III. Sociología económica. Estructura de clases: el mito de la clase media

La noción sobre las clases sociales se remonta a la Antigua Grecia, ya con Aristóteles y su Política; patente posteriormente en el Nuevo Testamento, haciendo mención a las relaciones entre ricos y pobres; también ciertos atisbos en Santo Tomás de Aquino sobre las órdenes sociales, durante el medievo; etc. (Dos Santos T., 1967, p. 81). Sin embargo, nos interesa las concepciones más contemporáneas de clase social, que andan arrastrándose desde autores como Adam Smith (1723-1790), es decir, aquellas que han emergido en el modo de producción capitalista, como análisis de este, con mayor o menor atino, pues, el conocimiento de las mismas está constreñido por el propio contexto y condiciones sociales que la hacen inteligible de una u otra forma. Esta premisa que sostiene que el contexto explica la realidad en sus términos propios nos servirá para examinar y entender las desviaciones teóricas que ha ido teniendo el concepto, sus encrucijadas y decorados.

El capitalismo que comenzó a instaurarse desde el s. XV en las ciudades-Estado genovesas, en su desarrollo histórico hasta nuestros días ha ido consolidando una estructura de clases cada vez más vigente y extendida por todo el globo terráqueo: allá donde ha operado el comercio, el capital, en su expansión, en buena medida ha mercantilizado las sociedades del mundo y las ha dirigido hacia los senderos de una sociedad de clases, bien diferenciada de lo que fue el sistema-mundo medieval y sus estamentos feudales. En el s. XIX se tenía en gran medida la seguridad y constancia de que existían, al menos, dos clases sociales: la proletaria y la burguesa (serían, si acaso, tres: también la rentista). La lucha de clases era uno de los fundamentos de los movimientos y teóricos sociales de la época, con miras en la revolución, en la emancipación social. El movimiento anarquista y marxista fueron protagonistas clave de dicha lucha. En cambio, durante el s. XX, en especial a finales y en el s. XXI, esta claridad puesta sobre la noción de dos clases sociales bien distinguidas tambaleó hasta quedar nublada por cierta inclinación teórica y mediática hacia la libre movilidad social: surgió así la noción de la “clase media”, de la capacidad individual de ascender en la escala social.

Esta teoría tiene tanto de niebla como de desorientación, pero remite y apela, sin duda, al contexto que le es su suelo, su humus y su agua. Si durante el s. XIX, las condiciones laborales rozaban la servidumbre y miseria más tangibles, la acelerada proletarización y el ritmo de acero de las fábricas, el riguroso rugir y disciplina del capataz, el hacinamiento urbano, el despojo del control sobre los recursos y las antiguas formas de trabajo (el campesinado, el artesano, etc.) auspiciado por la industria; a finales del s. XX sobre todo, el contexto era bien distinto, si nos centramos todavía en Occidente: el crecimiento estadounidense, la recuperación de Europa; la sociedad de consumo y un modo de producción estable, por ello, un mercado laboral también estable; la “pacificación” de posguerra, la democracia moderna y el Estado de Bienestar; etc. El paso, en suma, de una sociedad que hacía resonar los efectos nocivos del capitalismo, conscientes de la desigualdad de clases, a una sociedad que ha sido paliada por los efectos narcotizantes de una etapa de estabilidad, crecimiento y artificioso consenso entre capital y trabajo.

“Aumentaron las clases medias”, “el auge de la clase media”, son algunos de los eslóganes que representarían esta época, la cual ha ido decayendo hasta nuestros días; empero, todavía con los resquicios discursivos de este infalible marketing. Me parece, que esta confusión sobre las clases medias, la cual ha desvirtuado todo análisis estructural sobre las clases sociales en nuestras sociedades, se atiene a este cambio de paradigma social que sobreestima una consecuencia coyuntural (un periodo de expansión material y políticas bienestaristas) y deja de lado todo conocimiento histórico y profundo de la realidad social. Aun pulula por estos aires la tácita impresión de que no hay clases sociales, que hay posiciones, privilegios, mayores y menores ingresos, pero todo por mor del movimiento y poder de los individuos. Otras veces, se reconoce que hay clases sociales, pero se hace mención a “la clase política” frente al resto de la población, o se llega a reconocer los privilegios de la corona, que no son si no políticos. ¡Aire viciado! ¡Aire viciado!

Las clases sociales no son entidades formales, al menos no debieran comprenderse por la conglomeración de unos caracteres sociales que configuran perfiles, sino comprendiendo las relaciones sociales que le subyacen, lo demás es consecuencial. «No se trata de categorías que son constituidas por premisas más o menos arbitrarias o libres (tipo ideal), sino de categorías “esenciales”, es decir, categorías que son constituidas por la realidad misma y que derivan de ella» (ibídem, p. 94) Relaciones reales (no formas) que dan la posibilidad de abstracción. Las relaciones de producción, la relación entre trabajo y capital, desvelan la existencia de una clase desprovista de control sobre los recursos y los medios de producción, la trabajadora, y otra propietaria de los medios de producción (incluyendo la fuerza de trabajo, de la que extrae valor), la burguesa.

¿Por qué toda esa niebla contemporánea sobre esta teoría? Sin duda alguna por lo que anteriormente comentamos: el contexto dicta y los sujetos hablan. Se ha impuesto una interpretación sobre las clases sociales que encaja sin oposición alguna sobre la cultura moderna, que no concibe “lucha de clases”: esto suena a violento y a eslogan del s. XIX. Ahora el trabajador tiene acceso a la educación, puede obtener un empleo cualificado, asciende en su posición laboral (distintas jerarquías) y, con un mayor esfuerzo y suerte, puede alcanzar el éxito emprendiendo. Las clases medias son cuantitativamente más grandes, el proletariado ha salido de su miseria, tiene la capacidad de hacerlo. Otra vez de nuevo: se sigue invocando a la primacía del individuo y, con ello, se están ignorando los procesos estructurales. Es necesario tener en cuenta que…

[…] aquí solo se trata de personas en la medida que son la personificación de categorías económicas, portadores de determinadas relaciones e intereses de clase. […] menos que ningún otro podría responsabilizar al individuo de relaciones de las cuales él sigue siendo socialmente una criatura por más que subjetivamente pueda elevarse sobre las mismas. (Marx K, 1975; p. 8).

Para un análisis de los procesos estructurales que han provocado esta confusión, me basaré en las explicaciones de Erik O. Wright, en su libro Clase, crisis y Estado (1983). En uno de sus capítulos se ciñe al estudio de la estructura de clases en las sociedades de capitalismo avanzado, partiendo de Poulantzas y desentrañando una crítica en su examen. En resumen, Poulantzas más allá de fundamentar las clases sociales bajo criterios económicos, introduce criterios políticos e ideológicos que conllevan a una noción de clase divergente a la propia del marxismo clásico. Al hacer una distinción entre trabajo productivo e improductivo como criterio económico, entre posición de supervisión y de no supervisión como criterio político y entre trabajo manual y mental como criterio ideológico, delimita la clase trabajadora cuantitativamente y perfila una nueva concepción sobre la estructura de clases.

Bajo todos estos criterios se termina confirmando una nueva clase social, escindida del proletariado y la burguesía: “la nueva pequeña burguesía”: empleados de oficina, técnicos, supervisores, funcionarios civiles, etc. Estos reproducen e impulsan las condiciones para la acumulación del capital, no al modo del trabajador productivo, generador de plusvalía, sino imponiendo las reglas, el ritmo y gestionando el proceso productivo, teniendo el control sobre a fuerza de trabajo y demás recursos. De este modo, las relaciones de explotación se tornan mucho más complejas (véase la Tabla 1).

 

Tabla 1. Criterios generales de clase en el análisis de Poulantzas

JUBOLJ

Fuente: Wright, E. (1983)

 

Esta “nueva pequeña burguesía” que define Poulantzas, que además la considera unida a la tradicional pequeña burguesía (comerciantes, artesanos, etc.), no es sino un reflejo más sistematizado, con un marco teórico fuerte, de la confusión que hacíamos mención: esas nuevas posiciones de clase, jerarquías, de la clase trabajadora, al encasillarlas en una clase social distinta fortalecemos el relato sobre la existencia de las clases medias. Es hora de dar paso a la crítica de Erik O. Wright, pues no nos conformamos con un autoproclamado “análisis estructural”: en el planteamiento expuesto “en ningún caso se contempla la posibilidad de que dentro de la división social del trabajo puedan existir posiciones objetivamente contradictorias” (Wright E., 1983, p. 54). Adentrémonos en ello.

A lo largo del desarrollo histórico del capitalismo, se nos hace hincapié en tres procesos clave, los cuales han transformado las formas de producción de plusvalía y, con ello, los perfiles que ocupan los trabajadores en la escena productiva: 1) variaciones en torno a la “pérdida del control sobre el proceso de trabajo por parte de los obreros”, 2) “la diferenciación de las funciones del capital” y 3) “el desarrollo de jerarquías complejas”. Todos estos procesos han tenido una dirección clara, a tenor de la concentración del capital, del triunfo de una fase del capitalismo monopolista, en las sociedades contemporáneas:

1) Si las fábricas del s. XIX fueron motivo de la pérdida del control sobre los recursos y medios de subsistencia de la clase trabajadora, ahora existe una mayor participación y control obrero sobre estos.

2) El capital se ha diferenciado funcional y parcialmente: “la concentración de capital y la centralización crecientes han estimulado, por dos razones, la diferenciación de la propiedad económica [“el control de qué se produce”] y la posesión [“el control de cómo se produce”]” (ibídem, p. 62). Una diferenciación dada debido al aumento de la escala de la producción, en aras de potenciar su competitividad y concentrar el capital, resultando inviable e imposible la ocupación de los mismos individuos en ambas funciones.

3) Se han complejizado las jerarquías a lo ancho y largo de toda la cadena productiva, donde el control sobre los medios de producción y la fuerza de trabajo adquiere distintos estratos: desde altos directivos hasta los trabajadores directos, ocupados en la producción de mercancías. Asimismo, en lo relativo a la propiedad económica, se ha disipado con el paso de la historia la figura del empresario industrial único, para existir también distintos estratos en la gestión de las inversiones y recursos, “distintos niveles de propiedad económica”: con propiedad económica plena, los altos ejecutivos de empresa; a un nivel inferior, ejecutivos y directivos que participan en las decisiones sobre inversiones (específicas o globales) y, dotados de propiedad económica mínima, quienes tienen control sobre lo que se produce en todo el proceso de trabajo inmediato (ibídem, p. 64-65).

Todos estos procesos han originado “situaciones contradictorias dentro de las relaciones de clase”. Partimos de que las clases sociales se fundamentan en las relaciones de producción, en la posición que adquiere la clase capitalista, control del proceso productivo y de acumulación, y la clase trabajadora, excluida de todo ese proceso y sin control sobre las relaciones de autoridad establecidas en el proceso de trabajo. En el contexto que hemos expuesto, observamos que existen posiciones intermedias y contradictorias entre clases: los supervisores de los trabajadores (control sobre la fuerza de trabajo, nivel jerárquico superior; empero, sin poder real, al servicio de estratos superiores), “tecnócratas” (relativa autonomía en su trabajo, posicionado en la jerarquía de la empresa), pequeños patrones (“funcionarios de las grandes empresas”), trabajadores semiautónomos, etc.

Esta interpretación es, sin duda, más consecuente con el desarrollo histórico del capitalismo[1], la realidad de que las “clases medias” no son sino la consecuencia de todas estas condiciones y procesos socioeconómicos, son estratos, no clases sociales independientes. El retorno a una fase de recesión, el detrimento de la economía real y la expansión financiera desde los años 70, ha cuestionado el eslogan de “la nueva clase media”: las contradicciones emergen y, con ello, los grandes costes sociales y la enorme polarización entre clases que ha ido gestándose. La estructura de clases propia del capitalismo no ha cambiado en esencia, de resultas; pues no lo han hecho las relaciones que las fundamenta.

[1] Huelga añadir una sucinta crítica, a modo de reflexión. Erik O. Wright arraiga todo su análisis, bajo la autoridad del “autoproclamarse científico”, a una posición ideológica, pero fundamentada en un supuesto objetivo: concibe el socialismo como interés fundamental de la clase trabajadora. El socialismo científico que el autor propugna presupone un imperativo moral y ontológico: la clase social como portadora de un τέλος intrínseco, sustantivo. Un hecho fundamental: “todos los obreros, en virtud de su posición dentro de las relaciones sociales de producción, tienen un interés básico en el socialismo” (ibídem, p. 42). Pudiera entender que el “socialismo” surge en unas condiciones materiales muy concretas, como alternativa humana, al fin y al cabo, sociocultural para la modificación de las condiciones de su existencia. Sin embargo, dar a entender, a fin de cuentas, que la posición de clase de los trabajadores lleva consigo un interés latente por el socialismo, que ha de obtener el conocimiento puro (“científico”) sobre su condición para salir de la caverna, resulta pretencioso. El concepto “socialismo” no debiera asemejarse a la idea de bien de Platón (y toda idea de bien requiere su gobernador, su profeta: “el ascendido”, “el intelectual” …), sino como concepto que tiene distintas acepciones, direcciones, sentidos y significados. Que el socialismo, en suma, pueda significar, desde el marxismo, la socialización de los medios de producción y la disolución de las clases no deja de presuponer posiciones en torno al proceso para llegar a ello, cierta jurisdicción, existencia o no de diversas instituciones, cierta actitud paternalista, etc. He aquí el problema de lo “autoproclamado científico”, en aras de su justificación, busca verdades y soluciones totalizadoras, universales: ¿Cómo funcionan si no los economistas de nuestros tiempos? Como verdaderos piadosos.

BIBLIOGRAFÍA:

Arrighi, G. (2014). El largo siglo XX. Tres Cantos, Madrid: Akal.

Dos Santos, T. (1967). El concepto de clases sociales. In Anales de la Universidad de Chile (No. 141-144, pp. Pág-81).

Fernández, J. F. (2005). Levi-Strauss en el debate humanismo-antihumanismo. Astrolabio: revista internacional de filosofia.

Foucault, M., Varela, J. y Álvarez-Uría, F. (1980). Microfísica del poder. 1st ed. Madrid: La Piqueta.

Guasch i Andreu, O. (2000). La crisis de la heterosexualidad. 1st ed. Barcelona: Laertes.

Harvey, D. (2004). El “nuevo” imperialismo: acumulación por desposesión. Socialist register.

Harvey, D. (2012). El enigma del capital y las crisis del capitalismo. 1st ed. Madrid: Akal.

Kropotkin, P. (1977). Etica. Madrid: Libros Dogal.

Marx, K. and Scaron, P. (1975). El capital: crítica de la economía política. Libro primero, Tomo I. Madrid: Siglo XXI de España.

Marx K. y Engels F. (1848). Manifiesto comunista. Ediciones Emancipación.

Oltra, B., Mantecón, A. and Oltra Algado, C. (2009). Sociología de la cultura. [Alicante (C/ Carlet, 3, 03007, Alicante)]: B. Oltra. [De aquí se extrae el ensayo de Kroeber y Parsons].

Roberts M. (7/01/2016). La teoría marxista de las crisis económicas en el capitalismo. Sin permiso. Recuperado de: http://www.sinpermiso.info

Wallerstein, I. (2012). Capitalismo histórico y movimientos antisistémicos. Tres Cantos, Madrid: Akal, pp.170-180.

Wright, E. (1983). Clase, crisis y estado. Madrid: Siglo Veintiuno de España, pp. 23-104.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s