Derecho a la violencia

Todo viene al mundo con violencia. No ha sido diferente, pues, el nacimiento de la charlatanería moderna, y su Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Nosotros que tenemos tanto de griegos, pero que tanto nos rechina todo aquello que no es justificado, racionalizado hasta las trancas. Verdaderamente hemos creado y nos hemos creído un mundo del diálogo y de las buenas formas. En la incipiente modernidad comenzó a emerger y a cobrar consistencia este tipo de existencia doblegada por el debilitamiento de la fuerza vital, del espontáneo hacer. En el seno de una sociedad deformada por una vida acomodaticia, esclava, sierva de su tiempo, arrastrada por la corriente del consumo y el bienestar instituido, se solidifican estas estructuras caracterológicas que frenan todo instinto animal, salvaje y vitalicio.

Esta historia tiene largo recorrido, pero un acontecimiento nos sobrepasa e induce al escalofrío: el acto, violento y fructífero, desafiante y mortífero, ha sido sustituido casi en su totalidad por un lenguaje deformado, que habla de más, que solo permite su palabra, sus verdades, su derecho a ser aprobado, influyente, convencedor, unívoco. En pleno s. XV se instaura en la ciudad-Estado genovesa, bajo el influjo del Renacimiento itálico, una forma muy concreta de dominar el Estado y los medios y recursos productivos. Se sustituyen las armas por las palabras, reina un juego, imbuido por la literatura clásica, de la diplomacia política y la retórica pública:

“Era… natural para los grupos dominantes –mercaderes y profesionales la mayoría de ellos, con algún tipo de formación jurídica o notarial… versados en las discusiones en el foro y experimentados en las disputas del mercado– creer que las palabras podían ser tan poderosas como las armas. La fe de los mercaderes y de los políticos en la eficacia de la persuasión diplomática y procesual, como instrumento auxiliar o sustituto de la fuerza militar […]” (Mattingly, 1988: 53-54; citado en Arrighi, El largo siglo XX, 2010).

Esta historia se resume en la primacía de la violencia simbólica sobre la física. Aunque esto no es del todo cierto. Argüir que la violencia física se ha erradicado es un planteamiento pueril. Así, las clases dominantes no hacen más que violentar contra los países más vulnerables de ser corrompidos, inutilizados y acondicionados para un servilismo occidentalizado. Esta historia se sitúa en Occidente, en especial. El carácter del animal humano moderno, sobre todo tras las dos manifiestas guerras casi continuas en un mismo siglo, es hartamente negacionista de la violencia y de la fuerza. La población se somete a una violencia estructural, bien consolidada en las prácticas y estilo de vida cotidiano, que caracteriza al modo de producción capitalista y al Estado como brazo ejecutor, y sus instituciones. Legitimación y lealtad de masas sostiene todo ello en perpetuo funcionamiento, pero, si se da el caso, resurge la reacción, la resistencia: ¿Cuál de todas? Sin duda una muy concreta: ¡La del sacrosanto juego de símbolos, signos, significados, esputos y salivazos con aires de valores en sí!  La resistencia simbólica, la que con tanta facilidad adaptaron las masas, en especial la socialdemocracia que reina nuestra era. Resistencia que no hace sino canalizar su ira por la vía del diálogo, del consenso o de la lucha, de la imposición simbólica.

El descanso merecido, la pacificación en Europa y EE.UU., más espejismo conjetural que realidad estructural, los 30 gloriosos, el bienestar de guardería estatal-paternalista, consolidan un animal humano atrofiado. Aunque “atrofiado” siempre denota cierta artificialidad, frente a un estado natural (primario) de las cosas. Nada de eso, atrofia muscular y sublimación de sus emociones adversas, su descontento, anomia, aversión a su posición vital, inconformismo, etc. Las fuertes emociones son captadas por nuestro lenguaje, también atrofiado, que habla de más. El dolor y la expresión del daño se traducen en palabras, pensamiento, teoría, justificación… ¡Bendita oportunidad de negocio para todo psicólogo en tiempos modernos! ¡Profesionales en hacer creer! ¡Pero ellos mismos no dejan de creer que hacen creer!

Sería, a la par, inútil pensar que me estoy refiriendo a cierta apología a la violencia, en el sentido llano, banal, vulgar. La violencia justificada, la violencia autoconvencida, bien embridada y probada en laboratorio, ha sido buena parte de la violencia que ha reinado en la historia. A las masas le han convenido desarrollar estrategias reactivas, frente a sus posiciones subalternas, así como a los empoderados, que han empapado el mundo de su criterio, de su dinámica y lógica. Si Foucault, influido por el genealogista de Nietzsche, dio tanta importancia al poder inserto en el conocimiento, las identidades, sistemas de verdad… Al discurso como expresión del poder, en suma, fue porque era hijo de su tiempo, y así nos decía entre líneas: el discurso reina al mundo moderno, las palabras atraviesan los cuerpos y conciencias, son el centro donde opera la violencia en nuestros días. En cierto sentido, “no nos conocemos a nosotros mismos, nosotros los conocedores”, decía Nietzsche al inicio de su Genealogía de la Moral: ¿Cómo actúa el lenguaje de nuestros tiempos, que impone su fuerza sobre todo acto esporádico, vital? Podría concluir con esta pregunta reflexiva, como una segunda lectura de su escrito polémico.

Esta pregunta tiene muchas complicaciones. El lenguaje no es una segunda realidad ni la cultura, ni nuestros pensamientos. Todo emerge en las condiciones correspondientes y concretas. Así, nuestras ciudades, no son menos naturales que la burda idea de un bosque prístino, no contaminado por la obra humana. Porque lo que denominamos artificial es la cosecha de todo un desarrollo natural. Pueden advenir mil y un pensamientos contrapuestos a lo que es denominado artificial, por sus efectos nocivos, su destructividad, pero ello no significa que la realidad dada no sea la auténtica, ni que la realidad dada tenga un sentido o dirección irreversible. La cultura es tan natural como la masturbación de un simio en mitad del Amazonas. La diferencia es que este simio no ha de plantearse si debe o no agitarse el falo en nombre de un Dios o de la Revolución Sexual. Lo hace, y esto es mucho más venerable –y ni siquiera eso– que las toneladas de folios que desgastan académicos de todas las ramas, en obtener una seguridad ontológica desdeñable, en desarrollar teorías y justificaciones al por mayor.

Todavía escucho cómo se rinde pleitesía a la crítica. Nosotros los universitarios, los diferentes. “¡Esta teoría, metodología, reflexión es potente para poner patas a abajo al statu quo!” ¿Eso en qué momento? Solo en una presentación, un trabajo redactado, en una lista de notas en Excel, en unas palabras disipadas, difuminadoras de la ira, del hacer violento. Estaré tan equivocado como todos, en esto de plantear mi reflexión. Benditos pensamientos que han emergido por fuerzas mayores: ¿Tan difícil es retomar nuestro derecho a la violencia? ¿Qué tenéis que decir vosotros? ¿Pretendéis sublimar, hasta cuándo, toda emoción adversa mediante un lenguaje tan macabro, tan platónico? Y allí os encontráis, removiendo fantasmas, sepultando toda fuerza vital, presente.

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