (Harvey D., 2004, p. 113).

De este modo, el sistema financiero todavía opera con tal coacción, sobre los países del Sur en concreto, a través de una acumulación por desposesión. La aplastante deuda externa en América Latina, con el aumento del tipo de interés por parte de los acreedores, su impagabilidad, y la devaluación de la moneda en Asia, fueron motivos excusables para proceder con ajustes estructurales vertebrados por Occidente. Ajustes que sometieron tales economías al proyecto hegemónico de Estados Unidos y Europa occidental: “Las crisis de deuda pueden usarse para reorganizar las relaciones sociales de producción en cada país, sobre la base de un análisis que favorezca la penetración de capitales externos. Los regímenes financieros internos, los mercados internos y las empresas prósperas quedaron así a merced de las empresas estadounidenses, japonesas o europeas” (ibídem, p. 118).

Llegados a este punto, no es pertinente ver en todo esto un desliz, un fallo impensable, fortuito y fundamentalmente inesperado. Toda esta sucesión de ininterrumpidas burbujas financieras es, por un lado, fruto de la contradicción que subyace a la financiarización: una solución para reconducir el capital por los senderos de la rentabilidad, sobre todo consolidar el poder del capital financiero; en cambio, una procrastinación y profundización de la crisis en todos sus aspectos. Las condiciones laborales se tornan cada vez más precarias, un mercado laboral totalmente flexible; el desempleo aumenta considerablemente y la deuda familiar es recurrente. El medio ambiente siente sus efectos, la huella ecológica es alarmante y el desperdicio de alimentos una externalidad que el poder simbólico de lo financiero elude asumir en su porvenir señorial, invisibilizado por el fetichismo de su riqueza.

Sin embargo, la financiarización, como hemos anunciado, es una fase, un reconducir la estructura, superar obstáculos. La contradicción fundamental, insistimos, parte de la relación entre capital y trabajo: el fin es la acumulación de riqueza privada, por los medios que sean necesarios. La financiarización es coyuntural, el modo de producción capitalista es estructural, de más largo recorrido, la base del funcionamiento socialmente normalizado e implantado. Los efectos emergen antes o después, con menor o mayor intensidad, en un espacio más local o global. En este caso, la tríada “más tarde, mayor intensidad e impacto global” resume la concentración monopolística del poder financiero, los efectos en cadena que han ido detonando, hasta la explosión de 2008. Todo ello acontecido en el marco de una sociedad estructurada por clases, fruto de la relación existente que hemos advertido entre la propiedad privada y la fuerza de trabajo, como veremos en el siguiente apartado.

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